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Por Diana Dimerman

-Hay uno allá atrás que no te saca los ojos de encima.

-¿A quién le hablás? – le pregunté a Sofia, mientras terminaba de hacer mi último esquema en Método Monge que nos habían enseñado en la clase.

-A vos, tarada, nunca te das cuenta que los tipos te miran, siempre pensando que sos la más fea.

-Mirá lo gorda que soy… mi familia me lo recuerda todo el tiempo.

-Un poco gorda, pero mirá tu cara, tus ojos verdes… ¡te los envidio!

Sofía se bajó de los altos bancos del aula taller de la facultad de arquitectura, pabellón 3 de la Ciudad Universitaria de Núñez, recién estrenada.

Volvió a mirar hacia atrás.

-Viene para acá, no te des vuelta- balbuceó.

A los pocos segundos sentí los pasos de alguien que se acercaba.

-Hola chicas, siempre las veo juntas, y pensé, que como hay que hacer grupos de tres para la entrega final podría acoplarme a ustedes.

-Genial- exclamo mi mejor amiga, mi compañera de banco de la escuela secundaria, inseparables, más que hermanas.

-Me llamo Javier, vivo en Villa Luro y ¿ustedes?

Sofi contesto rápido:

-Sofia, vivo en Floresta y ella es Devora y, de Caballito.  N     os unen varias líneas de colectivos- acotó riéndose.

Nos dimos los teléfonos y quedamos en vernos en la próxima clase.

Así conocí a mi primer amor, ese que nunca se olvida, ese que se lleva en el alma y en el cuerpo, aunque ya no esté con una, aunque ya no lo ames.

No era alto, ni bajo, pelo oscuro, suavemente ondeado y largo como debía ser en esos tiempos, ojos negros como a mí me gustaba, delgado, y con una sonrisa compradora y brillante que te hacia cosquillas en la panza, dos hoyuelos se instalaban a cada lado de su boca, que invitaban al beso.

Javier me enamoró enseguida, nunca de mal humor siempre contento, detallista, un día con flores para las dos, otro con una pasta-frola que hacia la madre y que nos encantaba.

Dejé de comer, mi mamá me miraba y se sonreía, pero no decía nada, no hacía falta, ella sabía, cómo saben las madres.

Cada vez que veía a Javier mi estomago se contraía, mi cabeza volaba y era tan cariñoso que me desarmaba.

Un sábado, después de una reunión de estudio, Sofia ya se había ido con su novio. Javier me invito a tomar algo. Así comenzó todo, como sin querer, pero queriendo.

Empezamos a salir, yo todavía inocente y virgen, él ya con alguna carrera ganada.

Eran mis primeros besos en la boca, mis primeras sensaciones eróticas, vergüenza y pudor.

La primera vez que fuimos a un hotel alojamiento, fue como si se hubiese abierto un gran portal de sentimientos, miedo, culpa y deseo.

No sabía nada… ¿que tendría que hacer?  Me quedé sentada en la enorme cama mirando todo con estupor y asombro. El cuarto era rarísimo, tenía espejos en el techo, luces de colores, y un olor a desinfectante que lastimaba los sentidos.

Javier se me acercó con ternura y me fue abrazando y acariciando mientras me desnudaba y se desnudaba.

-No tengas miedo- me susurro al oído y me beso la oreja, acarició mis pechos y todo mi cuerpo.

Separé mis piernas inconscientemente, el deseo se apoderó de mí, ya no pensaba, todo era, excitación, agitación.

Al principio el dolor fue agudo, pero después que paso el fuerte ardor, mi cuerpo se estremeció de placer inenarrable.

Ya no sentía vergüenza ni pudor y menos culpa.

Fuimos compinches, amigos, amantes, novios. Inseparables durante tres años. En la facultad, si nos veían solos se asombraban.

Se conocieron nuestros padres, fuimos de vacaciones en patota las dos familias, no éramos una pareja, fuimos uno.

Al tiempo Javier comenzó a vigilarme, a preguntarme porque hablaba con éste o aquél, que estaba pensando, a decirme qué hacer y qué decir.

Al principio me sentía halagada, amada, él era mi vida, mi razón de ser todo lo que una mujer podía pretender de su amor.

Dejé de salir con mis amigas, porque Javier pensaba que eran unas envidiosas, dejé de usar pantalones porque a él no le gustaban.

Un día Sofía me dijo: -algo con ese chico no está bien, tené cuidado-.

Y yo pensé “Javier tiene razón, está envidiosa”.

Y sin darme cuenta me fui quedando sola, mis amigas ya no estaban, solo tenía a Javier que cada vez se enojaba más y más por cualquier cosa.

Me empezó a faltar el aire, no era feliz, nos peleábamos, yo no entendía que nos pasaba.

Un día se me ocurrió ponerme un jean para ir a la facultad, el escándalo y el griterío que armó en medio de todos fue terrorífico. Hasta llegó a levantarme la mano y cuando estaba a punto de bajarla para darme la cachetada, un profesor le tomó el brazo y lo detuvo… ¿Le vas a pegar a una mujer? -le preguntó.

Sofía me sacó de la facultad prácticamente a empujones.

-Tenías razón, ya no puedo más- me abrace a ella llorando.

Nos encontramos por última vez en una confitería de flores. Me comento que comenzó un tratamiento con un psicólogo, me alegre por él, intentó arreglar las cosas para que sigamos juntos.

Le di un beso en la mejilla y me fui.  Javier ya era ése, el que nunca se olvida.

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3 thoughts on “Ése, que nunca se olvida.

  1. Felicitaciones querida Diana !!!!!!
    Hermoso texto, que me llevo dulcemente ,a una inolvidable etapa de nuestras vidas.
    Gracias por llevarme hasta allí ❣

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