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Por Andrea Bauab

Subí a un taxi en Jerusalem.

Manejaba un árabe cincuentón, labios generosos, mirada penetrante. En este país, el pasajero suele sentarse al lado del conductor y no atrás. Por eso casi inevitablemente, surge la conversación.
-Soy de Jerusalem -contó-. Nací acá y siempre viví en esta ciudad. Tengo seis hijos, de dos esposas.   
-¿Te divorciaste y volviste a casar?

Sonrió con picardía.
-No. Vivo con mis dos esposas a la vez y todavía puedo tener dos más.

Ahora estoy buscando la tercera ¿Conocés alguna? -preguntó con seriedad de celestina.

Su naturalidad me apabulló un poco. Respondí con cautela.
-Bueno, si. Conozco varias que andan buscando marido pero… son judías.
-¿Qué importancia tiene? –acotó como si la observación fuera ridícula-. Mi amigo consiguió las cuatro, dos son árabes y dos son judías.
-¡Mirá vos! ¿Y los cinco conviven armónicamente? -pregunté sin poder contener mi asombro. A esa altura parecía que los conflictos en el Medio Oriente eran sólo producto de mi imaginación.

El insólito taxista entonces, describió con lujo de detalles su cotidianeidad de cuento de hadas:
-Mis esposas son cultas, una es directora de escuela, la otra maestra. Al atardecer, me acomodo en el centro del sillón y abrazo a las dos, una me ofrece té, la otra café… Les compré un Mazda y ellas lo comparten contentas. Crian a todos los chicos juntas. Si una se enferma, la otra se ocupa de los hijos de ambas. Compartimos toda la casa, menos el dormitorio. Cada una tiene su habitación.

Abrí grandes los ojos, admirada por tan prolija convivencia.
-¿Y vos, a la noche… vas con la que querés?

-De ninguna manera– contestó riguroso. Hay un orden estricto que debe ser respetado. Así nunca se generan problemas.
-Suena lógico… –respondí pensando que, tal como lo contaba, parecía el paraíso.

Lo miré de soslayo.
-¿Y para qué querés una tercera? ¿No estás fenómeno así?

Un soplo de preocupación se dibujó en su rostro. Pausa. Sopesaba si decirme o no la verdad. Decidió que sí.
-Se me pasó la pasión. Quiero de vuelta sentir como al principio. Sentir que si la rozo cuando manejo al hacer el cambio… tiemblo de deseo.

PIEL -concluyó- ¿Entendés?
-Entiendo, por supuesto… ¡vos las querés todas!

Sonrió. Pagué con lo justo y una vez debajo del taxi, al amparo de la posibilidad de salir corriendo, me atreví a una pregunta final, directa al ego de ese jerosolimitano que apostaba a seguir agrandando su harén:

-¿Y te parece que podrías con las tres?-
A través de la ventanilla, me miró con cara de macho, muy seguro de sí. Se señaló a sí mismo erguido, orgulloso.

Y con acento bien árabe, eligió la más judía de las expresiones para que no quede ninguna duda:
-¡BARUJ HASHEM!*


*Literalmente: «Bendito sea el Nombre (de Dios)».  Expresión que utilizan los religiosos judíos para indicar que «todo está bendecido y en orden»

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2 thoughts on “ESPOSAS

  1. Que grande esta historia de convivencia con árabes y solté una carcajada en la última frase, pues indica los relacionados que estamos todos en la tierra prometida. Grande Andrea Bauab

  2. Historias de convivencia en Israel, los israelíes vivimos en un lugar único , el único pais judío en el mundo, la única democracia en el Medio Oriente, un oasis de libertad para Judíos, árabes, beduinos, musulmanes, Cristianos Católicos, Cristianos Ortodoxos griegos, rusos…el único país de la zona del medio Oriente en que todos pueden ser libres de vivir de acuerdo a su religión libremente.
    Una historia de co-existencia.

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