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Por Nelson Gilboa

Este es un relato que escuché mateando con Azucena, una amiga que trabajaba

como consejera en asuntos matrimoniales.

Dolores, se sentía humillada y dolorida por el abandono de su esposo Felipe.

Humillada, porque la dejo por un nuevo amor, más joven y más bonita que ella.

Dolorida porque lo amaba como el primer día en que se conocieron, en aquel baile

de fin de año.

Dolores nació un martes trece de enero, cincuenta años atrás, y acarreaba un pasado de infancia difícil.  Fue criada por su tía, porque la madre pasó años en la cárcel por falsificación de documentos, intentando hacerse con una herencia que no le pertenecía, delito agravado por el intento de homicidio, por medio de una sobredosis de medicamentos, a la señora de edad que estaba a su cuidado…

Un acto infame, que arrastró también a su esposo por complicidad.

Este suceso, posiblemente impactó y moldeó el carácter de la niña, hecho agravado por la falta de abrazos maternales, como los que veía recibir a sus compañeros cuando acudía al colegio.

Podemos cargar esta carencia a su tía, poco sensible con la criatura, o es que también ella había heredado esos genes. En fin, no lo sabremos. Tampoco como Dolores se las ingenió para matar al caniche de la tía, porque recibía más caricias que ella.

Mas tarde, comenzó a arrebatar a los niños sus juguetes preferidos. En la escuela, coleccionó un sinfín de llamados al orden, por arruinarle el día algún compañerito de turno que no tenía éxito en clase, aduciendo que era tonto, hijo adoptado, o que lo habían abandonado al descubrir que padecía una tara mental.

La tía y la maestra adjudicaban su mala conducta al “destete prematuro”. No lo sabremos, decía Azucena. Tal vez heredó ese proceder en los genes, o solo los tomó prestados por un rato de su madre.

Pero retomemos el relato:

Después de veinte años felices de matrimonio, Dolores quería recuperar a Felipe, pero también deseaba infringirle un castigo por su escarnio conyugal. No tenía claro cómo, pero ya se le ocurriría algo.

Los meses transcurrieron y Dolores que aún conservaba su atractivo -aunque ahora empleaba más tiempo frente al espejo- logró hechizar a un chofer de taxi llamado Veloso, y empezaron a intimar. Hombre impulsivo, fogoso y más joven que ella, andaría cerca de los cuarenta y se había enamorado de Dolores, aunque para ella solo existía Felipe.

Tenía que arrancarlo de las garras de Griselda, recuperarlo como sea, de esa flaca infame de inflamados pechos, que obnubiló a su esposo.

Su nuevo “amor” Veloso, que no era muy sagaz, no tenía idea que sería un instrumento en sus manos. Aunque nunca vio a Felipe personalmente, a las pocas semanas de conocer a Dolores, ya lo etiquetaba como una persona abominable.

Como pueden imaginar, ella no ahorraba en «superlativos» para describirlo. Es así como también Veloso, paso a sentir aversión “justificada”, por aquel personaje anónimo, que abandona el hogar por un escuálido esqueleto de perfil adulterado.

Un día, en el lecho, ante los preámbulos del amor, Dolores, sabiendo que su novio manejó camiones antes de adquirir el taxi, le musitó melosa:

-Mi amor, tengo un plan, pero me tenés que ayudar.  Tenes que alquilar un camión pequeño y estar listo. Dolores continúo describiendo vagamente su propósito: Cuando llegue el momento, viajaremos juntos… no te preocupes, necesito recuperar algunas cosas que me pertenecen y que no me quiere devolver.

La súplica «inoportuna», cogió a Veloso desprevenido. Apremiado por dos semanas de incomprensible dilación, temía perder el control sobre su miembro rígido… y no le quedó otra alternativa que acceder a lo que le pedía Dolores.

Pocas mañanas después, Veloso se presentó manejando una furgoneta alquilada, según lo acordado. Viajaron hasta el apartamento donde vivía Felipe, esperaron hasta que lo vieron ascender al Fiat y solo entonces Dolores le comunicó:

-Hay un cambio de planes.

Veloso exigió una explicación, amenazando con no colaborar, a lo que Dolores contestó:

-Lo único que tenes que hacer es seguirlo, sin que se dé cuenta, quiero ver a donde va… Pero si no querés, manejo yo.

-Vos no tenés permiso para esta clase de vehículos.

No te preocupes, déjame el volante- se bajó presta y Veloso, azorado, se corrió del asiento del conductor.

Siguieron a Felipe hasta que tomó la avenida, donde está permitido circular a mayor velocidad.  Era el momento esperado para Dolores, que aceleró y rebasó al Fiat…

Felipe conducía feliz en su ruta diaria al trabajo, saboreando el café y escuchando la radio, cuando un vehículo de considerable tamaño se metió en su carril obstruyéndole la visión y por alguna razón desconocida, frenó bruscamente. No pudo evitar reventarse contra el paragolpes trasero.

Quedó tan aturdido y maltrecho con el encontronazo, que ni siquiera atinó a apuntar el número de matrícula del vehículo, que aceleró y se alejó del lugar del siniestro.

Veloso quedo pálido. Cuando reaccionó, comenzó a gritarle:

-¡Estás loca!  Tendría que haberme negado desde el principio, podíamos haberlo matado, me pueden cancelar la licencia.

Pero, Dolores no le ponía atención… miraba por el espejo hacia atrás, cuando estuvo satisfecha pisó el acelerador.

El saldo fue penoso, no solo para el Fiat.  Horas de fisioterapia en los cervicales para una lenta recuperación. Pero eso no fue todo. Como las desgracias no viene solas, después de un mes de convalecencia, Griselda su joven amor que venía cada vez menos a visitarlo, lo dejo por un nuevo galán, más saludable y fogoso que él…

Suele suceder, me comentaba Azucena.

Pero por suerte, no fue todo negro para Felipe. Su esposa que se había enterado por «casualidad» del accidente, se presentó en el sanatorio para cuidarlo. No se sabe si Dolores lo hacía por amor, o simplemente por sentimientos de culpa. Pero lo importante es que los conyugues, volvían a reunirse otra vez. “Veloso” se percató muy tarde que había sido desplazado. Armó un escándalo y juró vengarse. Pero ese es otro cuento… concluyó Azucena, mientras me alcanzaba otro mate y me engullía el pastel.

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