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Por Ricardo Lapin

No termino de entender del todo por qué las cosas suceden como suceden, pero soy un gran agradecido. Agradecido de lo recibido, y también de cosas no recibidas y que uno desea esquivar: la vida aparentemente siempre es un vaso por la mitad. Pero si de algo doy profundamente las gracias al universo, es de haber conocido el Amor, ese con mayúsculas; y de que, a pesar del tiempo y los altibajos del camino, aún perdure.

Más de uno pregunta por mi historia, cómo fue que nos conocimos… y generalmente comentan luego: “Hombre… ¡qué notable, que cosa maravillosa!”.

Sí, a mí me tomó por sorpresa en su momento: era joven y tímido, creía que ninguna mujer jamás me apreciaría, o querría acercarse y charlar, conocerme, saber qué siento y pienso, quién soy. Pero un día sucedió, simplemente sucedió. Era tarde de frío invernal, y llegué a la pequeña biblioteca del instituto. La bibliotecaria era una vieja conocida, su voz era cantarina y desprendía siempre alegría… quizás porque me veía algo triste y solitario, o depresivo… no lo sé. El hecho es que venía a llevar el tercer tomo de una saga policial y ella, Liz, conocía de memoria cada lector y sus gustos, sus dudas y casi cada capítulo donde reposaba el señalador. Me lo entregó casi de inmediato. Y al tomar el libro sus manos se posaron sobre la mía y me dijo: “Cerramos en diez minutos y no quisiera ser atrevida, pero me encantaría tomar un café contigo… si te viene bien y no te inoportuno”. Balbucié que a mí también me encantaría, y no puedo negar que me contagió su vitalidad, y una sonrisa espontánea y algo tonta brotó de mí. ¿Me estaría realmente sucediendo este diálogo o era una alucinación, quizás fruto de mezclar pastillas pese que a que soy muy metódico con mi medicación?

La esperé sentado con mi libro, mientras el corazón martilleaba como un tambor, una ola de calor me invadía, y rezaba a mi cuerpo que no me traicione sudando con ese frío, o tartamudeando en el café. Y simplemente me dije respirando hondo: “Anselmo cálmate, es real, es el Amor que viene a tocar a tu puerta. Recíbelo de brazos abiertos, confiado, agradecido…”

Y así me recompuse, y alegre caminamos despacio las dos cuadras hasta el café “Quatre ponts”, que era famoso por sus masas caseras y un café preciso y contundente, acorde al gusto de cada cliente. El viento helado cortaba las orejas y Liz me tomó del brazo, encogiéndose contra mi sobretodo y nuevamente disculpándose en un tono que iba de la broma al atrevimiento: “’¡¡Perdón, perdón, este viento me mata!!” Estuvimos en el café varias horas que las sentí minutos, charlando de libros, y luego de nosotros. Me preguntó sin empacho por mi infancia, mis padres… con una naturalidad que me obligaba a sincerarme totalmente. Luego de varios cafés pedimos una botella de vino- esta vez iniciativa y gusto mío- y por fortuna el local cerraba tarde, y entre anécdotas y carcajadas, el mozo nos pidió con cortesía que tenían que cerrar. Por primera vez perdí noción del tiempo, y creo que por primera vez fui feliz, me vi invadido por una mezcla de calidez, de energía vital, y del aroma de ella. Pero no estaba seguro si era el aroma del Amor, que se expresaba a través de ella.

En la puerta del café, el aire helado nos quemó los rostros, y al girar hacia ella nuestros labios se encontraron. Fue un beso casual, apasionado… mi primer beso. Liz siempre sufrió del frío y me dijo pícara y temblando “¿Me invitas a tu casa?”. Al calor de la estufa descubrí el milagro de su tacto, ambos descubriéndonos a través de la piel, del placer, de la cauta curiosidad. Todo comenzó esa noche invernal, y ya han pasado cuarenta inviernos. Cuarenta años sin que sus caricias dejen de estremecerme, sin que su persona implacable deje sin perdonar ninguna debilidad, lástima o culpa mía, sacándome siempre lo mejor de mí mismo, calmando y cerrando viejas heridas.

Ella me ha hecho hombre en carne y espíritu, y también me ha hecho padre… ¡qué cosa maravillosa!  Dos hijos y una hija que me han vuelto un títere, un esclavo, un despojo baboso, disfrutando sus logros y doliendo sus tropiezos… pero si algo- un recuerdo- aún hoy me embriaga, es el recuerdo del olor a bebé. Tan intenso y placentero, tan claro que podría definir el aroma de cada uno de mis hijos de bebés.

Quizás estos nuevos olores fueron cimentando ese aroma del Amor, porque el Amor verdadero huele, y no estoy hablando de sudor, secreciones o perfumes supuestamente afrodisíacos. No, hablo del verdadero, el inconfundible… pero sé que hay gente que no lo ha percibido jamás, porque no a todos la Fortuna les ha golpeado en su puerta. Y hay hasta ignorantes y necios que declaran “El amor es ciego”.

Es una estúpida mentira: se los digo yo, Anselmo, que soy ciego de nacimiento.”

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