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Por Ricardo Lapin

Mi relación con Yotam fue desde siempre de atracción y simpatía mutua.  

Era primo de mi primera esposa y dos de mis hijos coincidían en edad con sus entonces dos únicos hijos. Vivía lejos, en un asentamiento comunitario y muy exclusivo de la Galilea, pero la misma complicidad entre él y yo existía entre los niños, por lo que viajábamos 2 fines de semana por mes a visitarle a él y su familia. Existía una distancia de quince años entre nuestras edades, pero me sentía afortunado de haber encontrado un “alma paralela”.  Yotam nació y se crió en un kibutz, fue un joven brillante, con tanta curiosidad como poco respeto a las instituciones educativas. Tenía una sonrisa cautivadora, era un curioso compulsivo que todo lo leía e investigaba, y lo probaba o comprobaba luego: era también una persona de traducir sueños e ideas a hechos concretos. Estar con él, charlar con él era confirmar que “el cielo es el límite”.  Su servicio militar fue como piloto de helicópteros y ya reservista en la unidad de élite de rescate aéreo 669. Aún en el kibutz se jactaba que no tenía registro de conducir, pero si para volar, y por ello manejaba autos con su registro de tractorista sin hacerse mala sangre. Abandonó el kibutz, se casó y levantó un start-up (empresa de alta tecnología) que daba soluciones a problemas de consorcios y empresas digitales. Mil veces me explicó, pero jamás entendí que hacía y con una carcajada, pasábamos a nuestras charlas comunes: arte, poesía, filosofía, historia, política. Nuestros hijos crecían disfrutando de los encuentros como yo, y cada cumpleaños era causa para excesos de alcohol, donde nuestras mujeres nos instaban a dar “un mejor ejemplo a los chicos”.  

Un día llegó la gran noticia: Yotam había vendido a una gran corporación japonesa su empresa de ocho empleados, con una ganancia de dos millones de dólares.  

Sin delirios de grandeza se fue a pasear y vivir con su familia durante tres años a Nueva Zelandia, años que fueron tristes para mis hijos, pero yo realmente estaba orgulloso de su merecido éxito: casi lo percibía como si fuera mío. Finalmente regresaron y se reanudaron nuestros encuentros. Las únicas novedades eran que empezó a interesarse por cosas espirituales: hizo cursos de “Tetha Healing” y comenzó a estudiar cábala. No me preocupé por estas tendencias, porque sabía que su esposa le exigiría siempre un gran nivel de vida, y siguió trabajando duro como asesor de diversas empresas. Nuestros encuentros continuaban y así llegó el maldito año 2008, el de la crisis financiera. Como millones en el planeta, creía haber invertido mi capital en algo sólido como es el sector inmobiliario, para descubrir que era una gran burbuja que explotó. En pocas horas, pasé de ser un honorable hombre de negocios a alguien endeudado. En unos meses tenía avisos que me cerraban los celulares y la electricidad por falta de pago. Recurrí a los amigos y familiares para recibir ayuda, lo que fuera: cada centavo contaba para cerrar deudas. Me encontré con Yotam en su oficina, que me escuchó y dijo: “Malas épocas, solamente puedo prestarte 200 euros”.  Me sorprendió, pero comenzó a darme un sermón sobre la responsabilidad del jefe de la familia, de esforzarse y saber ganar dinero.  Salí humillado, shockeado al descubrir esta faceta inimaginada de Yotam. Al mes habló con mi esposa, diciendo que necesitaban la devolución del dinero prestado, sin dudas exigencia de su mujer. Con esfuerzo lo juntamos, y se lo tiré en su escritorio. Me dijo “Entiendo tu enojo, pero no es culpa mía lo que te pasa. Espero que nuestra relación…”  No le dejé terminar.  

“Hasta los 21 años mis hijos no pisarán tu casa. Y disculpá que no te agradezca tu generosa ayuda”.  

Estaba enervado y así me pescó mi vecino Nisso, anciano de Salónika, que era medio consejero y psicólogo mío. Le conté todo y me respondió con un proverbio en ladino: “Donde hay munchas migas, hay munchas amigas”. Y se fue a su departamento.  Así es, amigos en las buenas hay muchos, pero los verdaderos están en las malas.  Borré a Yotam de mi celular, de las redes sociales, de mi vida. Todo es aprendizaje. 

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