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Por Daphna Kedar

Soy la judía errante.
Todas son mías y, aún, ninguna, mi amor es efímero, rodante, redundante.
Torno hoy hacia la ciudad oriental, rastreo sus mercados, ansío las voces altas y crispadas de sus fuertes varones, a los que todavía no llegó el mensaje posmoderno del transgénero.
Ahora, hacia la ciudad centro-europea de mis ancestros, donde las raíces de la cultura de Ashkenaz aún podrían percibirse, enterradas bajo el polvo de los abismos del terror.  Ciudades de cultura y avenidas elegantes, susurrantes y orgullosas, desdeñosas, a las que hay que cortejar como`damas que son, que una vez abren sus brazos, derrochan secretos y bellezas sinfín.
Ahora, hacia las ciudades de aquél mar enclaustrado, inter-terráneo, de paredes pálidas de calbañadas por las olas del mar común que une a Sefarad con Yerushalaim, Jerusalén, ciudad santa, sede dorada, centro de plegarias mil, a la que dicen Ombligo del Mundo, lugar de rogativas y dolor, Elena jerosolimitana de cobre muralla.
Soy amante caprichoso, caballero andante, mujeriego sinvergüenza, todas son mías, y a la par… ninguna.

Acerca del Autor

Daphna Kedar Kelman

Acertijo Existencial – No tengo acento ni lengua "materna", si en inglés me hablas te diré que soy “nativa”, si en español: “natal”, si en hebreo, me dicen francesa, y al parlar castellano, la “erre” del carro, se la llevó el burro. Soy la nueva judía errante, la palabra es mi espada y el pluralismo mi emblema. ¿Quién soy? Soy un producto multicultural, multilingüe, interregional. Carreras tuve una tras otra, tantas, hasta que el terreno del circuito de pista quedó desgastado, baldío, bajo las firmes patadas de mis zapatillas maratónicas. Competía con y contra varones, mujeres, maestros, curas, monjas y rabinos, contra las religiones monoteístas y los vivos colores de estampas doradas, medio truncadas, de dioses paganos de cabeza elefantina y cuerpo humano. Me plantaron mis padres en tierras fértiles de otros países, cual semilla desconocida, con un nombre imposible de pronunciar en pagos latinos. Me transmitieron individualidad, fortaleza y mente crítica, hasta que me convertí en una sui generis, espécimen y muestra de singular índole. De tanto cuidarme en no dispersarme, de no arraizar en culturas ajenas, respondo hoy a seudónimos mil: el de mi niñez, el de mi país, el de mi pueblo, el de mi cuna, el de mi amado, el de mis hijos guerreros, el de mi madre, que en paz descanse. La filosofía de la existencia la conocía yo ya desde el vientre materno, la lógica occidental me abrazó con ganas, la intuición de mis antepasados nunca me abandonó. A veces, en mis sueños vienen a visitarme los masters, seres superiores que juegan al ajedrez con nuestras almas, me revelan sus secretos y se los llevan consigo nada más abrir los ojos por la mañana.
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