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Por Eduardo Mendoza

Una multitud caminaba en la plaza de armas de Vilcabamba, cuando doce campanadas dieron a su iglesia barroca los mismos tonos ceremoniales que tenía en los tiempos de la colonia. Era una iglesia cristiana construida en un marchito pueblecito andino, en el Perú profundo. Era una construcción de adobe, piedras y sillar. Los indios se las ingeniaron para poder esculpir motivos quechuas en el barroco español. Los campanarios eran blancos y las enormes campanas de bronce permitían aún atisbar las escrituras en latín de sus bordes. En el invierno, cuando las cumbres andinas se adornaban de nieve, el blanco de la Iglesia se tornaba en un triste tono marfil. La Iglesia de Vilcabamba es famosa por su Cristo moreno, indio. La imagen situada en el altar central de la Iglesia, un altar que sobrevivió a varios terremotos.  Es un altar hecho de madera de olivo bañado en oro, debajo de la cúpula está el crucifijo de olivo. Es un crucifijo esculpido del Cristo sangrando, que cuelga atormentado en la cruz. Quedó allí desde el día en que lo trajeron de Europa, hace más de doscientos años. El Cristo tiene la mirada perdida, triste, llena de incomprensión, sus labios entreabiertos expresan su sed de justicia.

Es el cristo moreno, la tradición del pueblo dice que el cristo blanco traído por los conquistadores transformó su piel como señal de amor hacia los indígenas.

Un milagro que conmovió y marcó profundamente esas cordilleras paganas, un milagro que convirtió multitudes al cristianismo.

Cada año, en la mañana del sábado de gloria, miles de quechuas de la región, vienen a verificar si este año el milagro se repite, y que la piel de cristo es oscura.

La mayoría viene con sus enfermos y ancianos a rezar e implorar, otros vienen a alabar este prodigio del cielo que ocurre cada tantos años, pero siempre el mismo día: el sábado de Gloria.

Era la noche del Viernes Santo, y una multitud abandonaba la Iglesia después de la misa. Muchos no se alejaban de ella: se asientan en la plaza y esperan pacientemente el sábado de gloria, cuando se abrirán nuevamente las puertas de la Iglesia y tal vez podrán ver con sus propios ojos un milagro del cielo.

En la entrada de la Iglesia, el fraile madrileño José Domingo observa que en la plaza la multitud ha disminuido aún más este año y esta Semana Santa ya casi no llegaron peregrinos de los pueblos vecinos. El fraile cierra los añejos portones; lo que llena de oscuridad el santo recinto. Al cerrar el aldabón, da un puñete en la madera que se escucha como un trueno en las bóvedas de la iglesia. El fraile voltea violentamente hacia el altar mayor, como pidiendo disculpas por el ruido.  Respira profundo y trata de tranquilizarse. Camina varios pasos hacia el altar, avanza hacia la imagen del nazareno, las bancas enfiladas a ambos lados del piso de adoquines dan a esta escena un tono marcial.  El fraile se va acercando al altar y le pide a Santiago,

el monaguillo mestizo que prenda más velas, que esta será una velada larga.

Se arrodilla ante el altar y eleva su rostro ante la aproximación divina. Humildemente, junta sus manos en un gesto casi de meditada santidad y empieza el diálogo: – ¡Perdóname, Oh Dios misericordioso! – exclama en oración y enciende un cirio mientras recita el «Padre Nuestro».

Súbitamente una voz espanta la concentración del franciscano y asusta al monaguillo:

-«¡Bravo! ¡bravo!»- alguien grita.

El cura voltea el rostro y ve al curandero del pueblo, sentado en la tercera fila, aplaudiendo y gritando con una voz extraña y profunda. Sus ojos están blancos,

señal de la ayahuasca, una bebida ceremonial indígena que es una droga potente.

Durante la colonia, los españoles espantados, la consideraban una posesión demoníaca.

-«Es la mejor actuación que he visto!” -continuó el curandero- ¡Lindo espectáculo Tayta (padre)! Mejor vete al Teatro de Lima o regresa a tu tierra, Tayta.  Mira qué grande escenario tienes, que lindas las butacas, que bonito se escucha. Y tú eres el actor estrella: las vestimentas, con esa sotana de santo, y tu voz pidiendo perdón al altísimo…. En verdad no me queda mas que aplaudir de pie, Tayta».

El fraile se incorpora y reprime al invasor:

-«¿Quién te dejó entrar aquí? ¿Cómo te atreves a gritar dentro de este lugar Santo? ¿Qué sabes tú de teatro? No eres más que un pobre indio borracho y charlatán. ¿De que actuación hablas, infeliz?».

Santiago se apresura a verificar que el portón de la Iglesia está cerrado y no encuentra respuesta de cómo se infiltró el indio chamán al que la gente llama

¨el puma de los andes¨.

Una sonrisa necia, dibuja más arrugas en el rostro del curandero y responde al cura:

-«Tu bien sabes que lo tuyo no es verdad, sabes que tu cristiandad es un robo.

Que tu dios murió hace dos mil años.  Si de verdad tuviera fe esperarías con devoción hasta mañana. Pero yo sé que todos los curas como tu son los que engañan a mi gente con ese milagro. Tú sabes que mientes para robar, como todos los curas que llegaron en sus barcos con la cruz y la espada. Sabes que no hay público, así que rezas y das tu mejor actuación para convencer al incrédulo más importante: tú mismo. Quieres convencerte de que tu dios te escucha. Quieres dar una excusa

Pues, tayta, a tu vida triste, solitaria y miserable en este pueblo de indígenas paganos y salvajes. ¡Mientes tanto a la gente que pretendes haberte convencido a ti mismo! ¡Tú no tienes fe, ni devoción!”

Santiago -el monaguillo- se sentó en primera fila para escuchar el diálogo y se ofendió porque sintió que las acusaciones contra el cura eran también contra él.

«-Lárgate de aquí inmediatamente!»- interrumpió el franciscano-. ¿Quien eres tú para cuestionar mi fe?  Mi fe es un acto inteligente y consciente, mi fe en Dios vive dentro de mi, esta grabada en mi corazón desde que fui un niño, mi vida en si misma es una prueba de mi fe. Yo sé que hay un Dios. ¡Que necio eres, al negar al Dios de verdad!  Mira a tu alrededor, tu país ha pasado a ser un país libre y además…

El curandero lo interrumpió con un grito que llenó el recinto:

– “¡Nosotros ya éramos libres! ¡Ustedes nos convirtieron en esclavos!  ¡Wiracocha, el dios sol nos dio el universo, las aves, las praderas, los Aypus y los manantiales, nuestras alpaquitas y llamas.  Tayta, nosotros los indios somos hijos del Sol, éramos libres como el cóndor y fuertes como el puma.  ¡Acaso no se han robado ya todo! ¿Por eso dejaste la Universidad, tu familia, tu país, tus amigos para ir a predicar a un Dios que conquistó a mi pueblo y lo humilló? Tu vendes la religión al pueblo”.

-«¡Yo no vendo religión!»- respondió airado el devoto. El fraile dio varios pasos mientras hablaba, como si estuviera dando el sermón dominical.  Su voz ha dejado de ser quebrajosa y ahora tiene un tono de autoridad:

-«Tu gente necesita de la religión para existir. La iglesia le ha dado a tu pueblo valores y ha salvados sus almas. La religión es la fuerza que ha impulsado a la humanidad desde los comienzos de la historia. ¿Qué impulsaría a estos indios a refrenar sus instintos bestiales? No seas necio, sin nosotros ustedes serían unos salvajes. Sin religión no hubiera podido ser posible el conformar este país y seguiría siendo un pueblo de indios hambrientos que adoran al sol, a las montañas, al puma

y al cóndor. Mira como ha avanzado tu comunidad… ¡Vilcabamba le debe a la religión y a Dios su existencia! ¡Dios es vida!»

La Iglesia tiene un estupor extraño, el curandero se pone de pie y escupe un bolo

de hojas de coca. Alza el dedo acusador hacia el cura mientras sentencia:

-«¡Eres un embustero y ladrón! Tu religión sólo ha traído muerte a Vilcabamba.

Tú pretendes negar los trescientos años de colonia, de sangrienta esclavitud, nos robaron nuestro oro y plata y ahora nos quieren robar nuestros dioses.

El padre, escuchando con repudio el blasfemar del curandero, acomodó una escalera en medio de la cripta, a lado del crucifijo, tomó el cirio encendido, subió la escalera a paso de vencedor, y elevando el fuego encendido anunció en tono profético:

-«Si Cristo no existiera, el hombre tendría que inventarlo. Sin Dios, el hombre se vería a si mismo como una bestia más que habita en este mundo. Tu gente necesita de la esperanza de la religión. ¡Lo que hago, lo hago por ellos y no por mí!  ¡La gente necesita de la fe, de Dios, de milagros!  ¡Y mañana, en sábado de gloria, la gente tendrá precisamente eso: un milagro!».

Al decir esto, el fraile puso el fuego del cirio debajo del crucifijo. El humo oscuro de la cera fue tiñendo lentamente de negro la madera del Cristo en el crucifijo. Los tonos se fueron oscureciendo, dándole la apariencia de mestizo. El padre bajó de la silla, y le ordenó a Santiago que saque al curandero de la Iglesia.

Santiago, atónito por descubrir el secreto del milagro que la gente esperaba afuera tomó por el brazo al curandero, quien le sacó el brazo y le dijo en quechua:

– ¡Awqa akamicuy !** (traidor come mierda)

El puma de los andes salió de la Iglesia con una agilidad felina, dejando atrás el olor a ayahuasca y coca. Nunca más regresó a Vilcabamba y el padre José Domingo nunca regresó a Madrid.  Santiago, el monaguillo, con los años se convirtió en un guerrillero marxista en las selvas del Perú y siempre repetiría este diálogo entre el cura y aquel curandero borracho que le abrió sus ojos santurrones de niño.

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