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Por Ricardo Lapin

Muchas cosas inolvidables nos pasaron en esos meses interminables y terribles en el puesto fortificado de «Reijan» (tan floral: en hebreo significa albahaca). También estuvimos cuatro meses en el fortín «Zapallo» el año pasado, pero “Reijan” ganó el sobrenombre popular de «el Fortín de la Muerte». Cada maldito año en el sur del Líbano, tenía su cosecha de emboscadas y contraemboscadas, patrullas buscando cargas explosivas a los costados del camino, o alguna mina en mañanas de neblina o lluvia, u otras delicias. Hubo combates y ataques sorpresa. Pasamos por la desesperación, la apatía, el duelo, y finalmente éramos un grupo de sobrevivientes veteranos. Contábamos cada nuevo día que estábamos de un solo pedazo, que nos acercaba con gotero a la fecha inexorable de nuestra liberación del servicio militar. Nisso y yo éramos los próximos: 2 meses, o 61 días, o nueve semanas. El resto, entre dos meses y medio y tres. Cada noche, cada guardia, cada salida a casa se contaba. Algunos decidían que era preferible el riesgo de quedarse en Reijan bajo una imprevista lluvia de morterazos, que salir a casa en los camiones «Safari», que eran atacados periódicamente por coches-bomba, o explosivos escondidos o enterrados en el costado de la ruta, llamados «Fugas».

Desde la «Tragedia de los Helicópteros» se cortaron esas salidas rápidas y -hasta entonces- seguras. Pero un día bendito, los políticos decidieron que había que retirarse (¿por qué no lo pensaron antes?) y así se retiraron paso a paso los radares, el equipo electrónico, y la última semana todo, hasta las municiones.

Como miembros de la unidad de explosivos en la brigada de paracaidistas, se nos designó aquí durante 7 meses (en lugar de las rondas de 4 meses) para que, llegada la hora, hagamos volar este Fortín que fue refugio, trauma y mortaja de tantos soldados. Trabajamos la última semana colocando explosivos en toda la masiva construcción de cemento, las trincheras y los túneles. Se retiraron todos menos 12 soldados, los artificieros y zapadores de más experiencia: los más veteranos. Y haciendo de tripas corazón porque no podíamos dejar solo a nuestro comandante, el teniente Ofer.

Así, llego la última reunión en la sala de instrucciones operativas, ya sin mapas, ni fotos aéreas, ni códigos cifrados de radio: solo 3 terribles cargas de explosivos sintéticos y una ronda de sillas. Cuatro compañeros estaban de guardia, y Ofer nos miró a los ojos a los 8 restantes. Abrió su mapa y nos dijo:

«Bueno gente, ha llegado el día y la hora. El día D y la hora H, para el cual trabajamos estos 3 últimos meses, practicamos una y otra vez, revisamos los cables, las conexiones, los fulminantes. Y aquí estamos, celebrando nuestra última reunión nocturna de instrucciones y órdenes, porque a las 3 horas cero-cero de la madrugada, este Fortín Reijan dejará de existir. Estamos todos exhaustos, pero les pido que se pongan las pilas y estén más alertas que nunca: somos pocos y no nos podemos permitir un error. Estamos en un polvorín a punto de estallar… ¿alguna pregunta?”.

Nisso levantó la mano. “¿Qué pasa si se nos viene un ataque masivo ahora? Hizbollah no se perdió que camiones estuvieron vaciando Reijan estos días”.

Mostrando el mapa, Ofer le contestó: “Terminada la reunión cada cual va con todo el equipo a su trinchera, son cuatro posiciones por costado: azul, blanco, amarillo y verde. Yo haré una última revisión adentro y esperaremos la “hora H”. H menos quince minutos: subimos al camión y al jeep, y salimos a la colina vecina 1153. Desde allí como punto de observación hacemos la explosión a la Hora H, recibimos orden del Comando de salir hacia la frontera, a casa. Sin problemas, en H + dos horas estamos cruzando la frontera. Cualquier percance aquí o en camino, tenemos cinco aparatos de radio para avisar y recibir apoyo inmediato de las baterías en la frontera y de los “Apache” en espera en la base Majanaim.

Tzuberi sonrió con amargura y soltó: “Yo los estoy esperando desde la emboscada en el wadi al lado de Suchud…”

Ofer lo miró con ojos de lanzallamas y agregó cortante: “Les recuerdo que están aquí porque son suboficiales y sargentos, con experiencia para cumplir con éxito esta misión. Así que… sargento primero Tzuberi, a sacarse los estados de ánimo y empezar desde ahora a actuar como soldados. No es una invitación, es una orden».  Tzuberi se irguió en su silla y dijo “Sí mi teniente”.

Ofer cruzó miradas con todos nosotros inquiriendo si todo estaba claro. Luego dobló y guardó su mapa y nos dijo más calmo:

“Caballeros, es un derecho estar aquí con ustedes. Y ahora ¡a sus puestos!”.

Salimos corriendo al aire fresco de abril, y la noche nos cobijaba. Bajo las estrellas del Líbano esperamos en la negrura de las trincheras con tensión felina. Cada arbusto y cada roca en las sombras generaba taquicardia. Mirar cada tanto el reloj, como si el tiempo se hubiera detenido. Solo la brisa, la negrura del paisaje tras los alambrados, la certeza de estar con un puñado de hermanos de circunstancias. Si ya estar en ese maldito lugar y respirando peligro y miedo, pues estar con ellos, sin dudas lo mejor posible para la peor situación. Se abrió el portón y subimos velozmente a los vehículos, hacia la colina 1153. Ofer recibió el permiso y activó el detonador. La explosión fue colosal, pero no había tiempo para espectáculos y salimos como locos hacia la frontera.

El camión era un erizo de armas, y en el traqueteo, el conocido miedo dejó lugar a la alegría, casi diría la felicidad: nos íbamos para siempre del maldito país de los cedros… ¡¡Inshallah!!

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One thought on “La última reunión de instrucciones

  1. Este relato está dedicado a la memoria del capitán Yoav HarShoshanim (z»l), joven oficial del escuadrón de explosivos del Comando de Paracaidistas, caído en combate en 1994, en una emboscada entre los fortines Suchud y Reijan, Líbano.

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