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Por Nelson Gilboa

De un portazo, la ráfaga fría se hizo presente y busqué un abrigo. Algo se encogió en mi interior y me senté en el sofá.  Le sugerí a mi esposa cambiar de ambiente:

-¿Venís? ¿Vamos a tomar mate con Diana?

-Tengo que acomodar la casa y sabes que no me gusta el mate amargo. Y mamá nos espera.

-Solo media hora y volvemos Susana- sugerí, a sabiendas de que no vendría. El mate se había transformado en el ritual infaltable de los sábados, pero era temprano aún.

El viento me empujo hasta tu puerta- le comenté a Diana como escusa, mientras ella me franqueaba el paso sonriente.

-Si no desocupas la casa Marcelo, ella no podrá pasar el trapo por el piso- ironizó y yo le di la razón:

-Soy un estorbo literario- me miro interrogante esperando una explicación.

-Si, porque me siento a leer en el living- eso me gustó, dijo sonriendo.

-El otoño me pone nostálgico, Diana- expresé así mi trastorno anímico sin preámbulo.

-Si, a mí también a veces me sucede, pero no dejo que ese sentimiento me domine.

-Me empezó con aquel día de lluvia, en que la maestra ordenó sacar los cuadernos y escribir una redacción sobre el otoño, que solo recuerdo parte.

-Seguí, que te escucho- me animó desde la cocina, mientras aprontaba el mate y ponía agua caliente en el termo. Animado, comencé a memorizar en voz alta:

“El viento silba en mi ventana y veo las hojas pasar. El Plátano se desnuda cuando el frío comienza, en cambio yo, cojo un abrigo y salgo con mi hermano a remontar cometas de papel color.

La lluvia copiosa, anega los campos de recreo, se colman los cauces que estaban secos formando riachuelos, charcos y lagunas, donde ranas y sapos salen a festejar.

¿Me dejará salir abuela, ir a chapotear descalzo a disfrutar con ellos? ¿O me recordará los resfríos que sufrí en el invierno pasado?

Creo que papá me dejaría y mamá también, pero abuela dudará, es una miedosa”.

-Esperé mi turno para leerla en voz alta, la maestra se acercó al pupitre que compartía con Nora, me posó su mano en la cabeza y sugirió cambiar “miedosa” por “cuidadosa” … Esos y otros recuerdos de juventud me ponen melancólico. Diana me miró seria y me alcanzó el mate, porque a ella no le gusta el primero, bueno a mí tampoco, pero se trataba de un diezmo razonable para acceder al altar del saber.

-¿Y por qué que te afecta así, lo sabes? – preguntó, abriendo grande los ojos.

-No, pero seguro que tú si sabes, la causa de mi tristeza otoñal.

-Es posible, pero creo que no será de tu agrado escuchar lo que te diga –esta vez escaneó la luz de mis ojos esperando la verde para demolerme. Eso pensaba yo cuando se levantó del sillón para plantarme un beso en la mejilla. Me confundió, no entendí, como siempre, después pregunté:

 -¿Es un paliativo, para atenuar el coscorrón?

-Si. Y espero que te ayude, para lo que te voy a decir- sentenció, seria.

-La nostalgia no es otra cosa que el pasado… El pasado que no volverá. Pero lo más doloroso de todo, es que si lograran inventar el túnel del tiempo y pudiéramos volver a la época que uno añora, te llevarías la sorpresa, porque ya no encajaríamos en ese lugar, pues nosotros somos distintos hoy.

-Lo del túnel me entusiasma Diana. Imagina si logro ir por ahí y cambiar mis ancestros, por otros más inteligentes y opulentos. Heredaría así una modificación sustancial para el cuerpo obsoleto, olvidar el dolor de espaldas y una jugosa cuenta bancaria.

-¿Podés dominar tu sarcasmo una vez por lo menos y escuchar? Hoy vemos todo de otra forma. Si suspiramos por ella, por él y queremos recuperarlos, o una época, o un estilo que idealizamos, nos convertimos en nostálgicos soñadores del pasado. Pero ese sentimiento tuyo o mío de nostalgia no se debe a lo que hemos perdido, está más bien relacionado, con lo que ya no somos… Cambiaste, cambié, pasamos a vivir en un mundo extrañó y nos ataca la nostalgia, eso que sentís ahora. Mientras sepas limitar la nostalgia solo a las cosas buenas que te pasaron y no las negativas vamos bien. Pero no confundas nostalgia con la melancolía, que es un sentimiento ambivalente.

– ¿Cuál es la diferencia?

– ¿No tenes que ir a lo de tu suegra?

 – Si, lo dejamos para otro día- Diana me sorprendía siempre, tenía la precisa, comencé a mirarla distinto, ya no era la misma vecina… “Había cambiado”.

Y caí en la cuenta de que no la conocía bien.

En el viaje a lo de mi suegra digería en silencio las palabras de Diana. Susana preguntó si me pasaba algo, le contesté que sí:

-Al carajo con la nostalgia otoñal… Ves, ese es otro cambio.

-¿De qué carajo de cambio hablás?- protestó Susana. Claro que no podía entender de que hablaba, me estaba pareciendo a mi vecina, que largaba al aire preguntas, que necesitaban una explicación posterior para entenderlas… ¿Me estaba volviendo inteligente, o era una ilusión mía?

– Cambiamos sin darnos cuenta a lo largo de la vida, nada queda igual Susana, hasta la naturaleza muerta en las pinturas sufre cambios. Si hay que restaurarlas…

-Me parece que estoy escuchando a Diana, estás muy influenciado por ella.

-Solo si tiene razón. No veo por qué alarmarse si asimilo un poco de lo que diga- acerté a decir para disipar dudas… Pero tendría que ser más cuidadoso, si no quería que ejerciera el veto femenino a las charlas sabatinas. Porque estaba anhelando que ya fuera sábado otra vez… y no era porque extrañaba el mate.

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