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Por Ricardo Lapin

Llevábamos catorce años de pareja con Dalia, un período de vida nada corto.

Las grietas comenzaron cuando, terminados nuestros títulos académicos, nos lanzamos a la natural misión de hacer hijos. Llevábamos años conviviendo, cuatro de ellos ya casados. Nuestras parejas de amigos ya tenían casi todos un bebé- el primero- y cada monada o descubrimiento eran los temas de charla en los encuentros.

A Dalia esta situación le empezó a comer los nervios, hasta desaparecer de dichos encuentros. Meses de fijarnos las fechas fértiles, de relaciones sexuales cada vez más tensas y coercitivas. Y nada. Dalia decidió que había que consultar a un médico. Los exámenes hormonales estaban bien, pero según la Ciencia Médica si dos adultos sanos mantienen relaciones, tiene que haber un embarazo. Si no sucede, pues no somos tan sanos. Los médicos decidieron dar hormonas a Dalia, que no trajeron embarazo sino un enorme fibroma. Responsabilicé al médico y Dalia me atacó por discutirle –“¿qué entendés vos de medicina?”- y así las cosas fueron para peor.

Fue un pequeño infierno: Dalia tuvo un pequeño “affaire” en un congreso con un colega, y finalmente, tras dos abortos prematuros, llegó nuestro esperado embarazo. ¡Un bebé!

La niña nació por cesárea tras un embarazo de alto riesgo, creciendo a la par de varios fibromas. Pero Natalie, el sol de mis días, ya no podía remediar las cosas: las discusiones eran cotidianas, de lo más trivial a lo importante.

En esos años mis padres se vinieron abajo casi simultáneamente, dos sobrevivientes del Holocausto a los que mi hija iluminó por unos años. Luego sus recuerdos los llevaron a la demencia, a la internación… y ese fue el instante ruin en que Dalia me pidió el divorcio. Mi situación laboral era endeble, justo después de una discusión seria con mi jefe. Me sentí en un naufragio: todo caía y se hundía pero allí, llegó mi amigo Nir, que me invitó a trabajar en Intel Electrónica, y por mi experiencia en la enseñanza académica me ofrecieron dirigir el futuro departamento de “training” de una fábrica a punto de levantarse en Kiriat Gat.

Un sueldo de cinco dígitos, “relocation” de dos años en Arizona, con casa y auto incluidos, casi sin gastos pues se come en la fábrica durante turnos de doce horas.

Una enorme capacidad de ahorro, vida holgada, y al regresar ,hacer un contenedor con electrodomésticos nuevos y sin impuestos, una casa montada por centavos al cambio monetario. Mis padres ya estaban internados, y mi hija de 6 años me vería cada tres meses, en mis visitas. La vida empezaba a repuntar, pero en los meses anteriores a mi partida percibí que la responsabilidad y proyectos eran de un peso para tres personas. No podía dormir, pero aprendí a convivir con la tensión y los calmantes. Hasta que un día, mi día de encuentro con Natalie, mi hija pequeña me preguntó de pronto:

-“Papá… ¿por qué estás siempre triste?” Cuando me despedí de ella a la noche caminé como alma perdida, sin rumbo. Recordé a mis padres. Me dije ¿ése era el mensaje que transmitía a mi hija, ser infeliz por bienestar económico?

Ese día anuncié mi renuncia. Amigos, familiares y conocidos estaban en shock: “¿Cómo te vas a arreglar, Daniel?  ¡Una mina de oro no se tira a la basura! ¿Estás loco?  ¡Millones querrían una oportunidad así?

No tengo respuestas, no sé ni cómo pagaré la estipendia por mi hija dentro de un mes, pero esta hija tan esperada es mucho más que un orgullo y una alegría en cada día de mi vida: es casi la sombra de mi conciencia. Me observa y soy su ejemplo. Soy el modelo de hombre que buscará un día para ella, y no tengo derecho- ni quiero- arruinarle la vida.

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