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Por Andrea Bauab

Gisela llegó a la oficina feliz y desplegó ante los ojos de sus compañeros de trabajo un mapa del mundo.  Antes de decir buen día y de empezar a contar lo que se traía entre manos, señaló unas islitas diminutas al Este de esto y al Oeste de aquello y pronunció la palabra como si fuera un conjuro: “Seychelles»Tardó dos instantes en disipar la curiosidad que implantó en los seis pares de ojos de las otras secretarias y el cadete de la empresa: 

-El tío de mi novio ¡el tío Bernardo!  Uno que no vemos casi nunca… vive en Miami. Nos va a regalar ¡una semana de luna de miel en las Islas Seychelles!

Aplausos y vítores para el tío Bernardo. Las islas Seychelles eran un destino casi inalcanzable, impensable para ese grupo de empleados de clase media argentinos, que apenas pasaban el cuarto de siglo y arañaban un sueldo que les permitía estudiar o alquilar sus primeros nidos fuera del útero parental.

Faltaban tres meses. A Gisela la esperaban noventa días llenos de emociones antes del casamiento y del viaje con su Fabián de toda la vida, su mejor amigo en el secundario, su primer beso, su primer sexo, su compañero de un camino sin sobresaltos. Casi con naturalidad «los chicos» habían decidido casarse. Ambas familias recibieron la noticia sin asombro y se abocaron con alegría a la construcción de un futuro sólido para los novios. Los padres de Fabián se harían cargo de la fiesta para unos trescientos invitados y los de la novia, les regalaron un departamentito de dos ambientes que tenían como inversión. 

Así quedó asentado el primer ladrillo del equipo Gisela y Fabián, una parejita adecuada por donde se la mire, esperable, predecible y buena gente. Sólo faltaban tres meses. Para afrontar tanta felicidad, para estar en forma en la boda y en esas islas cinematográficas, Gisela decidió que necesitaba una dieta y un gimnasio. Aprobación general: esa fue la conclusión unánime esa mañana de oficina.

Así establecidas las prioridades, Gisela renunció a la medialuna de ese día y al terminar de trabajar, dobló la esquina, cruzó la calle, caminó ciento cuarenta y dos metros y observó con sentimientos ambivalentes -casi como si fuera el infierno, pero también como si fuera el paraíso- el cartel que rezaba «Gimnasio CARIBE».

En la recepción no había nadie. Atravesó dos pasillos y se encontró en medio de un salón inmenso con modernísimos aparatos ocupados la mayoría con gente concentrada en sus rutinas. Una voz a sus espaldas le dio la bienvenida diciendo que se llamaba William. Cuando se dió vuelta para enfrentarse a su interlocutor lo miró de abajo hacia arriba, sopesando su altura y proporciones perfectas y aterrizando en un par de ojos y sonrisa atrevidos. Contra su voluntad, sus piernas temblaron, sintió que sus mejillas se ruborizaban y bajó la vista. Él estudió la contextura física de Gisela y describió su cuerpo como conociendo perfectamente donde estaban esos molestos rollitos de más. La joven se sintió ancestralmente avergonzada… como desnuda, sin el amparo de una hoja de higuera para cubrirse. Se cambió en el vestuario y comenzó con la rutina de aparatos que él le indicó, bajo su supervisión. Una hora después le dolía todo el cuerpo y antes de irse, William sugirió que necesitaba un pequeño masaje llamado «shiatsu», que la dejaría como nueva.

-Esperame un momento- indicó. Ella obedecía como un autómata, luchando internamente contra las advertencias que el criterio y la razón hacían resonar como un zumbido en sus oídos: «en el gimnasio no queda casi nadie Gisela, no vas a exponerte a que ese Adonis comience a masajearte…» 

Una hora después ya no le dolía ni un centímetro del cuerpo. Le dolía el alma.

A tres meses de su boda, de la mano de ese entrenador sin escrúpulos, Gisela comenzó a vivir una experiencia sexual hasta el momento desconocida. Lo que empezó siendo «una cana al aire antes de sentar cabeza» o «un caramelito que despide la soltería» terminó convirtiéndose en una duda que le devoró la tranquilidad, una necesidad física que le robó la sonrisa. 

Un mes antes de la fecha señalada, el entrenador encendió un cigarrillo después de hacer el amor y pronunció unas pocas palabras, que sonaron como una sentencia:

-No te cases. Nunca estaré con una mujer casada.

-Y… ¿nosotros? – Gisela balbuceó-.

-¿Nosotros? ¿Quién puede saberlo hoy? Tal vez terminemos casándonos, tal vez nos separemos en un mes… Estamos viviendo algo increíble, sería casi un pecado interrumpirlo. 

Pero… apenas nos conocemos, Gisi –concluyó William con lógica lapidaria.

Gisela consideró la idea de suspender la boda pero al instante, imaginó una desilusión colectiva tan grande, que espantó esa posibilidad de su intelecto y su corazón. 

Sus hermanos menores adoraban a Fabián, su futura suegra la quería como a la hija que perdió en un accidente hacía dos años… ¿podría asestarle un nuevo golpe a la maravillosa familia 

de su novio?

No tuvo coraje para desatar una catástrofe de tal magnitud, ni tuvo fuerzas para frenar el deseo loco que la unía a su entrenador. Se encomendó al destino, especulando patéticamente que «el azar resolvería las cosas». 

Pero todo continuó con ritmo vertiginoso e idéntico: los preparativos y la expectativa familiar por un lado, la pasión y entendimiento crecientes con William, por otro.  

El mes pasó volando. Nadie murió, ninguna guerra se desató, no hubo un golpe militar, ni un tsunami, ni persecuciones raciales, ni una pandemia ni catástrofe alguna repentina que justificara 

un cambio en el curso de esa unión.   

Gisela aparentaba ser lo que exactamente era: una novia triste e inquieta, que ocultaba su cambio de ánimo y actitud con la excusa de «los nervios del momento”. 

El día de la boda llegó con puntualidad implacable. Gisela se escuchó diciendo «si quiero» y jurando amor de por vida al mismo Fabián de siempre, que en el altar se le antojó como un verdugo.

Todo el encanto de las Islas Seychelles no alcanzó para acallar la mentira de esa unión desapasionada y Gisela volvió de la luna de miel con un solo pensamiento y un solo deseo en su corazón: volver a ver a William.

Subió por la escalera los tres pisos que la separaban del departamento de él, sin paciencia de esperar el ascensor. Golpeó con sus nudillos agitados que expresaban mejor que un timbre el sentimiento de urgencia que sentía su cuerpo. El entrenador abrió la puerta y Gisela aguardo su reacción con ansiedad. William la miraba con frialdad, como a una extraña. Ella se abrazó a su torso firme y deseable, balbuceando cuánto se había equivocado, incapaz de mirarlo a los ojos, buscando alguna reacción física en él. Al cabo de unos instantes, sintió por fin que sus manos fuertes se apoyaban en los hombros de ella. Por un segundo, pensó que la acercaría aún más hacia sí, para fundirse en un abrazo mutuo y completo. Pero el movimiento contundente, cortante: un empujón de cuajo, que la separó de él casi violentamente, dejándola de vuelta en el umbral.

-Nunca estaré con una mujer casada- confirmó William-. Y cerró la puerta. 

Se quedó llorando en las escaleras del edificio hasta que se le agotaron las lágrimas y se le deformó el rostro. ¿Por qué William apareció en su vida en tan pésimo momento? se preguntó una 

y otra vez golpeándose las rodillas con los puños-. 

Se maldijo por haber ido a un gimnasio. 

Extrañó con locura los tres o cuatro kilitos de más que tenía y el amor tranquilo que alguna vez la unió a Fabián. 

Deseó no haber conocido otros infiernos tan adorables. 

Y al final, con muchísimo cansancio, retornó al hogar que recién había construido y que ya nunca se convertiría en un nido de amor.

Mas historias de Andrea Bauab, en su novela “La última historia de amor” 

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