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Por Ricardo Lapin

Durante los meses más frescos del año, con viento helado y con fortuna lluvias, la rutina consigue relegarlo, hacerlo olvidar, enterrar su imagen y aroma en un arcón vetusto y oscuro. Pero cada verano las memorias afloran, y aunque me aturdo de trabajo y de ruido, de bares con amigas, compadres y alcohol, con corridas y trámites, llega indefectiblemente una noche, generalmente en un fin de semana, donde los amigos están ocupados, no hay jaranas ni reuniones ni bailes, y entonces me siento en mi balcón nocturno. Los recuerdos trepan como savia espesa, me aceleran un poco la respiración y el pulso, hasta el tercer vaso de ginebra con hielo (¡Cómo extraño el pisco!). La ciudad nocturna y sus luces entonces pierden foco, y siento las gotas de sudor correr por mi cuello empapando la camisa.

Como aquella noche de verano. Fue un verano duro, de pegar el asfalto a las suelas. Y fue el verano de la primera Intifada. Lo recuerdo bien porque eran las semanas de exámenes de fin de año (y del título) en el “Technión”.  Ese verano la cola para hablar con el teniente del batallón de reservistas fue enorme: parecía que todos tenían problemas ese año. Le expliqué, le rogué que me libere, pero no había caso: sólo cuestiones de salud impostergables o catástrofes médicas. Problemas de trabajo, estudios, viajes, eran irrelevantes: la rebelión en Gaza llenó de pánico a los políticos, a la sociedad y a los mandos del ejército. Solo me permitieron elegir mi salida a casa durante ese mes, cuando tenía fechas de exámenes: cuatro días afuera de un total de cuarenta. Lleno de bronca

en el buche, entendí que no tenía escapatoria. Y no es que quisiera escaparme: la unidad me adoptó de corazón y no tengo julepe. En ese grupo encontré mis socios y yuntas, mis grandes compadres.

Yo había llegado sin nada ni nadie, con una mano atrás y otra adelante. Perdí mis padres en Santiago en los primeros días del golpe de Pinochet. Por suerte Giovanni, encargado de cultura de la embajada italiana y gran amigo de mis padres, me agarró de las crenchas a la salida de la Prepa, me metió a empujones en su auto diplomático y así llegamos a la embajada esquivando patrullas y piquetes de milicos. En unos días me dijo que a mi padre lo mataron en el Estadio, y a mi madre se la llevaron de la Facultad donde enseñaba, no sin antes cortarle los pantalones y toquetearla con la excusa de buscar armas. Alguien de Amnesty le contó a Giova que tratando de proteger a una estudiante joven del manoseo de unos milicos guachos, la mataron a culatazos. Luego de un mes, Giova me dijo que la única opción para salir de Chile era vía la embajada israelí.

Hijo de padres judíos tenía donde escapar, aunque lo único que sabía de Israel era que existía. Y así llegué, me crié en un internado, hice el ejército, llegué a un kibutz.  Pero quien fue mi familia y mi refugio fueron mis compas, mis compadres reservistas. Y así me ví ese verano en el campamento de refugiados de Dir el-Balaj, el de Shati y en Jabalya.

Creo que, paradójicamente, mi bronca contra los asesinos de mis padres me la saqué contra sirios, libaneses o palestinos. Me daba a veces punzadas en la guata el haber escapado de milicos y ser luego yo un milico. O recibir pedradas e insultos.

Ese verano fue el peor. Por las noches nos unían a policías de frontera y gente del “Shabak” (Servicios de Inteligencia) y nos mandaban a buscar gente escapada o buscada. Nunca atrapábamos a nadie, pero se trataba de sacar a la familia en plena noche, o de intentar atrapar a alguien en visita nocturna por un chivatazo. Llegamos cuando oscureció, con tres camionetas a una casa. Era de noche y el aire quemaba aún las narices del día infernal. Era una típica casa precaria de 2 plantas con terreno, y luego de golpear la puerta encadenada de chapa y a gritos de ¡¡“Aftaj el bab!!” ( ¡Abran la puerta!) nos lanzamos adentro. Con linternas alumbrábamos el interior a la búsqueda de “Shibli”, alguien apodado el zorro. Seguí al teniente con tres “compas” al piso superior. En un cuarto mi linterna iluminó cabezas de guaguas durmiendo sobre un cartón. ¡Por mi madre que conté ocho en un metro cuadrado!  Me dije: “Pa’ vivir así yo sería terrorista también”. Pasamos varias piezas y llegamos a un pasillo que daba a dos cuartos: el teniente y el radio-operador entraron al de la izquierda y yo abrí de una patada la puerta entreabierta de la derecha.

Vi una mujer joven en medio de la pieza, asustada por el portazo. Mis ojos se acostumbraban a la oscuridad y reconocí una cama vetusta, la cortina flameando en la ventana abierta. Miré a la joven y vi que estaba vestida con un camisón casi transparente, e instintivamente se cubrió los pechos con los brazos. Miré la ventana y ella me clavó un par de ojos implorantes. El sudor me caía por el cuello, y a ella le cayeron un par de lágrimas de sus ojos oscuros. El teniente pegó un grito “¿Qué pasa allí Joaquín?”.

La piel o el cabello de la joven olían afrodisíacamente en la oscuridad del cuarto. Sus ojos llorosos estaban fijos en los míos. “¡Todo limpio mi teniente!”. El teniente dio la orden de abandonar la casa, y alcancé a ver un gesto de agradecimiento en su mirada. Miré su desnudez por última vez y salí del cuarto, mirándole a los ojos. Ya afuera, el tipo del “Shabak” maldecía a su informante: “¡Le voy a partir su madre, dándome pistas falsas!”.

No sé si dejé escapar al “buscado”, si ella era su novia y la saqué de su cama a solas o acompañada; o simplemente él no estaba. Pero sus ojos implorantes, el aroma de su cabellera y piel, sus pechos jóvenes, vienen hacia mí en noches de calor y no me abandonan. Mastico el hielo, una vez acabada la botella de ginebra y aun allí está ella, mirándome a los ojos. Solo desaparece… cuando despierto con el sol del nuevo día.

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4 thoughts on “Prisión y pasión

    1. Gracias Abel, lo cierto es que como todos mis cuentos tienen base real, con un porcentaje de ficción, para que no sea una crónica, sino un cuento o relato. Esto que cuento me pasó en el verano de 1988, antes de los exámenes finales en Betzalel, y es algo que no conté jamás ni a familia ni amigos. Una mezcla de cosas difíciles de digerir, de sentimientos encontrados: la degradación de la vida en esos lugares, de ser alguien que escapaba de los soldados pasar a serlo yo, y recibir insultos y pedradas, irrumpir en casuchas en medio de su sueño, su intimidad, ver el miedo en sus ojos, descubrir que uno tiene el poder de meter a alguien en un infierno si así te place…en fin, un gran asco. Alguien me dijo que era importante que gente con ética y conducta esté allí sino todo queda en manos de animales, pero el asco se te pega como humo de cigarrillo. Porque junto con esto, de estos lugares salen tíos a explotar ómnibuses, bares, a matar chicos o ancianos, etc.

  1. Me encanto el relato, deja entrever la problemática del soldado israelí. La cual tiene que enfrentar para proteger la vida de todos los ciudadanos ,,,muchas veces tomar decisiones que no están incluidas en las instrucciones
    Shapo

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