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Por Patricia Winer

-Mamá… ¿cómo se le explica a alguien que no es judío, que ir al ejército de Israel no es “querer ir a que te maten”?

Por lo pálida que se puso mamá, ésta pregunta había sido peor que aquella:

“¿De dónde vienen los bebés?” que hacemos cuando somos pequeños.

No quiso responderme con levedad. Buscó la ayuda de los expertos preparados y acostumbrados a tratar estos temas con jóvenes de la diáspora. Me aportó datos, cifras, política, historia familiar y un cúmulo de emociones. Le era imposible ser neutral.

Todos los argumentos eran de peso -para nosotras y pocos más-.

¡Ni siquiera y con toda la lógica, podría entenderlo, por ejemplo, mi padre!

Mamá se acordó de la fotografía que le pedí que me tomara cuando apenas tenía seis años. No me dijo nada, pero era más que obvio por la lágrima que intentó disimular. Pasó tanto desde entonces… 

La mayoría me dice que estoy loca y capaz que un poco lo estoy.  La ignorancia también hace estragos, igual que muchos pensamientos. Estoy subida a una montaña rusa de dudas y no sé si está bien ajustado el cinturón de seguridad.

¿Qué hago si me siento con miedo, si no soy tan valiente como creo, si me muero de soledad?  ¿Si estando lejos de casa, al final pienso que no estaba todo tan mal? ¿Voy a aguantar sin las risas y los llantos de mis amigas? ¿Y si no me da el cuerpo? Parezco tan mayor, mamá;  sin embargo tiemblo como el primer día de adaptación en la guardería, solo que entonces, nos adaptábamos juntas.

Por otro lado, “Futuro y oportunidades”  que si no se toman se van… Esos trenes de los que tantas veces me hablaste. Los observé en la estación de tus ojos, aunque ellos  ríen igual;  los vi avanzar y retroceder en cada parada de tus silencios y frustraciones. Vagones grises, con toneladas de carga. Me hacían pensar que vale el esfuerzo subirse, arriesgar; que uno debe sentirse tan vivo… ¡También será  una opción -digo yo- que todo salga bien!

Me convenzo y me lleno de energía. Pregunto, averiguo, busco con la vista en mi habitación aquellos imprescindibles que no podrían dejar de acompañarme. Marco fechas en el calendario. Pienso en los días que quedan y en cómo los voy a aprovechar y disfrutar.

Los trámites son largos y tediosos, me deberían generar ansiedad. Miro mis pies (calzados con las sandalias tan cómodas de playa) y los imagino poderosos con un par de botas militares; aunque parecieran apretarme un poco…

Encuentro esa foto. Tenía 6 años y llevaba  en la cabeza la boina que había sido de mi zeide cuando  fue otro soldado voluntario. Siento ilusión ante la posibilidad de repetirla esta vez de verdad…

Mientras tanto cierro los ojos, apoyo mi cabeza en el regazo de papá y le dejo acariciarme  el pelo. Total, que seguro puedo esperarme unos cuantos días más…

Acerca del Autor

Patricia Winer

Patricia Winer (Buenos Aires, 1971) Poetisa de alma y escritora en ciernes. Diplomada como Contadora Pública Nacional, su balance arroja un cero en el stock de rencores, una columna de besos morosos y un haber de abrazos pendientes. Su piel sigue sudando rebeldía. Se instaló en la piel de una inmigrante. Es siempre pasajera en trance. Vive a orillas del Mediterráneo y naufraga entre las letras. Adora leer, bailar y los buenos vinos. Odia las despedidas y nada le molesta más que una noche perdida… Sabe que si no sueña no le queda nada y si se le acaba el mundo, lo volvería a escribir…
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