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Por Daniel Golan

Me levanté temprano esta mañana con la intención de escribir sobre las «Máscaras»,  a propósito de la próxima fiesta de Purim (carnaval).

Me senté frente al escritorio y pensé que siendo así, me pondré la careta de escritor, así lo hice. Abrí el cajón de la izquierda, la busqué entre todas las máscaras, la encontré y me la puse.

Me enfrenté a la temible hoja en blanco, me quedé mirándola media hora sin que surgiera ninguna idea. La frustración comenzó a crecer en mí.

Decidí hacer un cambio y sustituí la de escritor por la de esposo, de pronto sentí la voz de mi mujer desde el dormitorio.

-Querido… ¿no te importa preparar el desayuno para los chicos?

-Claro que no- contesté sin remedio- ya me ocupo.

Así lo hice, fui hasta la cocina y les preparé panqueques con dulce de leche y corn flakes.

Cuando sentí el alboroto de sus voces acercándose, me apresuré a cambiar la de esposo por la de padre, justo a tiempo. Se sentaron a la mesa ruidosos como siempre y terminaron el desayuno en un abrir y cerrar de ojos.

Una vez que salieron de la casa rumbo a la escuela volví a mi escritorio.

Intenté nuevamente con la del escritor pero nada sucedió.

Decidí probar con la del hijo, implorándole a mi madre que viniera en mi ayuda, pues en vida fue escritora. La invoqué pero no acudió a mi llamado. Perdí la paciencia, me saqué la máscara y la tiré sobre el escritorio, ofuscado me levanté de la silla y me paré frente al espejo. Me alarmé al ver el reflejo de mi imagen, mi cara eran solo dos ojos llorosos dentro de un óvalo blanco como la hoja de papel. Entonces oí la voz de mi madre diciéndome: «Muy bien, ahora estás preparado para comenzar. Toma tu lapicera y cubre todo ese blanco con las palabras que saldrán de tu boca, describe los olores que percibas y atiende a las voces de tu imaginación y tu inspiración».

Me senté nuevamente en la silla, seguí paso a paso las indicaciones de mi madre.

Al terminar de escribir la última palabra, dejé la lapicera sobre el escritorio, entonces ella volvió a hablar. «Bravo, ahora ponte nuevamente frente al espejo».

Para mi sorpresa ahí estaba yo, completo. Se hizo un silencio profundo. Miré sobre la mesa y allí estaba, la lapicera con la que mi madre había escrito sus poemas, la tomé junto con una hoja en blanco y sintiéndola a mi lado, me puse a escribir, totalmente desenmascarado.

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