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Por Diana Dimerman

– ¿Qué es lo que más extrañas de Argentina? – me preguntó mi marido de golpe y sin motivo.

Me quede mirándolo con sorpresa y desconfianza, si, desconfianza porque no entendía adónde quería llegar, él no pregunta porque sí.

– ¿A qué viene esa pregunta? – pregunté. Y él se sonrió.

-Cuando me respondes con otra pregunta es porque algo en tu interior te tocó.

Tenía razón, a veces parecería como si tuviésemos un hilo conductor entre nuestras cabezas, uno piensa algo y el otro lo dice, justo en ese momento estaba pensando en mis amigas.

-Lo que más extraño son mis amigas- se me llenaron los ojos de lágrimas.

No sabía cómo pedirme perdón, me abrazó, me quede acurrucada en sus brazos hasta que la nostalgia pasó.

Entonces comencé a contarle, por qué eran lo que más extrañaba.

-Cuando terminamos el liceo, entre la alegría, la tristeza, las lágrimas y las risas que se mezclaban contradiciéndose, hicimos una promesa: que nunca nos separaríamos.

El quinteto más unido, el más chiquito, éramos todas de la misma altura centímetro más o menos andábamos por el metro y medio, era nuestro distintivo, pero no nos preocupaba, lo que sí nos ponía tristes era el final de una etapa, alejarnos, no volver a vernos, no saber la una de la otra.

Por eso la promesa, el primer sábado del mes nos reuniríamos por la mañana a desayunar en nuestro “Grill Moreno” Av. Rivadavia y Jose Maria Moreno, Caballito.

Durante unos años fue ley, ninguna faltó y no alcanzaban esas dos horas que nos habíamos impuesto para contarnos lo ocurrido en nuestras vidas durante ese mes, reíamos recordando anécdotas con los profesores, nos aconsejábamos mutuamente ante dudas o experiencias nuevas. Fueron los mejores momentos de mi vida.

El tiempo fue pasando, cerraron el bar y cambiamos de lugar, pero las cinco éramos una piña, las conversaciones también cambiaron, algunas se casaron y tuvieron hijos, otras nos ocupamos de nuestra profesión.

Ya no gritábamos superponiéndonos al hablar, nos tomábamos el tiempo para escuchar y contar.

Las obligaciones de cada una nos llevaron a distanciar los encuentros. Entonces fueron los cumpleaños o cualquier celebración la excusa perfecta para vernos.

Pero siempre estuvimos en contacto.  Todas las semanas nos hablábamos sin falta, a veces eran horas de charlas telefónicas.

Cuando hice Aliá, ellas fueron las que más sufrieron, incluso -creo- más que mis hermanos, hasta último momento estuvieron conmigo.

La primera vez que volví a Argentina de vacaciones, estaban en el aeropuerto a las siete de la mañana, esperándome.

Me preguntaste que extraño, a ellas las extraño. Aunque seguimos en contacto gracias al fabuloso WhatsApp.

Fueron muchos años de confidencias y experiencias, aprendimos a andar por la vida.

Supimos lo que era el dolor, la muerte, las alegrías y los logros juntas.

Nos apoyamos y nos criticamos, nos felicitamos y nos regañamos cuando era necesario, pero siempre juntas, con amor y respeto.

Si tuviera que contarte todas las anécdotas que vivimos, podría escribir un libro, que se llamaría, “Mis hermanas elegidas”.

Mis sensaciones cambiaron de repente y me sentí con una energía poco usual.

Ya estoy frente al ordenador, planificando mi nuevo libro.

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