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Por Nelson Gilboa

De niño no exteriorizaba mis inquietudes, por temor a dejar al descubierto mis carencias, estaba convencido de que eran graves. 

Me agobiaba no saber los números del colectivo al que hay que ascender para llegar al mercado, a la playa, o al circo.  Mama si, lo sabía todo de memoria. También mi abuela.

-No, ese autobús no nos sirve, no pasa por ahí. Cualquiera lo sabía, menos yo.

¿Qué medicamento tomaría para cada caso de enfermedad o herida? El botiquín estaba atestado de remedios, pero ¿cuál sería el adecuado? 

Y ese interrogante inocente que surgía de la boca de los familiares en fiestas y cumpleaños … «Que rico el chico… ¿qué vas hacer cuando seas grande”?

Con esta pregunta me veía más alto, casi como papá, pero con el mismo rostro de niño. Y teniéndome que hacer cargo de una familia. ¿Pero cómo los podría mantener?  Si no me agradaban ni siquiera las tareas escolares. Yo solo quería jugar, no me gusta la idea de trabajar, como mamá que siempre llegaba muy tarde a casa, cuando yo ya me había dormido. 

¿Cómo me las arreglaría en la vida?  Día a día, el número de dudas superaba a los conocimientos que acumulaba en el aula escolar. Preguntas a las que no les encontraba respuesta, me dejaban angustiado, sentía y con dolor de barriga.

Inquietudes que no se disipaban por si solas, al contrario, fueron sumándose nuevas: el día que descubrí la cama doble semi-vacía. El cajón de la mesita de luz sin uso, el que contenía el encendedor y los cigarrillos.  Si algo se deterioraba o descomponía en la casa… no había quien lo reparara.

No solo los cigarrillos faltaban…También los hombros fuertes, a los que trepaba para ver más lejos…

Mi inseguridad aumentó y con ella mi mutismo en el cual me encerraba.

No me arriesgaba a asesorarme con nadie. Ni a mi hermano mayor lo consultaba.

Yo no me veía preparado para afrontar la vida que me esperaba y pronto todos se darían cuenta de eso. Quedaría de inmediato en evidencia con mis taras. Inaceptables a los ojos de mi familia, si lo supieran perdería su cariño.  Atravesé mi edad escolar por un laberinto flanqueado de árboles gigantes. Se arqueaban hacia el camino sacudidos por el viento de mis preguntas, amenazándome cual signos de interrogación, para aterrorizarme. Y yo… debía de avanzar por el bosque solo y con la amenaza constante del lobo al acecho… Mis miedos.

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