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Por Eduardo Herbie Mendoza

En el Perú, cada día, 16 niñas y adolescentes son víctimas de abuso sexual.

Informe Naciones Unidas Peru 2022

Ella existió, sólo en un sueño. Él es un poema que el poeta nunca escribió.

Sonaba en la radio aquella voz aguardentosa de la banda EL TRI de México y se hacía paso entre silbidos, bocinas y conversaciones en la combi Volkswagen del año 62, que recorría la avenida Simón Bolívar.

Allí estaba el paradero de la combi, frente al Colegio Nuestra Señora del Sagrado Corazón, un colegio privado de niños bien de Lima.

Temprano esa mañana, Santiago descendió y caminaba despreocupado, cantando a media lengua esa triste canción de amor que, a sus 14 años, era lo más cerca que había estado con una mujer.

A la distancia, se divisaba el edificio colonial del Colegio y se podía distinguir en la claridad del tibio sol matinal, a decenas de estudiantes con camisas blancas y pantalón gris, que daban la impresión de una bandada de gaviotas volando sobre las ondas del mar. El timbre del colegio anunciaba que eran las ocho de la mañana y comenzaba otro día de clases.

Martin, su mejor amigo, lo esperaba en la entrada, sentado arriba de la camioneta de su padre, afuera del vehículo, para evitar hablar con el chofer de la familia. Martín era delgado y solía mirar al suelo cuando conversaba con las chicas. El acné de sus mejillas formaba constelaciones que cambiaban según los meses del año.

-¿Por qué no entras a clase? -preguntó Santiago.

-No tengo ganas, déjame tranquilo- respondió.

-¿Ya te le has declarado a Mónica?  Y te dijo que no, es eso ¿verdad?

Martín lo miró a los ojos y apretó los labios.

-Entra nomás huevón, ya deja de hacerme preguntas. Tu todavía eres un chibolo, un niño, un bebé, yo ya soy hombre. Yo soy macho, ya no soy virgen como tú.  

-¿Ya no eres virgen? -felicitó. ¡Brother, eres mi héroe!

Se abrazaron a medias mientras sonreían.

-Que suertudo que eres amigo¿cómo pasó? ¿Con Mónica?

No, con ella ni en sueños, ella es del Opus Dei donde tu viejo es el director de la Asociación de Padres, y tú no tienes los huevos de hablarle siquiera, ya pues, dime ya cómo pasó.

-Lo que te voy a contar no se lo puedes decir a nadie … ¿pacto de hombres?

Santiago le extendió la mano y las estrecharon en señal de absoluta complicidad.

-Anoche estaba en mi cuarto, ya estaba dormido, cuando entró

mi viejo.  Me dijo “Ya es hora de que te hagas hombre” y me levantó de la cama. Bajamos a la primera planta, a la sala y me sirvió una copa de Pisco.  “Por tu salud hijo, hoy dejas de ser pito”, brindó. 

Había pasado la media noche y bajamos al sótano de la casa, donde están almacenadas las gaseosas y las maletas, allí en un rincón duerme la Francisca. Mi viejo me llevó al lado de su cama, le arrancó la frazada que la cubría y me dijo: “Hazte hombre, sin miedo”.

El rostro de Martin trató de petrificar una sonrisa y hablaba lento, meditativo. Su mirada se perdió, traspasaba su propio relato, traspasaba a Santiago, al colegio, a todo Lima, llegaba hasta el mar.

Su voz se tornó temblorosa, como que Martín se explicaba a sí mismo lo que su padre le había obligado a hacer la noche anterior, y su voz se debilitaba tratando de crear una narrativa de macho triunfante.

-La chola se hacía la que no quería, pero mi viejo me dio un grito.

“Tíratela, en mi casa no hay maricones”. 

Me subí encima de ella y mi viejo salió del cuarto.

Al rato, me subí los pantalones y al subir a la sala, mi padre me dijo:

“Vete a dormir, ya eres un hombre”.

Martín y Santiago bajaron la mirada hacia el suelo, los estudiantes ya habían ingresado a clases, estaban solos en la puerta del colegio.

-O sea que ya no eres virgen- fue lo único que atinó decir.

Una lágrima en la mejilla de Martín apareció como una botella mensajera de su alma de niño. Ambos, como hombres, como machos, se quedaron en silencio deseando no estar allí y trataron de cambiar el tema, pero los ojos de Martín le contaban todo:

Que hubiera preferido la nada, hubiera preferido ser maricón, tal vez hubiera preferido decepcionar a su viejo, preferido el rechazo de Mónica. hubiera preferido no conocer el olor de la francisca, hubiera preferido no ser un peruano de clase alta y educada en el Perú de los ochenta, hubiera preferido seguir siendo un niño.

Santiago no sabía que durante esos años, varios de sus compañeros del colegio le contarían la misma historia, desde casas diferentes, sus amigos tenían su primera experiencia con una mujer, siempre en secreto, nunca mencionaban las lágrimas de las muchachas, las cholas, las cuales caían en abundancia, formaban riachuelos, y rodaban luego en acequias para juntarse en ríos que llegaban al mar. En los últimos años del colegio, olas de lágrimas se acercaban a él y a sus compañeros de camisas blancas y almas de gaviotas que huían de la violencia. Nunca se hizo hombre, pero supo la razón por la cual Lima fue construida frente al mar.

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