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Por Abel Katz

Jakob se dio cuenta desde chico que Dios no existía. Fue criado en una casa judía religiosa en Jerusalén, donde había muchas carencias. Comenzó a trabajar como mesero y en un supermercado y saboreó el placer de ganar dinero.

Si trabajaba duro e inteligentemente, lograría su objetivo de ser millonario.

Comenzó a trabajar en Forex y a los 24 años ya tenía buenos ingresos y una buena cuenta. Vivía con su pareja. Había triunfado.

Cuando le decían que “gracias a Dios” le iba bien, Jakob contestaba que no era “gracias a Dios”, sino a su esfuerzo, desafiando a la divinidad. Aunque no lo racionalizaba, ahora él adoraba a otro Dios: el dinero.

Invirtió todos sus ahorros en bitcoins y los duplicó. Podría haber comprado un departamento con sus ahorros, pero ¿para qué?  Si podía obtener más ganancias al invertirlo…

El 1ero de enero de 2022 salió la noticia que un estudiante del MIT descubrió el algoritmo para desencriptar los bitcoins. Había hackeado un millón de bitcoins e hizo público el algoritmo para que cualquiera lo pudiera desencriptar.

El bitcoin solo basaba su valor en la confianza, por lo que -en pocas horas- ya no valía nada.

Al verse sin un centavo, su pareja lo dejo por esa obsesión con el trabajo y el dinero que no le ofrecía ninguna seguridad.

Aceptando el descalabro por no haber diversificado sus inversiones, estaba convencido que con esfuerzo recuperaría su dinero en unos años.

Pero por las nuevas regulaciones del país se cerraron los trabajos en Forex. Desapareció su encanto para convencer a la gente y no obtenía buenos resultados ni ingresos en ventas, por lo cual, no lograba conservar el empleo.

Después de varios intentos fallidos en ventas, comenzó a trabajar en una fábrica.

Como si el diablo y Dios experimentaran de qué forma reaccionaría este nuevo Jakob, le detectaron una extraña enfermedad en la piel. En su cama, con una comezón inaguantable, maldecía al Dios que no existía. Esta vez Dios se jactaba del diablo.

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