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Por Roberto Mitelpunkt

Martes a las cinco.  

Él prepara el mate como hace cada semana, esperando su visita. Ella trae los bizcochitos de grasa que antes hacía en su casa, pero desde que se mudó los compra en la panadería de la esquina. Llega puntual, pero no tiene como subir los cinco pisos. Justo hoy se descompuso el ascensor. Él baja despacio y con cuidado por las escaleras. No hay forma, ella no puede subir. Además, habría que cargar el scooter eléctrico. 

El entonces, llama al portero. 

-Juan, soy Ulises, estoy en el lobby y no hay ascensor, podés venir. 

Juan, rostro oscuro, ojos y pelo negrísimos, un metro ochenta y cinco, ciento cinco kilos. Ex boxeador de peso pesado. Musculoso. Corre y hace pesas cuando no limpia. Se entrena en el gimnasio del edificio fuera de los horarios en que lo usan los propietarios.  

-Buenas tardes señora, hola don Ulises. Miren, dejamos el carrito en la portería y yo, con su permiso señora, la subo en brazos hasta el quinto. Usted está en estado – dice dirigiéndose al viejo – vaya delante nuestro y subimos uno atrás del otro. 

Todos ríen, Penélope feliz. Le encanta sentir esos brazos musculosos abrazando su espalda y sus muslos. Cuando se lo cuente a las chicas de la Residencia se van a morir de envidia 

 -Chicas, la sensualidad sigue viva, aunque tengas más de ochenta años – piensa.  

-Que loca que sos – imagina sus respuestas. 

-Sobreviviste – dice Penélope cuando ya en el departamento se sientan a la mesa de la cocina, y le acaricia la melena blanca y suave. 

-Ya te dije que este amor me va a matar – contesta Ulises, y se estira hacia la mesa para cebar el mate. 

–¿Te calentaste con el negro llevándote en brazos? – sonríe socarrón – por ahí él también. 

-Si, un poquito – le sigue el juego – pero me imagino que si ese muchacho se me pusiera encima me aplasta. 

-Bueno, le podrías pedir que sea delicado – le alcanza el mate. 

-Y vos te pensás que con un macho así querría que fuera delicado? Para tierno y suave te tengo a vos. 

Se miran con cariño. Esa mirada resume todo lo que han pasado juntos. Han compartido tristezas y soledades. Han evocado recuerdos de aquel amor adolescente que se renovaba cada verano en el balneario donde confluían porteños y yoruguas. Se han relatado sus vidas, sus alegrías y pesares. Se acompañan. Son amigos. 

Podrían volver a reprocharse las partidas, los abandonos, la falta de coraje o la falta de entrega y  sacrificio. Los desencuentros y las escapadas ilícitas que terminaban quebrándoles el corazón y llenándolos de remordimientos y culpa. 

Pero ya no lo hacen, porque el mate y los bizcochitos de cada martes son la redención, el perdón por los largos años que se hicieron esperar.

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