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Por Eduardo Duschkin

El sol del mediodía caía implacable sobre el rancherío de Ubajay. 

Nadie circulaba a esa hora por su calle de tierra arenosa.  Si bien el calor dentro de las viviendas de chapas era insoportable, estar bajo techo a la sombra daba un pequeño alivio.

Hasta hace unos años, sus habitantes habían preferido ubicarse al otro lado de la ruta, cercanos al río.  Pero las crecientes que llegaban y se llevaban todo cuanto tenían, incluso sus sueños, los obligaron a mudarse a este lugar más inhóspito todavía.

En el lugar que dejaron se construyó un complejo de cabañas turísticas destinadas a albergar a “los gringos” que venían a cazar patos desde la lejana Europa.  Su presencia revolucionaba el lugar con un ir y venir de autos, minibuses, música y fiestas.  Los vecinos de Ubajay que trabajan en el complejo recibían de propinas unos billetes raros que la gente de Santa Fe venía a llevárselos y, a cambio, les dejaban mucha plata.

El patrullero policial se detuvo en medio del caserío.  Los perros tirados entre los eucaliptus del pequeño monte, ni se molestaron en ladrar.  Un hombre morocho, alto y musculoso, se bajó mirando a cada rancho, como buscando a alguien.  Todos los vecinos, espiando por las precarias ventanas, sabían a quién.

En pocos segundos, su impecable camisa celeste se empapó de sudor.  Buscó en el auto su megáfono. 

-¡Paula Benítez! — confirmó las sospechas generales.

Paula se asomó, haciendo visera para cubrirse del sol despiadado que caía a plomo a esa hora del mediodía.

-Soy yo, pase — le dijo con su voz queda.

El hombre entró sacándose sus anteojos oscuros.  El interior de la vivienda era un verdadero horno.  Piso de tierra, tres camas, una pequeña mesa contra una ventana con dos sillas.  Paula se sentó en una de ellas, con la cara entre sus manos.

-Soy el inspector Vernaza ¿Evelyn era su hija? — preguntó.

Paula asintió con la cabeza.

-¿Y Esteban era el padre?

-No, Esteban vino bastante después que nació.  Hace poco que está conmigo.

-¿Qué edad tenía la nena? — inquirió el oficial sentándose en la otra silla.

-Catorce para quince — contestó Paula —. En agosto cumplía los quince.

-¿Qué me podés contar de lo que pasó? ¿Qué sabés?

Sin levantar la mirada, Paula respondió temblando.

-Nada. Que la encontraron flotando en el río.

-Con una bolsa de plástico en la cabeza — acotó el oficial —.  Eso nos quita la posibilidad de que haya sido un accidente o un suicidio.

Vernaza se acercó a Paula y preguntó.

-¿Quién podría haber querido matar a Evelyn?

Paula dio un salto en la silla al escuchar la pregunta

-¡Nadie! ¡¿Quién podría querer eso?!

-Hubo alguien que quiso, evidentemente — replicó Vernaza — ¿Dónde está Esteban?

-Creo que se fue a San Javier — contestó Paula más tranquila —. Dijo que consiguió unas changas por unos días.

El inspector se calzó los lentes, disponiéndose a irse.  Poniéndole una mano en el hombro, saludó a Paula.

-Apenas tengamos los resultados de los estudios vamos a saber un poco más.  Te tengo al tanto.

Y salió al sol recalcitrante.  Los perros seguían sin fuerza para moverse de la sombra para ir a ladrar al desconocido.

Cuando el atardecer empezaba a darles un respiro a los habitantes de Ubajay, el patrullero volvió.  Esta vez, Vernaza se bajó y rápidamente se dirigió al rancho de Paula.  Entró sin golpear.

-Lo encontramos a Esteban.  Muy escondido como para andar buscando trabajo — arrancó muy serio — Decime ¿vos tuviste una discusión con Evelyn?

-¿Quién? ¿yo? No. Para nada — respondió Paula secándose la transpiración con un repasador mugriento y deshilachado que sostenía nerviosa.

-Por temas de trabajo — amplió Vernaza.

-¿Trabajo? ¿Acá? ¿De qué puede trabajar una chirusa de catorce años en Ubajay?–respondió Paula, temblando.  El repasador ya estaba empapado.

-Hay cosas que nos contó Esteban que no concuerdan con lo que estás diciendo vos ahora.  Mejor lo charlamos todos juntos — le dijo tomándola fuerte de un brazo, sacándola del rancho.

Apenas salieron, una mujer policía bajó del patrullero, le puso unas esposas a Paula y se sentó con ella en el asiento trasero.

El auto arrancó velozmente, levantando polvareda sobre Ubajay.  Paula miraba algo nunca visto.  Como se perdían los ranchos.

Tiró la cabeza para atrás.  “Quizás era mucho para una pendeja — pensó —. Ir a encamarse con los gringos para traer esos billetes raros que buscan los de Santa Fe”

Pero de una manera o de otra, Evelyn le estaba cumpliendo el sueño de sacarla de ese lugar de mierda en el que el calor permanente te enferma la cabeza.

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2 thoughts on “Esos billetes raros

  1. Impresionante relato que golpea mi conciencia al mostrar una realidad que -aunque lejana para mi- refleja hogares sin ninguna posibilidad de superación. Solo queda agradecer de donde hemos salido y hacer algo para la erradicación de gobiernos corruptos.

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