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Por Eduardo Herbie Mendoza

-Quiero divorciarme. Ya no aguanto la vida contigo, he tratado de amarte, pero eres imposible de soportar.  Tengo tanta rabia por haber desperdiciado nueve años de mi vida contigo…

Esas palabras salieron de la boca de la madre de mis hijos.  Me las escupió en la cara con el desprecio de una madre a miles de noches de burdel, mientras arrojaba afuera de nuestra recámara mi almohada y una cobija para la noche.

Una sensación de impotencia me invadió, con la acidez en la boca frente una estafa, como quien entra a su casa y encuentra que le han robado.  La rabia ante la injusticia de esta mujer te hace temblar las rodillas y endurece tu corazón hasta el punto de que tu quijada se cierra como una herradura para que no se te salga por la boca.

No le contesté para no desgarrar sus debilidades hasta revelar su cadáver, hasta que se mire así misma y vea la fetidez de nuestro amor. La desesperación ante la pérdida de la única mujer que me amó realmente una vez. ¿Cómo se expresa el infinito en un grito?

Derrotado, no contesté ni quise tampoco despertar a los niños, porque no se puede hablar cuando tienes puñaladas sangrando en la garganta, ni tragarlas ni escupirlas.

Camino limpiándome las lágrimas y tragando saliva, me alejó de mi recámara mientras ella tira la puerta y su estruendo despierta a los niños. Mi hijo de tres años llora y me llama. Lo ignoro, sé que el llanto no la dejará dormir y tendrá que levantarse a atender a los niños por primera vez en meses. Que se joda.

Continúo mi camino hacia el final del departamento. En una habitación de la casa en que vivo está mi estudio, donde tengo mis pinturas en el piso al lado de mi escritorio, una biblioteca me ofrece la amistad entre páginas de gente que jamás conoceré, pero a quienes amo más que muchos vivos a los que llamo familia. En el medio de mi estudio, tengo un sofá negro que más parece un trono de rey, y por alguna razón me recuerda a Nerón, echado de lado comiendo uvas mientras Roma ardía. 

Cuando llego a mi estudio, siento que desfallece mi humanidad y me entrego a la noche esperando que se convierta en muerte.

¨No hagas hijos con esa mujer, te va a hacer la vida miserable¨ las palabras de mi madre sonaban en la oscuridad. La derrota del alma hacía la oscuridad perfecta.

Enciendo la computadora.  Veo que está chateando con alguien desde la habitación, ella no sabe que leo todas sus conversaciones en tiempo real.

Está conversando con un familiar, con el marido de su prima, que es una mujer enferma terminal hace ya varios meses.

-Lo he botado del dormitorio, ya no puedo más, me da asco seguir durmiendo con él, le dije que me quiero divorciar– ella escribe.

-¿Y cómo reaccionó?- escribe el primo.

-Ya lo conoces, se puso a llorar y se fue a su estudio, como siempre… ¡que poco hombre!  No sé cómo he podido aguantar tantos años.

-Ya mi amor, cálmate, tú sabes que pronto se acabará todo y podremos estar juntos -le manda un corazón-. Quiero tenerte en mis brazos, te extraño.  Extraño tanto hacer el amor contigo.

-Espera, Marcelo está llorando… un minuto, bueno parece que ya se calmó.  Es un niño fuerte, se ve que salió igual a su padre, no como el mequetrefe que duerme en el estudio. Como quisiera que estés ya con nosotros.

Las lágrimas por el cual pensaba yo que era mi hijo inundan el teclado.

Mis labios tararean Marcelo, Marcelo.

Tomo una foto a la conversación y la subo a las redes sociales, allí están sus padres, mi familia, nuestros amigos, gente con las que trabajamos nuestra psicóloga que nos hace terapia de pareja ya un par de años y también está su prima, que debe estar en la recámara con su esposo, mientras él aconseja a su pobre prima, que tiene un marido que no la entiende. Verá aparecer la foto de la conversación de los traidores.

El cursor de la computadora tiembla y se transforma en una mano acusadora sobre el botón ¨Enviar¨. Destruyo el mundo pulsando con los ojos cerrados.

Cierro la tapa de la computadora como se cierra una tumba, la puerta de mi estudio con llave, y enciendo el equipo de sonido con el Vals de las flores de Tchaikovski a todo volumen.  Escucho gritos y me golpean la puerta. Me siento en mi trono, me pongo los auriculares y los violines, timbales, violas y trombones me protegen de los gritos de mi mujer.

En la oscuridad, mi estudio es esta noche mi último refugio. Roma está en llamas.

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