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Por Abel Katz

Ernesto, un amigo de la infancia ahora nonagenario, me invitó a pasar el verano en Ixtapa Zihuatanejo. Tiene la fortuna de vivir en un complejo habitacional junto a la playa, para personas ya retiradas.

Durante mi visita, pudimos dedicarle mucho tiempo a platicar.

Recordé cuando teníamos diez años y discutíamos durante horas si era mejor el comunismo o el capitalismo. Nuestras fuentes de información eran la enciclopedia Salvat, un atlas geográfico que era el tesoro de un tercer amigo, Gerardo y un ejemplar de “Mi Lucha” que también era de él.

Gerardo venía de una familia muy católica que odiaba el comunismo y admiraba a Franco y a Hitler.

Ernesto era procomunista. Admirador del Che Guevara y de Castro.

Y yo estaba en el centro y ambos me consideraban un hipócrita.

Pero la discusión no mermaba nuestra amistad.

Ochenta años después me sentía en ese mismo estado anímico: sin preocupaciones, sin tareas pendientes y junto a Ernesto, que transitaba una vejez apacible. Gerardo ya no estaba.

Nuestra rutina en la paradisíaca Ixtapa era muy placentera. Como su departamento no tiene cocina, desayunábamos en la palapa: jugos, frutas y huevos rancheros. A lo lejos, se escuchaba música que venía del conjunto habitacional vecino.

-Es del edificio de los zánganos- se quejó Ernesto.

Son jóvenes que no pagan un centavo y tienen cama, internet y comida, en un lugar paradisíaco con alberca y playa. Al salir de la escuela secundaria, toman un descanso, mientras piensan que hacer de sus vidas. Sin un plazo para definirlo, descansan, platican, ven películas o construyen mundos en Fortnite o en el metaverso. Muchos llevan diez años viviendo así.

Yo le cuestioné por qué los criticaba, si nosotros hacíamos lo mismo.

-Nosotros ya trabajamos para ganarnos la pensión- argumentó.

-¿Pero no es por lo que peleaste tantos años?  ¿Que la gente tuviera techo, comida, salud y educación gratuitos?- lo increpé.

-Cierto, como ideal sonaba bien, pero en la práctica no funciona. Es como tener una mascota a la que le das comida y albergue pero le quitas el instinto de supervivencia.

Después de desayunar, descansamos en los camastros junto a la alberca, nadamos un rato y subimos exhaustos a su departamento. Tomamos una larga siesta.

Ya cerca del atardecer le propuse a Ernesto ver la puesta del sol en la playa de los zánganos. El accedió.

Nos sentamos en unas reposeras en la arena a unos 15 metros del agua. Había unas muchachas jugando y escuchando música. El ser nonagenario te da la ventaja de no parecer un acosador, así que me presenté y les conté que venía de Haifa -una ciudad portuaria en Israel-

y que mi amigo vivía en el conjunto aledaño y pensaba que eran unos zánganos.

Una joven llamada Carolina nos preguntó qué nos molestaba de ellos.

Ernesto se quedó mudo.

Entonces ella explicó:

“A nuestra comunidad la llamamos Walden 3.

Nuestro objetivo es vivir con lo mínimo necesario, para poder dedicarnos a lo que queremos hacer.

Trabajamos un día a la semana en las labores de preparación de comida, mantenimiento y limpieza de la comunidad.

No hay líderes, ni comités. Seguimos reglas muy sencillas que ya estaban establecidas desde antes que llegáramos. Si no las cumples te vas:

-No hacerle daño físico a nadie.

-No ensuciar el entorno.

-Y no faltar más de 2 veces al año a trabajar.

La excepción es si estás enfermo. Como Technoblade, que no pudo trabajar por un año porque tuvo un cáncer.

Somos personas con los mismos problemas que la gente del “Mundo real”. El tener cubiertas las necesidades básicas no nos hace muy diferentes. Algunos nos drogamos, algunos somos promiscuos, nos enfermamos, tenemos depresión, algunos tuvimos infancias difíciles, amores difíciles, muchos no sabemos qué queremos hacer. Otros sabemos, pero no tenemos la disciplina para lograrlo. Y algunos como Technoblade, que lo consiguió, ven interrumpida su vida por una enfermedad. Él fue el mejor diseñador de juegos de Minecraft. Era un gran jugador y una inspiración para los que lo conocimos y para millones de personas que lo seguían.

Me queda el consuelo de poder seguir jugando en su meta mundo y oyendo su voz en el juego que él creó.

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