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Por Diana Dimerman

El baile había alcanzado un ambiente estupendo, la gente se divertía y tomaba hasta el hartazgo.

Me alejé un poco de la pista para ver mejor, conocía a casi todos. ”Pueblo chico infierno grande” -pensé-.

Aunque estaban disfrazados, podía adivinar quién era quién. Al hijo del panadero se le veía la barriga que sobresalía sobre el pantalón. A la Titi las uñas larguísimas de un rojo escandaloso resaltaban impúdicamente con su disfraz de momia, se lo había fabricado sola con unas tiras de tela blanca que se estaban cayendo y se arrastraban detrás de ella cual cola de novia.

Yo me disfracé de bruja, no había otra opción.

¡El alcalde y su mujer de reyes!  No podían ser menos con sus ínfulas…

Había unos pocos a los que no podía reconocer, quizás parientes de otros pueblos o gente de vacaciones de las casas rurales.

Estaba por ponerme un canapé en la boca cuando se me acercó una de esas incógnitas:

–¿Como estás, tanto tiempo?- saludó.  No sé por qué, mi estomago se revolvió.

Tenía un disfraz de arlequín, alquilado en la tienda de Don Vito el tano, y la cara maquillada de payaso.  A pesar de no tener antifaz en ese momento, al principio no lo reconocí. Asombrada, lo miraba escudriñándolo para saber de quien se trataba, pero no había caso, no daba pie con bola.

–¿Te olvidaste de mí?

–No te reconozco, serás alguien de hace mucho –me encogí de hombros.

–¡Soy Javier!

Las piernas me temblaron, mi corazón comenzó a palpitar descontrolado, un sudor frio recorrió mi espalda… y entendí a mi estómago.

Era evidente, mi negación me había impedido ver quién era, ahora podía reconocer al causante de tanto dolor. Estaba muy cambiado, avejentado y su mirada tan triste como la de entonces.

–Es verdad… tanto tiempo.  ¿Cuánto años? –pregunté haciendo que no sabía con exactitud años, meses, días, horas. Todo lo recordaba.

–Veinte, hace veinte años que me fui del pueblo.

–¡No te fuiste, te escapaste! –repliqué con tanta bronca y con tanto odio que dio un paso hacia atrás.

Ni bien dije esto, me di media vuelta para salir de ese lugar que me estaba asfixiando. Me tomó del brazo, acercó su rostro al mío y con un murmullo susurró:

–Soy gay, si hace veinte años el pueblo se enteraba me linchaban, lo siento.

Agachó la cabeza y se volvió a su lugar con otras personas.

Yo ya sabía, me había enterado a los pocos meses de su desaparición. No tuvo el valor de sacarse la máscara y ser honesto en ese momento.

Volví a la pista resuelta a que no vea mi desazón, bailé y bebí como no lo hice nunca.

Al rato volvió a desaparecer.

Y esta bruja, ya sin poderes, volvió a su casa donde en un ropero… colgaba olvidado un vestido de novia sin estrenar.

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