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Por Nelson Gilboa

Desde pequeño me fascinaron los carnavales. La familia organizaba las fiestas en el club de la zona urbana donde vivíamos. Participaban en ella carros alegóricos y cabezudos gigantes, que deambulaban lanzando coloridos papelitos y serpentinas, recuerdo los puestos de venta de matracas y chirimbolos para completar los atuendos.

Las máscaras necesitan unas palabras más para aclarar su rol: ellas conservan el anonimato.Nos permiten conducirnos verdaderamente como somos. Nos cubren el rostro, con lo cual nos atrevemos a decir cosas sin que nos tiemble la voz.

Existen varios tipos de máscaras, coloridas y bonitas, pero están “las transparentes”.

En el oriente, la máscara es usada en el teatro. En cambio, nosotros, vamos con ella todo el tiempo y nos la quitamos para actuar. Especie de paradoja o mal interpretación occidental. Y no es la única que se me ocurre, ellos aman, nosotros pecamos y podíamos seguir.

Otro detalle desconcertante es que los superhéroes la llevan solo para entrar en acción. Es la conducta más característica, casi indispensable. Me preguntaba de chico ¿por qué? ¿Para que precisan esconderse cuando se han ganado el aprecio general?  Y solo les queda recibir elogios. Pero no, los héroes corren a esconderse y pasar al anonimato. ¿No les parece raro este proceder?

No sé si usted se preguntó alguna vez cuales son las razones, a mí hoy se me antojaron algunas.  La primera es que los monos elásticos ajustados al cuerpo resultan ser muy incomodos te aprietan glándulas y genitales además resultan ser engorrosos para despojarte de ellos cuando vas evacuar.

Segundo es que hay que esconderse de la plebe. Uno hace el trabajo y quiere descansar, no es justo que uno se pasee a su antojo por la ciudad y cualquiera lo intercepte para pedirle un favor personal y además gratis… cosa que a mi juicio degradaría la investidura de nuestro héroe.

En tercer lugar, se me ocurre que ocultan el miedo que refleja su semblante, mientras se enfrenta a malvados que perturban la urbe. Imagínense, esquivando balas sin que se te frunza el traste, aun, siendo este de hierro.

Otra razón que se me antoja, es que las fans no lo persigan hasta su casa. Es solo un superhéroe, para imponer justicia. Su meta no es repartir autógrafos.

De todos los héroes, Superman, es muy particular: es el único que no usa antifaz para entrar en acción, al contrario, lo usa para pasar al anonimato -un par de lentes- que lo transforman en un personaje timorato, en Clark Kent. Que es el oxímoron del personaje que representa.

Influenciado por este personaje, tomé su imagen una noche y pronto yo también me vi obligado a transformarme en Clark Kent… pero por otras razones.

Fue en aquel baile de carnaval en el club Náutico del Plata. Una verdadera fiesta, la música tropical te ponía ligeros los pies y el colorido de disfraces te prestaba una sonrisa, para presentarla toda la noche.  

Con una copa de cerveza en la mano observaba la pista de baile, donde la farándula se congregaba, caras pintadas de príncipes y doncellas se contoneaban al son del tamboril. Yo buscaba una chica a quien invitar a bailar.  La más fea que vi fue una “mona” vestida de rosa y la más linda una “reina”. La fiesta concurrida entraba en su apogeo. Era un menester imprescindible esa noche asistir disfrazado. En caso de necesidad se podía adquirir uno en la entrada. Gentileza del Club, para aquellos que, como yo, asistiera desprevenido. Me decante por la capa roja y una careta con el rostro de Superman.

La reina que vi antes, solo tenía una corona. No necesitaba ningún adorno más para ser reina. Una chica muy bonita. Belleza natural que en cuanto la ves, deseas conquistar, Pero existía un pequeño riesgo, tenía de pareja a un chico musculoso y grandulón.

Envalentonado con mi embestidura, la miraba de lejos esperando mi oportunidad, en que quedara sola para acercarme. Mientras, me entretenía elaborando un parlamento conquistador para abordarla.  Cuando el chico, por alguna razón la dejo sola…me acerque presuroso y le zampe:

– Vine a salvarte reina mía, de las manos del malvado- después de la sorpresa recibida me siguió la corriente canchera y dijo:

– Ya tengo un séquito de súbditos que me protegen.

– Ya lo vi, pero es un súbdito, no el rey.  Y yo aspiro al trono… querida Isabelita- le causó gracia como la nombré y sonriendo replicó:

– El trono está ocupado, querido héroe.

– Obsérvame bien reina mía, tengo todo incorporado, hasta poderes para bajar la luna a tus pies, con solo pedirlo.

– Me encanta donde está… no la muevas, por favor- imploró más jocosa que antes.

Henchido con el cariz que tomó el diálogo, me permití una improvisación que resulto fastidiosa:

-Puedo volver hacia atrás en el tiempo y ahorrarte esa fea cicatriz en tu frente… que creo que se prolonga debajo de tu corona.

Este parlamento oscureció su semblante, palpo con los dedos la cicatriz y corrigió el lugar de la corona para ocultarla.  Maldije mi estupidez. Quiso reprochar mi mal gusto, pero no alcanzó a responderme…ni yo a excusarme.  El diálogo fue interrumpido por el grandulón un tanto molesto, que regresó presuroso para preguntarle si me conocía. Ella se repuso al instante para responder:

-Como no lo voy a conocer a Superman- demostrando ser una verdadera reina.

El chico quedó desconcertado por la respuesta y ella aprovecho para darme un salvo conducto:

-Es el hijo del cirujano plástico.  A

gradecí y aproveché para alejarme ante cualquier reacción hosca por su parte, porque a él, si le asentaría mejor mi disfraz.

Me despedí con un «chau, que se diviertan».

La reina, viéndome a salvo, me guiñó con picardía. En cambio yo, molesto con mi idiotez, producto del triunfo parcial, me saqué la capa y la careta ofuscado… y pedí cambiarla en la entrada por otra de payaso.  Me asentaba mejor. Además, vaya uno a saber si el celoso no portaba en el bolsillo un trozo de esa piedra verde radiactiva. Todo eso pensaba cuando miraba mi próxima conquista… la mona vestida de seda.

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