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Por Diana Dimerman

La niña feliz y juguetona correteaba alegremente por toda la casa, llegó a esa puerta cerrada y por primera vez se preguntó por qué su madre le tenía prohibido entrar a esa habitación. Pero como todavía su cabecita no entendía todo lo que la rodeaba siguió jugando con su pequeño caniche

y su osito de peluche.

En la cena recordó la puerta eternamente cerrada como un muro entre

ella y su innata curiosidad.

–¿Por qué no puedo entrar a la habitación de la puerta blanca?

El padre miró a la madre y ésta salió del paso como pudo.

–Hay muchas cosas que se pueden romper y vos y tu perro las destrozarían. La niña calló, sus inocentes ocho años todavía no le permitían replicar a esa excusa.

A la noche, Federico le preguntó a su esposa –¿Hasta cuando vas a seguir con el tema de la habitación cerrada? ¿De que tenés miedo? Vas a enloquecer… Carolina se dio vuelta en la cama sin contestar apagó el velador. Federico resopló y optó por hacer lo mismo sin decir más.

El tiempo discurrió como en todos los hogares. Maria ya no era tan niña,

la habitación seguía cerrada, la puerta blanca era un misterio, varias

veces había preguntado y la respuesta siempre fue la misma, la única

que respondía era su madre.

No entendía por qué su padre callaba y simplemente aceptaba, él no era así en el resto de los asuntos familiares.

María cumplió catorce años, se convirtió en una jovencita pizpireta y contestona.

Otra cena y otra vez la pregunta, pero María ya no se contentó

con la misma respuesta, esta vez replicó, se enojó y salió corriendo escaleras arriba a encerrarse en su cuarto.

Al rato, las voces fuertes e ininteligibles de la pelea de sus padres llegó

a sus oídos, supo que esa puerta blanca era algo más que cosas muy frágiles.

No pudo dormir, daba vueltas en la cama pensando que habría

en ese cuarto, creó mil historias terroríficas, absurdas, y cuando por fin el sueño la venció, tuvo pesadillas que la hicieron temblar y sudar.

A la mañana siguiente se despertó con fiebre y dolor de cabeza. Se quedó en cama, su madre salió a comprar un antifebril y ella aprovechó el momento, ya no podía esperar.  Siempre había sido una niña obediente nunca pensó en entrar al cuarto sin permiso, pero eso ya había cambiado.

Sabía dónde encontrar la llave prohibida, la tomó sin vacilar, sin remordimiento, incluso sin miedo, quizás se arrepentiría, la pelea de sus padres no era normal: algo había en ese cuarto, un misterio que su madre escondía, algo muy grave.

Se acercó a la puerta blanca, apoyó la cabeza en ella para tratar de escuchar algo, pero nada.

Introdujo la llave lentamente en la cerradura sin hacer ruido, temblaba a

pesar de su atrevimiento, abriría esa puerta le pese a quien le pese,

dio vuelta la llave con mucho cuidado bajo el picaporte y muy despacio abrió la puerta prohibida.

Cuando por fin vio de lleno la habitación, no lo podía creer.

¡Nada!  No había nada en ese cuarto, estaba totalmente vacío. Sus paredes de un blanco impoluto lastimaban la vista con su brillo, la ventana estaba abierta de par en par y el sol que entraba a través de ella, la convertía en el cuarto más bello de la casa.  María, en camisón y descalza, terminó sentada en el piso de madera sobre sus rodillas.  Así la encontró su madre.

–¡Hija! -gritó y corrió a abrazarla, pidiéndole que saliera. Obedeció, su

madre la llevó nuevamente a su cama, Maria cada vez entendía menos. Carolina la arropó, le dio su medicación y se encerró en su cuarto

llorando y temblando.

Federico llegó enseguida respondiendo al llamado de la joven,

–Papá, entré en el cuarto prohibido, está vacío y es hermoso, el

más iluminado de a casa, comentó María.

–Es así, por eso fue el que elegimos para vos.

Carolina -escondida- escuchaba la conversación. Y todavía sollozando, se animó y habló:

-Es una historia trágica y horrible, cada vez que la recuerdo tiemblo y al mismo tiempo me arrepiento, Carolina por fin decidió hablar.

-Tenías pocos meses- empezó.  Una tarde de verano sofocante, volvimos de hacer unas compras, entré a la casa con tu cochecito y las bolsas y te subí a tu cuna.  Yo estaba agotada, me recosté en un sillón en el salón y me quedé dormida.  Al rato desperté sobresaltada y vi un hombre agachado sobre tu cuna queriendo tomarte en sus brazos.  Como tenía cerca el costurero, tome unas tijeras y se las clavé con furia…

El llanto de Carolina ahora era desgarrador y Federico trataba de calmarla.  Entonces fue él quien continuó con el relato:

-Por suerte no lo mató y solo le lastimó un brazo.

-¿Y quién era ese hombre¿ ¿Un ladrón? -preguntó María.

Carolina y Fede se miraron.  Ella asintió con la cabeza, para que Fede continúe con la historia.

-Ese hombre era yo. Tu madre todavía medio dormida no me reconoció.

Carolina seguía llorando desconsoladamente y Fede seguía tratando de calmarla, la herida no había sido grave se podría decir que un rasguño, pero para la madre de María fue un antes y un después.

Estuvo con psicólogos y durante un tiempo medicada, no se podía perdonar el haber herido a su marido.

-Mamá, fue un accidente… le podría haber pasado a cualquiera, exclamó María viendo que su madre no dejaba de llorar.

-Lo podría haber matado- susurró todavía entre lágrimas.

El cuarto siguió cerrado. Carolina retomó sus sesiones con la psicóloga y María no volvió a tocar el tema. Después de un año y sin decir una palabra, Carolina abrió la puerta blanca.

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