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Por Sergio Labbán

Como todos los viernes, al salir la primera estrella, Samuel finalizó su rezo agradeciendo a Dios la llegada del Shabbat (día de descanso semanal en la religión judía). Saludó a los oradores inclinando levemente su cabeza, besó la mano del rabino antes de salir del templo, guardó su libro sagrado en un estante, vistió su sobretodo gris, se sacó la kipá blanca (gorra ritual) tejida a mano, y salió a la calle con su boina italiana, comprada en la feria de Tristán Narvaja.

A pasos agitados se echó a andar por las veredas rotas y oscuras de su Montevideo natal hacia su casa en Pocitos, a unos diez minutos de caminata por la rambla.

Y así, sin poder entender con coherencia lo que sentía, esa noche de invierno lo encontró desolado, triste, partido en su interior.  Sus pensamientos giraban por la cabeza a un ritmo despiadado, sus tensas manos clavadas en los bolsillos no eran las mismas de hace unas horas atrás.  La angustia y el temor por enfrentarse a sí mismo derrumbaba su máscara como un castillo de arena destruido por las olas.

Lentamente se acercó a su hogar al final de la calle 21 de Setiembre, donde Matilde, su bella esposa desde hace unos meses, lo esperó elegante vestida de blanco, pollera plisada hasta las rodillas marcando sus hermosas caderas, una blusa de seda comprada en Buenos Aires embelleciendo su cuerpo y unos zapatos de charol que solamente usaba los viernes de noche al recibir a su marido cuando regresaba del rezo…

Como todos los viernes, Samuel la besó en la mejilla al entrar y Matilde lo ayudó a sacarse el abrigo.

La mesa de Shabbat lucía impecable, cubierta con un mantel beige bordado a mano durante las tardes de invierno, donde solo el sonido del río rompía el silencio que golpeaba la rambla. Dos velas encendidas en el centro de la mesa iluminaban un buen cabernet Saviñón para bendecir. Aroma a carne asada llegaba desde la pequeña cocina y el jala (pan trenzado) recién salido del horno aguardaba ser cortado por las manos blancas y cálidas del dueño de casa tras el «ha motzi lejem min ha haretz» (bendición del pan).

Se lavó las palmas mientras rezaba el «Netilat Yadaim» (lavado de manos), se sentaron a la mesa y antes de alabar por todo lo bueno que Dios y su esposa le ofrecían, tomó su mano derecha, la apoyó en su pecho compartiendo sus fuertes latidos y con la otra acarició su larga cabellera rubia que llegaba hasta la cintura. Así, sin mencionar palabra alguna, los verdes ojos de Matilde se entrelazaron con la mirada azul y triste de Samuel en un largo silencio donde solo el tic tac del reloj cucú, colgado en la pared celeste del salón, marcaba el ritmo exacto de ese pequeño momento.

Matilde, Contadora, hija mayor de un conocido empresario uruguayo ortodoxo, recorría con su mirada la hermosa cabellera lacia y castaña de Samuel peinada «a la gomina», su camisa blanca de seda y la corbata azul que le había regalado para su cumpleaños. Nada indicaba que la verdad se escondía detrás de un antifaz invisible.

Su cuerpo y su alma sintieron que esa noche sería diferente, que el mandamiento de Dios llamando a engendrar y traer niños al mundo, especialmente en la noche del Shabbat, crearía por fin el ansiado fruto que tanto anhelaba, pues los meses pasaban y su vientre seguía vacío, sin rumbo.

Samuel la siguió observando con ternura, pero no con verdadero amor. Las pequeñas pecas de Matilde eran como estrellas nocturnas que lo alumbraban todo y el bello lunar sobre su mejilla derecha no lograron disuadir sus propios pensamientos y su desconsuelo interno.

¿Como es posible que Matilde conociéndolo desde que eran niños no descubrió lo que realmente estaba viviendo? Hasta cuando seguir fingiendo, castigarse a sí mismo, ahogar las monedas falsas en un cofre de mentiras, reprimiendo el grito interno para evitar derrumbar el castillo de arena que por error habían construido juntos?

Samuel no entendía como su pareja no supo descubrirlo todo sin que él tenga que decirle nada.

Al parecer, solo Dios posee la cualidad de intuir sin preguntar.

No era justo crear vida y empeorar más la caótica situación en donde el alma y el corazón de Samuel se encontraban lejos de Pocitos desde hace tanto tiempo.

Ambos crecieron en el barrio de Carrasco y estudiaron en la misma Universidad de la ciudad. La comunidad dió por sentado que serían el uno para el otro. Inclusive el tradicional Shiduj (matrimonio organizado por los padres) fue natural y casi innecesario. Para ambas familias, lo más cautivante, era el poder festejar la noticia del primer embarazo que tardaba en llegar.

Samuel y su sombra se desgarraron a solas. Durante años luchó consigo mismo como esclavo golpeado a latigazos en la espalda, apático al dolor para no revelarse. Ya no quedaba carne para albergar tantas heridas.

Ese viernes no sería como todos. Había decidido confesarse ante ella.

Samuel era consciente que la iba a herir profundamente, que las palabras que le diría a Matilde serian como un puñal clavado en su corazón, mas nada podía evitar ese momento.

Supo que debía elegir entre traicionar las ilusiones de Matilde y de ambas familias o apagar a la fuerza su fuego interno, seguir viviendo en la mentira y continuar jugando el juego de la pareja perfecta…

Su verdadero amor, el que provocó finalmente la erupción de su volcán interior, vivía al otro lado de la ciudad y se llamaba Natalio, un comerciante católico, apuesto, de unos 45 años que conoció en el Buque Bus en uno de sus viajes de negocios a la Argentina. Junto a él sintió que tocaba el paraíso con las manos y que el placer que desbordaban ambos cuando se encontraban en secreto una vez por semana, era como la sensación de estar volando tomados de la mano entre las nubes, por encima de los cerros, sin que nadie los viera, juzgue o persiga.

Así fue como descubrió que su entorno era una gran farsa, que solo deseaba estar con Natalio el resto de sus días, sin importarle su religión o condición.

Tomó coraje y decidió contarle todo. Bajó sus ojos hacia las manos entrelazadas de ambos sobre el mantel, apagó las velas de shabbat con un leve soplido para que Dios no los espíe. 

Matilde sintió que algo imprevisto iba a suceder. Cerró sus ojos para no observar lo que esos labios estaban por decir. Sabía que las palabras echadas al viento nunca más podrían volver a ser solo pensamientos…

Samuel la miró nuevamente, abrió su boca, meneó su cabeza, y balbuceó: – Matilde…

-¿Qué mi amor?-  susurró ella.

Y no pudo seguir. Enmudeció repentinamente como si estuviese muerto bajo tierra donde los silencios resultan eternos…

-¿Qué pasa mi vida?-  volvió a preguntar sin entender su silencio.

-Es solo un fuerte dolor de cabeza, ya se me va a pasar, tuve una mañana difícil en la empresa- mintió Samuel.

A Matilde le bastó su respuesta y no quiso preguntar nada más. Ambos dejaron que la tradición sabática siguiera amenizando la velada.

Y como todos los viernes, bendijeron el vino y compartieron el pan… Y aquella noche en el lecho, la complació a oscuras, dispersando su maldita semilla, al tiempo que su alma ensangrentada no evitaba que el cuerpo desnudo de Natalio se encontrase junto ellos, triangulando debajo de las sábanas.

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