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Por Nelson Gilboa

Mutar le pirsum

Del hebreo: Que se permite dar a conocer o publicar

Meses de espera con la esperanza de que termine la guerra. La muerte asecha y se presenta uniformada a las puertas. Las noches se transforman en días, para los padres de los combatientes. 
Todas las mañanas me levanto ansioso por escuchar en el noticiero que los secuestrados por Hamas fueron liberados y vuelven a casa.
La esperanza se dilata y el pecho se comprime. Nuevos rostros se congelan a diario, sueños y promesas que no se cumplirán. Jóvenes que no conocí, pero igualmente estoy de duelo.
Comenzamos siete años de tristeza colectiva… ojalá que sean solo siete.
Ayer por la tarde viajaba con mi pareja a un concierto cuando nos sorprendió el sonido de las sirenas antiaéreas. Un ataque de misiles desde Gaza, directo al centro del país.
Ese aullido que amedrenta nos deja solo un minuto y medio para encontrar refugio. Si no los hay en tu entorno “Acuéstate en el suelo fuera del coche y protege tu cabeza con ambas manos”. Precauciones de supervivencia recomendadas por el ejército, pero nos encontrábamos en un atasco frente al cementerio y no había otro lugar ”mejor”para encomendar nuestras almas.
Todos nos apeamos de los automóviles y se pegaron a las paredes externas del cementerio. Unos pocos entraron buscando mejor protección entre las losas frías y húmedas. Se sentirían más seguros, pensé… ahí debe de terminar la jurisdicción de la parca.
En el fondo de un cielo oscuro se reflejaba la estela amarilla de los cohetes de defensa que ascendían, para interceptar la agresión. Subían raudos sobre nuestras cabezas. Miré hacia los costados, busqué en los rostros cercanos expresiones afines, de preocupación y miedo, escuché maldiciones.
Me enfoqué en una chica embarazada que estaba sola, su rostro reflejaba miedo por ella o por su gesta, me sentí solidario, ella comenzó a rezar.
Las explosiones no tardaron en llegar. El anti-misil Cúpula de Hierro neutralizaba el ataque sorpresivo a la ciudad, solo había que esperar otros diez minutos en un lugar seguro, por las partes que caen de los cohetes que fueron destruidos en el aire. Mirábamos al cielo y como estábamos al aire libre sin ninguna protección, volvimos al coche casi enseguida. Algunos me imitaron, creo que pensaron lo mismo.
Mejor el techo del coche que nada. Sí, desobedecía las recomendaciones, pero no sería la primera vez.
Después de varios minutos comenzamos a circular. Llegamos al concierto con retraso, pero no fuimos los únicos esa noche. Pasamos el mal trance.
La “Tocata y Fuga” se escuchaba por los pasillos del Museo.
Sebastián Bach se encargó de hacernos olvidar por un buen rato la realidad que vivimos.

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