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Por Nelson Gilboa

Marco amaneció soñoliento, como si no hubiera dormido bien. Pensó que la causa seria alguna enfermedad que se estaba gestando. Rebuscó en el cajón algún remedio que lo reanimara. Tenía de todo, una farmacia completa, solo tenía que escoger el apropiado.

Primero se tomó el pulso, midió la presión arterial y la temperatura corporal, todo estaba en sus valores normales. Se miró en el espejo, pero no había ningún indicio en su rostro que acusara dolencia alguna.

Desconcertado, decidido por lo menos ingerir un par de aspirinas, como lo hacía siempre que no tenía nada.  Por las dudas decía «si no ayuda, tampoco hace daño». Su esposa ya estaba acostumbrada, nunca le contestaba, solo lo miraba suspicaz, porque no quería complicarse en discusiones inútiles. Aunque solo esa mirada, a él, lo sacaba de las casillas.

En el trayecto a la oficina, se trenzó a gritos,con otro conductor que lo insultó por no darle paso. Su jefe, sin darle los buenos días, le exigió que concluyera la tarea acumulada, aunque eso le implicara quedarse hasta tarde. Fue la presentación de un día funesto para Marco, que trató de olvidar aplicándose en su labor, sin levantar la cabeza del escritorio. Salvo para ir a prepararse un café o consultar el celular, en el que habían entrado mensajes, entre otros el de su esposa, que le pedía: “No te olvides de pasar por el retrato” .

Se olvidó de que estoy enfermo pensó, siempre con los recados de última hora, veni para aquí, anda para allá, trae a la abuela ¡Uf! «Eso es lo que me faltaba hoy, después de las horas extras ir por el maldito retrato a ese lugar que no me agrada”.

El taller de los enmarcados se encontraba en una zona industrial, en la que la mayoría de los negocios cierran temprano. Por la noche se transformaba en un lugar desolado, tétrico, solo algún boliche, de esos antros de vicio nocturno funcionaba. Camiones recolectores de basura, vaciaban los contenedores, rebosantes de desperdicios.  Agua sucia con espuma de detergentes corría por calles y aceras, producto de la limpieza de los locales. La única ventaja a esas horas, es que uno puede encontrar estacionamiento con facilidad.

Amedrentado, subió por las escaleras semi a oscuras hasta el tercer piso, donde se encontraba el taller.  Pagó por el servicio, sin desenvolver el retrato, para ver cómo había quedado, no lo necesitaba, conocía muy bien ese rostro pétreo y odiado, del que no encontraron una sola fotografía para ampliar en donde apareciera sonriendo.

Con el paquete bajo del brazo, se dirigió al final del corredor donde se encontraba el ascensor industrial, de doble puertas, que al cerrarlas chirriaron como pájaro de mal agüero. No quería bajar las escaleras húmedas y mal iluminadas, aunque fueran solo tres pisos, podía dar un traspiés y no quería romperse la crisma, ni arruinar el “valioso encargo” de su cónyugue.

Un apagón repentino paralizó el descenso en el entrepiso. Con la ayuda del celular iluminó los comandos, apretó el de emergencia, pero no funcionaba, vio que la batería del celular estaba casi agotada. Maldijo su descuido, por lo menos alcanzará para comunicarme una vez, se dijo. Tenía que elegir, a su mujer -Sara- o a al personal de auxilio, pero pronto se dio cuenta de que no había cobertura en el interior de la jaula de lata.

Golpeó con los puños.  Agudizó el oído, pero nada, ninguna voz le respondía desde afuera. No había visto luz en ningún local más, sin ser el del taller de enmarcado y eso le provocó un malestar en el estómago. Insistió con los golpes, esta vez a puntapiés. Lamentos metálicos sin respuesta se propagaron en el silencio nocturno, como hondas que se atenúan en un espejo del agua.

Pulsó insistente el botón de emergencia, con más fuerza que la anterior. Claro, sin electricidad tampoco funcionaba y si estaba equipado con una batería esta estaría agotada y nadie la recambió.  No le extrañó que el sistema no funcionase, pues todo el edificio padecía de un mal mantenimiento.

Comenzó a comprender la gravedad de su situación, tendría que quedarse toda la noche encerrado o peor aún, todo el largo fin de semana, tres días con el estómago vacío, no había almorzado siquiera con tanto quehacer. No resistiría, antes moriría de hambre y de sed. Las expectativas eran poco alentadoras.

Rebuscó en los bolsillos del saco por la colección de remedios que siempre llevaba a cuestas. Necesitaba un sedante urgente para no perder el control, pero no lo encontró, el “estuche balsámico” que los contenía había quedado en el coche.

Golpeó las puertas, con las palmas hasta que comenzaron a dolerle, y siguió con los puños cerrados, hasta sangrar, pero nadie acudía en su ayuda. Se secó con la manga del saco el sudor frio que escurría de su frente y volvió a arremeter contra las puertas, pero nada ocurría.  Su situación empeoraba, temblaba, tenía ganas de orinar y de evacuar.

La claustrofobia lo agobiaba. Intentó serenarse imaginando su nueva vida si salía de ésto:  cambiaría, haría lo que tantas veces pensó: renunciar a esa oficina y a su odioso jefe.  Recorrería el mundo con solo una mochila, se imaginaba escalando montañas y caminando por verdes praderas, donde revoloteaban mariposas y pastaban rebaños de blancas ovejas… pero pronto volvía a la realidad.  

¿Qué hacer ahora, como salir de esta trampa que le había deparado el destino?  Incapaz de encontrar una solución, comenzó a buscar culpables:  su mujer y al maldito retrato de su finada suegra, que lo trajo hasta aquí desde el más allá y lo perseguía, martirizándolo.  Vieja maldita, la imaginaba con su mirada sarcástica, montada en una escoba dando vueltas alrededor del edificio gritando de júbilo, hasta verlo hecho un cadáver. Tal vez venga por la venganza, “hice bien en desconectarla, pensaron que fue un accidente…”

Habían pasado más de cuatro horas, a los apremios eminentes de evacuar, se le sumaron el hambre la sed y el frio intenso, que trasmitía la cripta de lata. El silencio sepulcral aumentaba su desesperación. Recordó aquel caso aterrador que sucedió en su barrio siendo un niño: el ataúd arañado por el difunto clínico… creyéndolo muerto lo sepultaron vivo. El también dejaría las marcas en el sarcófago, como mudo testigo de su desesperación.

Con esa visión fantasmal, temblando de pánico, pateó la puerta una y otra vez, se acostó de espaldas en el piso tensando sus piernas y las catapultó contra las puertas, pero nada sucedía, nadie respondía.

“¿Y Sara, cuándo notara que algo malo me ocurre? ¿Qué pensara de mí? ¿Por qué me atraso? ¿Me buscará preocupada? o pensará… Que excusa me dará esta vez”.  “En mi última trastada no fui muy convincente, aunque la pasó por alto. Así que nadie se preguntará dónde estoy, por qué no doy señales de vida”.

Después de seis horas volvió la energía eléctrica. Animado por el cambio, Marco pulsó planta baja, pero el ataúd no se movió, apretó todos los botones pero solo el de alarma funcionó, pero nadie acudió en su ayuda. Estaba viviendo una verdadera pesadilla, se preguntaba si esta ¿sería la última? Después de diez minutos el «cajón” se puso en marcha solo, se elevaba y descendía, como si una mano negra lo comandara, pero las puertas no se abrían y él miraba incrédulo el sube y baja traspirando, aunque sentía frio.

Cogió el retrato de su suegra para destruirlo, convencido de que estaba involucrada en el conjuro. Con él, empezó aporrear los comandos, el mal trato desgarro las capas de nylon de burbujas que lo protegían, le siguió el passepartout, primero cayó al suelo la foto pequeña, de la cual hicieron la ampliación, donde se la veía hosca y agria. Después le siguió la ampliación.

Marco comparaba el retrato con la foto original, y no daba crédito a lo que veían sus ojos.  Comenzó a temblar y de su garganta surgió “Es imposible, imposible, no puede ser, es una broma macabra” -lamentó-. Y el lamento pronto se transformó en un grito desesperado.  Fuera de sí, arremetió contra el tablero de comandos a cabezazos, hasta que se derrumbó inánime.

El electricista de mantenimiento, lo encontró tirado en el piso. Junto a él, había un retrato que miraba al difunto con una sonrisa de júbilo. El forense dictaminó: «paro cardíaco».

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