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Por Eudardo Durschkin

Asunto: Hoy no es la cita.

Tengo miedo que sea hoy el momento de reencontrarnos.  No quisiera que fuese así, de improviso, sin tiempo de prepararnos.

En realidad, nunca fijamos ni fecha, ni hora ni lugar.  Pero, en forma tácita, quedamos convencidos que esto pasaría. Inexorablemente.

Yo sé que nunca te gustaron las despedidas.  Por eso, imagino, te fuiste callada, sin estridencias ni escenas desgarradoras.  Como si fuera una pausa.

Me costó entender lo difícil que era intentar empezar algo nuevo sobre lo que, en realidad, nunca había terminado.  No lo tuvimos en cuenta cuando firmamos el pacto no escrito de tener absoluta libertad el día que no estuviésemos juntos.

El juego de la seducción me resultó atrapante.  Revitalizador, subyugante.  Una mezcla maravillosa de adrenalina, alcohol y vigorizantes.  En las dosis perfectas que sólo provocan el enorme placer de la obnubilación responsable, alejada de los peligrosos límites del vicio.

Como si supieras de qué se trataba, no perdiste oportunidad de incitarme a conocer esta sensación. Confieso haber estado dispuesto y deseoso de experimentarla.

Y en el juego saqué el premio mayor: volver a amar.  Con un amor profundo e intenso.  Que no intenta ni compararse ni medirse.  Tan sólo vivirse.  Sin ataduras, sin culpas, sin remordimientos.  Casi, cumpliendo el compromiso que asumimos.

Sujeto a múltiples desafíos y vicisitudes. Ni fácil, ni pasajero.  Fuerte, adolescente y maduro. Sereno y apasionado.  Erótico y sosegado.  Que me llevó a saltar límites insospechados. 

Las pequeñas luces de los monitores, mitigan apenas mi claustrofobia, originada en la oscuridad total de la improvisada sala de terapias intensivas de un ignoto pueblo de la provincia de Buenos Aires al que fui derivado por haber resultado positivo en un hisopado por COVID.

De nada valió explicar una y otra vez mi ausencia de síntomas y que estoy vacunado con la vacuna más reconocida mundialmente.  Mi descreimiento acerca de esta loca pandemia parece haberme pasado una factura aleccionadora.

Recorrer catorce mil kilómetros desde lo que fue nuestra casa para reencontrarme con la persona que hoy amo, merecía un mejor final.

Aislado totalmente, no tengo a quien preguntarle si pudieron avisar donde me encuentro.  De nada valdría.  Las rígidas restricciones imperantes o el generalizado temor que asalta a las personas, impiden que alguien se acerque al lugar.

Mi pensamiento vuela de inmediato hacia otra habitación, en aquel moderno hospital

de Tel Aviv en el que transcurrieron tus últimos días.

La oscuridad es la misma.  El silencio es total.  Hace ya algún tiempo que te han sumido en un sueño permanente para reducir tus dolores y sufrimientos.

El milagro de tu voz, intacta y firme, hace añicos la inmensidad de la noche.

  • ¿Cómo voy a saber cuando vos te mueras? — preguntaste.
  • No sé. No tengo idea — respondí con un hilo de voz — ¿A qué viene esa pregunta?
  • Todos mis muertos queridos me estaban esperando.  Yo voy a querer venir a recibirte.
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