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Por Abel Katz

Cuando llegué a Israel tuve la suerte de trabajar un tiempo como programador, hasta que quebró la empresa.

Después, mi suerte y mi autoconfianza cambiaron y no pude encontrar trabajo en esa área. Por eso, cuando mi cuenta  bancaria ya estaba en rojo, me cayó el balde de agua fría que es la realidad y tuve que aceptar trabajo de lo que fuera.  Así, terminé trabajando como obrero en una fábrica de poliestireno, al que también se conoce como unicel, foam o telgopor según el país.

Cuando hablaba con mi madre que reside en México, para no preocuparla, no le dije que trabajaba en una fábrica.  Le conté que trabajaba en Google en High Tech, en el área de energía limpia y que mi trabajo consistía en generar electricidad corriendo en una caminadora, una  especie de rueda como la de los hámsteres pero de diez metros de altura y que tenía que correr con buena velocidad para generar la electricidad.  Le expliqué que no era tedioso pues trabajábamos dos compañeros cada uno en ruedas una junto a la otra y la pasábamos platicando. Mi compañero era Eduardo a quien conocí en el centro de absorción. Cuando me contaba algo impactante había que parar para prestarle atención y después de algunos segundos comenzaban a titilar las luces de la oficina y los chiflidos de los programadores no se hacían esperar, y entonces reanudábamos la carrera.

A mí mamá le contaba que esta planta era muy importante para Google y para el gobierno de Israel y que habían creado estos empleos para trabajadores con sobrepeso:  además de ser productivos, mejorarían su condición física. Si nosotros no trabajábamos a buena velocidad, se apagaban algunos servidores y las búsquedas se volvían muy lentas.

Ella se sorprendía un poco y me seguía la corriente.

Otras veces le contaba cosas que me sorprendían de Israel, muchas veces exagerando o bromeando.

Le contaba que en este país, cuando compras huevos en el supermercado te los venden por talla, M, L y XL y si no sabes qué talla comprar, vas con el carnicero y él te mide la cintura y te dice que talla debes comprar.  O que cuando perdí varias veces mi teléfono o mi portafolio en el tren, aquí me lo devolvieron, cosa muy poco probable en México.

También le contaba como en la calle la gente empezaba a pelear a gritos (uno pensaba que se iban a matar) y nunca llegaban a los golpes y a veces la discusión terminaba con una carcajada.

O algo insólito que parecía sacado de una comedia, como aquella ocasión en la que una señora peleaba con el chofer en el autobús y los veinte pasajeros que viajaban intervinieron para dar su opinión a favor de uno u otro.

Regresando a la fábrica de poliestireno:

Al principio, cuando estaba a cargo de una sola máquina me resultaba fácil pues fabrica una pieza cada tantos segundos y va a un ritmo tranquilo.  Pero cuando vas adquiriendo experiencia, te asignan tres máquinas y entonces tienes que llevar un ritmo muy intenso para poder acomodar todas las piezas. Me sentía como el personaje de Chaplin en “Tiempos Modernos” cuando tiene que apretar tuercas de unas piezas que pasan muy rápido en una banda.

En cierta forma, lo veía como un trabajo que me daba buena condición física y además me pagaban, pero a veces estaba tan cansado que sentía que me iba a desmayar.  Pensar que me desmayara y azotara en el piso,  me daba cierto alivio pues así ya no tendría que seguir trabajando.

Al final del día los compañeros se cambiaban la ropa de obreros por ropa de calle, algunos con bermudas, algunos se ponían lentes oscuros y tomaban su carro de años recientes y no se distinguía entre quien era obrero o quien era el dueño de la fábrica. Para mí, ver una sociedad más igualitaria, donde no tienes que pagar por entrar a un baño público o por pedir un vaso de agua, muestra que la gente sigue viendo en el otro a un ser humano y eso pesa mucho más que los aspectos negativos del país.

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