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Por Daphna Kedar

Soy un producto multicultural, multilingüe, interregional.
Carreras  tuve una tras otra, tantas, hasta que el terreno del circuito de pista quedó desgastado, baldío, bajo las firmes patadas de mis zapatillas maratónicas.
Competía con y contra varones, mujeres, maestros, curas, monjas y rabinos,
contra las religiones monoteístas y los vivos colores de estampas doradas,
medio truncadas, de dioses paganos hindúes de cabeza elefantina y cuerpo humano.

Me plantaron mis padres en tierras fértiles de otros países, cual semilla desconocida,
con un nombre imposible de pronunciar en pagos latinos.

Me transmitieron individualidad, fortaleza y mente crítica, hasta  que me convertí en una sui generis, espécimen y muestra de singular formato.

De tanto cuidarme en no dispersarme, de no arraizar en culturas ajenas, respondo hoy a seudónimos mil: el de mi niñez, el de mi país, el de mi pueblo, el de mi cuna, el de mi amado, el de mis hijos guerreros, el de mi madre, que en paz descanse.

La filosofía de la existencia la conocía yo ya desde el vientre materno, la lógica occidental me abrazó con ganas, la intuición de mis antepasados no me dejó nunca.

A veces, en mis sueños vienen a visitarme los masters, seres superiores que juegan al ajedrez con nuestras almas, me revelan sus secretos y se los llevan consigo nada más abrir los ojos por la mañana.

Quizás sean esas las razones por mi gran aversión a los juegos de pelota varoniles, que el gran Leibowitz solía describir como “22 hooligans corriendo tras un balón”, juego local, tribal, que demanda la adherencia completa y casi eterna de los aficionados a su emblema multicolor, adornado a veces de murciélagos, leones, lobos, dragones, escudos y demás criaturas y objetos de culto. ¡No me gusta el fútbol!

Me casé con un genio autodidacta que desconoce la materia incluso más que yo, mis hijos varones tampoco son adeptos, aunque solían jugarlo para esgrimir sus dones innatos de liderazgo.

Perdonadme canchas y estadios ajenos, repletos de hinchas, gritos, colores, llantos y risas, producto de mutua afición… ¡quizás pueda conoceros algún día en una futura encarnación más simple y local!

Acerca del Autor

Daphna Kedar Kelman

Acertijo Existencial – No tengo acento ni lengua "materna", si en inglés me hablas te diré que soy “nativa”, si en español: “natal”, si en hebreo, me dicen francesa, y al parlar castellano, la “erre” del carro, se la llevó el burro. Soy la nueva judía errante, la palabra es mi espada y el pluralismo mi emblema. ¿Quién soy? Soy un producto multicultural, multilingüe, interregional. Carreras tuve una tras otra, tantas, hasta que el terreno del circuito de pista quedó desgastado, baldío, bajo las firmes patadas de mis zapatillas maratónicas. Competía con y contra varones, mujeres, maestros, curas, monjas y rabinos, contra las religiones monoteístas y los vivos colores de estampas doradas, medio truncadas, de dioses paganos de cabeza elefantina y cuerpo humano. Me plantaron mis padres en tierras fértiles de otros países, cual semilla desconocida, con un nombre imposible de pronunciar en pagos latinos. Me transmitieron individualidad, fortaleza y mente crítica, hasta que me convertí en una sui generis, espécimen y muestra de singular índole. De tanto cuidarme en no dispersarme, de no arraizar en culturas ajenas, respondo hoy a seudónimos mil: el de mi niñez, el de mi país, el de mi pueblo, el de mi cuna, el de mi amado, el de mis hijos guerreros, el de mi madre, que en paz descanse. La filosofía de la existencia la conocía yo ya desde el vientre materno, la lógica occidental me abrazó con ganas, la intuición de mis antepasados nunca me abandonó. A veces, en mis sueños vienen a visitarme los masters, seres superiores que juegan al ajedrez con nuestras almas, me revelan sus secretos y se los llevan consigo nada más abrir los ojos por la mañana.
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