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Por Ricardo Lapin

Cada año, cuando llega el otoño, una mezcla de congoja y ansiedad me atrapa. Reviso mi jardín: los bulbos ya brotando, las semillas del “taco de reina” y “arvejilla de olor” germinando débilmente. Todos, plantas y personas, esperamos la lluvia, luego de otro devastador verano israelí. Si las nubes no llegan, un pellizco maligno me retuerce las tripas. Costumbres de ex-campesino. Ansias de la primera lluvia, llamada en hebreo “Haioré”, el que dispara. Expectación por la tormenta: el tronar de truenos y el crepitar de la lluvia.

Cada año me descubro con mi mente rezando por la lluvia y mi memoria en esa primera aventura amorosa en el kibutz, en el servicio militar, en medio de explosiones en los cielos y lluvia primera, que “se dispara” de pronto.

Llegamos del colegio internado al kibutz simplemente para pasar el servicio militar. Con nuestros padres bien lejos, nuestro grupo de jóvenes encontró una casa y una comunidad como soldados sin familia y también familias adoptivas. Llegábamos luego de duras semanas de maniobras del arma “Nájal” de infantería (Juventud Pionera Combatiente) y las tardes de viernes nos esperaban nuestros padres adoptivos con café y torta para oír nuestras aventuras y desventuras.

Luego, religiosamente, toda la familia se sentaba a ver la “película egipcia de los viernes”. Telenovelas con océanos de lágrimas y amores imposibles (él un pobre “falaj”-campesino- y ella hija del rico patrón o a la inversa). Dramas con final feliz y romántico, donde los buenos y el amor vencían. En estas películas cruzábamos miradas con Natalie, nuestra adolescente hermana adoptiva. Ella era la mayor de nuestros hermanos adoptivos: bella, con una sonrisa descollante y un cuerpo atlético y escultural (estaba en el equipo de natación nacional) inteligente, manipuladora y con un carácter de caballo salvaje. Carlitos y yo, que éramos los hermanos adoptivos en esa casa, discutíamos si esos ojitos iban dirigidos hacia quién de nosotros dos. Corría nuestro segundo año militar, era el otoño de 1981. Estábamos en la frontera con Siria y había una tensión creciente. Se hablaba de una próxima guerra. La soledad se sentía más, la lejanía de nuestros hogares también. Un viernes en el kibutz, luego de varias cervezas en el pub bailable de los voluntarios, me senté a respirar aire fresco escapando de la ruidosa música y la gente bailando. Natalie se sentó al lado mío mirándome inquisidora. “Se te ve mal, ¿pasa algo?” Sin levantar la cabeza contesté: “Nada para hablarlo acá…”

Me tomó de la mano e imperativamente se levantó empujándome tras ella.

“Vení, vamos a dar una vuelta”. Me sorprendió su fuerza, pero de hecho yo era un mequetrefe de ciudad y ella una curtida “sabra”, hija de los campos del desierto del Neguev. En pocos meses se enlistaba al ejército. Caminamos por senderos en sombras, pisando las hojas secas de los árboles del kibutz.

“Se habla de una guerra inminente…y yo…tengo miedo.  Mucho miedo”. No pude evitar alguna lágrima traidora. Ella se detuvo y con una mirada húmeda me dijo “No te preocupes, en serio, va a estar todo bien”. Y acto seguido me dio un sorpresivo beso en la boca. Yo no sabía cómo reaccionar fuera de besarla y abrazarla, pero ella, al parecer, era más ducha que yo: luego besos y algunos mordiscos en el cuello, me arrastró a un cercano refugio de cemento. Bajamos las escaleras a oscuras, y allí había una pila de colchones, donde perdí mi virginidad. Al salir de allí me dijo “Ni una palabra de esto a nadie ¿vale?”  

 Yo retorné feliz a nuestras barracas donde dormíamos y guardé silencio, aunque con esfuerzo, del asunto. Ese otoño tuve un par de encuentros amorosos más con Natalie, una vez a medio vestir, acostados sobre hojas secas en un bosquecito cerca de la casa de sus padres. Su olor se mezclaba con el de las hojas aplastadas, con las hierbas silvestres, pero en un esfuerzo de autocontrol, conseguí que tuviéramos un orgasmo juntos. Luego no salimos del ejército casi un mes por estados de emergencia constantes. Una noche, antes de salir a una emboscada nocturna pasando la frontera, Carlitos se me tiró encima gritando: “¡Hijo de puta, ella está conmigo!” Nos separaron, el sargento nos amenazó con un mes de cárcel. La gente del grupo nos miraba sin entender qué pasaba. Al terminar las instrucciones, antes de salir a la emboscada, Carlitos me dijo en voz baja, pero echando furia por los ojos “Sos una mierda, yo estoy hace meses con ella…”

Le dije asombrado: “¿Y cómo yo podía saberlo? Aparte ella empezó conmigo y…

a vos ¿quién te lo contó?” Quiso darme una trompada, pero lo agarraron de inmediato. Ofir lo sacudió:” Imbécil, ponete las pilas que entramos a Siria en un rato”. Subimos al equipo y cruzamos la frontera. Avanzábamos pesadamente bajo un cielo encapotado, relampagueando por el norte. “¡Qué llueva fuerte, así anulan la emboscada!” pensé. Llegamos al lugar: una negrura aterradora. El oficial enviaba en silencio a cada soldado, que se acostaban en “formación estrella”, un círculo unidos por los pies cruzados con los dos soldados vecinos. Carlitos estaba a mi izquierda, con la ametralladora pesada. Yo era el radio operador, con el oficial a mi derecha. Oscuridad y viento frío. A las dos horas comenzó a gotear, y de a poco se hizo una llovizna intermitente. Los pedidos de repliegue recibieron negativa rotunda. Horas más tarde, entumecidos y hundidos en el barro, llegó un susurro desde mi derecha: “Enemigo se acerca por la hora cinco”. Sacudí el pie de Carlitos y le pasé el aviso, que siguió la transmisión. Los pies se separaron, y el círculo comenzó a abrirse, arrastrándonos hacia la hora cinco hasta estar en hilera. Se oían ruidos de pasos y hojas secas, de resoplidos. El oficial levantó un puño cerrado y abrimos los seguros de los fusiles. Se corrió otro susurro: “Enemigo a 80 metros”. Avisé en voz baja a la base, por si precisábamos apoyo. “Enemigo a 50 metros”. Acostados en el barro no se veía nada, pero el ruido de pisadas era más y más intenso. La llovizna comenzó a tomar intensidad junto a la apagada voz, “Preparados, 25 metros”. El fusil temblaba en mis manos, apuntando al ruido frente a mí.  La orden de fuego coincidió ya con la tormenta: los fogonazos y el ruido infernal de las armas fue tragado por truenos y una lluvia intensa, que hacía la visión imposible. De pronto algo enorme y rugiente avanzó corriendo hacia mí de la pared líquida: no era claro qué cosa era. Disparé, pero sentí ese “algo” alcanzar a darme un feroz mordisco en el hombro antes de morir: un descomunal jabalí macho, de unos 200 kilos. Llovía torrencialmente, y el oficial dio la orden de ataque: todos se levantaron disparando menos yo, espantando una familia de jabalíes. El oficial ordenó cerrar el fuego, pero Carlitos disparó una precisa ráfaga de balas a la hembra enloquecida que se le venía encima. Cayó a unos metros de él. “Quemada” nuestra posición avisamos que nos retirábamos con un herido. Abrieron una camilla y me subieron con mi equipo. El enfermero me hizo un vendaje bajo la lluvia copiosa. El oficial vino a verme “¿Todo bien?” preguntó. Sacudí la cabeza, aunque el hombro ardía pese de la lluvia. Me cargaron en la camilla y emprendimos el camino a la base, a casa. En el camino a la frontera se me acercó Carlitos y me dijo bajo la lluvia “Pérdoname hermano, es ella la turra que jugó con nosotros…” Intenté la mejor sonrisa, con la lluvia encima y el hombro herido, y le dije viéndolo desdibujado por la lluvia: “Carlitos quedate tranquilo.  Fue una historia de otoño, nada más…”

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