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Por Abel Katz

La muerte de Claudio me impresionó mucho.

Hablé unos días antes de su muerte con él y lo sentí muy pesimista, muy decepcionado, muy enojado, muy irracional también.

Él se apuntó a una jubilación temprana en Banamex. Tenía un trabajo en un área de ciberseguridad en el que ya llevaba muchos años, con un puesto de líder de proyecto, con dos o tres personas a su cargo.

Su idea era invertir el dinero de su liquidación en montar una empresa de consultoría para implementar los servicios de cómputo de Amazon.

Sin embargo, a pesar de tener muchos conocimientos y ser muy buen técnico, no tenía habilidades de mercadotecnia, no era buen vendedor, ni siquiera una persona muy sociable.

Después de varios meses desistió de la idea de establecer la consultora y se dio cuenta que Banamex pagaba el seguro de gastos médicos de Sabina, su esposa que tenía cáncer y que en unos meses o pocos años se acabaría su liquidación.  Entonces entendió que había cometido un gran error, pero además, sus escasas redes sociales habían desaparecido.

Comenzó a buscar un trabajo similar al que había tenido, sin éxito. Encontró uno a nivel de principiante en Sherwin Williams. Entró ahí y los compañeros, jóvenes, lo veían como el rarito y eso lo desmotivó mucho.

Yo le di ánimos, traté de decirle que se tenía que adaptar a las nuevas circunstancias, pero sentí que me veía como el fracasado que no lo podía aconsejar.

Unos días después le envié algún mensaje por Facebook y no me respondió, pensé que se había enojado y ya no lo volví a contactar, hasta unos días antes de viajar a México y tampoco me contestó. Traté por WhatsApp e email sin éxito. Cuando llegué a México, le llamé por teléfono con el mismo resultado.

Busqué en Facebook, después en Google y vi que había una esquela de su muerte unos días después de la última vez que hablamos. Investigando más, vi en la cuenta de Facebook que su hija había muerto también y entonces se me hizo lógica su muerte.

Después pude hablar con su esposa y me dijo que en los últimos días había estado muy deprimido y preocupado por todo.

Presa del llanto, me contó que un día que ella fue a ver a su madre, Claudio mató a su hijita.  Con horror, relató que él planeaba acabar con toda la familia, pero como ella se quedó a dormir en lo de la madre, ya no pudo completarlo y se suicidó.

Quedé terriblemente conmocionado, no sólo por su muerte, sino que ahora sabía que se había suicidado y que antes, asesinó a su adorada hija.

Con muchas dudas y angustia, fui a su edificio a ver si alguien me podría revelar algo más. Una vecina me contó que el señor era muy bueno, que no entendía como había enloquecido. También me enseño que había una cámara en la entrada de la puerta.

Ahí se me ocurrió ir a su último trabajo en Sherwin Williams y sin muchas preguntas, me dieron una caja con sus pertenencias que ya iban a tirar a la basura. Entre sus cosas había un disco duro externo. Después de muchas horas de buscar en el disco, encontré videos de vigilancia de su casa y encontré el video del día del suicidio. El video es de la cámara de la puerta de entrada al departamento, en él se ve como tocan la puerta y entran dos sujetos y después de media hora salen. No había más cámaras para ver que pasó adentro del departamento.

Levanté la denuncia en la policía y les mostré los videos. Después de unos días me respondieron que la investigación no progresó porque no eran claras las imágenes de las caras de quienes entraron.

Después de unos días regresé a mi casa molesto de que no se iniciara una investigación, resignado de saber que así acaban la mayoría de las investigaciones en México.

Después de una semana con la cabeza más fría, me di cuenta de que lo que no me dejaba dormir, era pensar que una persona tan tranquila, que nunca discutía de política o religión o fútbol, y cuando daba su opinión lo hacía con argumentos y de una forma muy mesurada sin apasionarse o enojarse pudiera repentinamente convertirse en un asesino. ¿Qué tuvo que sufrir? ¿Qué distorsionó su mente o qué demonios lo acosaban para creer que su hija estaría mejor muerta que en este mundo?

Me culpo de no haberlo escuchado y en lugar haberle dado una frase sacada de una galleta de la fortuna, o de darle una receta de lo que a mí me funcionó, cuando no me pidió una solución, sino que escuchara lo que estaba sufriendo.

¿Por qué no cerrar la boca? ¿Por qué el impulso de dar lecciones? ¿Por qué no escuchar en silencio, con empatía, sin juzgar y tratar de entender lo que me transmitía, lo que estaba sintiendo? ¿Por qué es tan difícil la comunicación con alguien a quien quieres?

Si sabes que alguien se va a suicidar y no haces nada eres responsable, y si no quieres escuchar sus gritos de auxilio por apatía o falta de sensibilidad también eres responsable. Y creo que por eso estaba tan ansioso por encontrar un culpable, porque yo me sentía culpable.

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