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Por Daphna Kedar

Parecía ser que el agua era el elemento que le salvaba la vida a Edith.
En tiempos de epidemia, guerras y demás vicisitudes, solía llegar a las playas de Tel-Aviv.
ignorando las prohibiciones y alertas de ataques de misiles, se escapaba sigilosamente del hogar, casi arrastrándose en plena noche para llegar a la playa, quitarse la ropa a oscuras y allí, a solas, sumergirse con o sin rayos de luna.
Esa costumbre la adoptó también tras el ataque del siete de octubre, cuando, repleta hasta la saciedad de noticias y luto, venía a bañarse de madrugada tras noches de insomnio, se quitaba la ropa y se sumergía en el mikve de agua, fuente secreta de pureza, remedio ancestral de la fe judía.

En días de ocio, bajo el candente sol de Medio Oriente, Edith a veces llegaba al mar, y, por pudor hacia los niños playeros, no se quitaba el bañador, lo que no le impedía adentrarse lentamente en las aguas consoladoras, alejarse de la playa, nadar, meter y sacar la cabeza como si de un delfín o sirena se tratara. El agua del mar fundía sus lágrimas con el infinito de los océanos convirtiéndose en sal de su sal. Al igual que aquella mariposa cuántica, cuyo aleteo habría de provocar un huracán en la otra punta del mundo, también la sal lacrimosa habría de fundirse con el horizonte cósmico, que no la consideraría ni mujer, ni impura, ni postmenstrual, ni judía, ni madre, ni siquiera humana, sino simplemente un agregado de átomos que desean desconectarse de la consciencia, de aquellos pensamientos rumiantes que los budistas denominan mente de mono, perpetuum mobile.  En el mar la mente se suspende dando paso a los cinco sentidos, tacto, vista, oído, gusto y sabor, sabor de mar y de infinito. 

A veces, al lograr esa completa sintonía con el entorno marino, le parecía a Edith ser una sirena, una doncella de mar contagiada por la locura de Ofelia, que confundida por las señales falsas de amor de Hamlet y por el podrido reino de Dinamarca, acudió al remedio fluvial coronada de guirnaldas y recitando cantos de delirio 1.

Al igual que aquella trágica doncella literaria … ¿Acaso también Edith deseaba ahogarse en agua, salada o dulce, consciente o inconscientemente?  ¿Sumergirse en el abismo del mar … para siempre?

Aquella madrugada, su cópula con el mar fue interrumpida por las sirenas de alarma, cuyo resonar la atrajo a tierra firme para secarse, vestirse, y acudir a la cama de sus hijos dormidos.

Acerca del Autor

Daphna Kedar Kelman

Acertijo Existencial – No tengo acento ni lengua “materna”, si en inglés me hablas te diré que soy “nativa”, si en español: “natal”, si en hebreo, me dicen francesa, y al parlar castellano, la “erre” del carro, se la llevó el burro. Soy la nueva judía errante, la palabra es mi espada y el pluralismo mi emblema. ¿Quién soy?
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