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Por Ricardo Lapin

Tenía decidido comenzar a escribir sobre mis vivencias de la guerra. De la llamada en su hora Operativo “Paz para la Galilea» y que el tiempo la titularía «Primera Guerra del Líbano». Han transcurrido más de 40 años y son recuerdos lejanos, que pasaron filtros diversos: un par de psicólogas, retorno al Líbano como reservista con otra unidad de veteranos curtidos -sobrevivientes muchos de la Guerra de Yom Kippur-, décadas sirviendo como reservista-paracaidista (sobre todo en la franja de Gaza), convivir con la primera Intifada y con otros campamentos de refugiados.
Y entender otra realidad: que Líbano es una inmundicia ajena, pero Gaza es nuestra inmundicia.
Tengo el diario de esa guerra lejana: un cuaderno del kolbo del kibbutz, con algunos dibujos, algunos pensamientos en momentos que la caravana de semiorugas de la unidad paraba por causas desconocidas, esperando órdenes. Lo más icónico son las anotaciones de los partidos de truco de los seis argentinos que conformábamos un “gueto latino” entre los catorce combatientes de nuestro semi-oruga. Un mes y medio con muertos y heridos, con un compañero del sexteto que hubo que internarlo en pabellón cerrado del Instituto Psiquiátrico Beer Yaakov, previo engaño y desarmarle el percutor de su arma.
Luego de liberarme del servicio militar, durante un par de años, cada noche volví a pasear en sueños por el entorno libanés. Sin angustia ni drama: sabía que aquello me esperaba, era parte de mi interior, como un veneno espeso que circulaba por mi cuerpo y por las noches se apoderaba de mi ser… así como los perros esperan y sacan de paseo a sus dueños.
Pasó el tiempo, que todo lo doblega, que carcome los filos, y así el país de los cedros paso a ser una maldita etapa de mi camino. Incluso escapé hasta de recibir las dos medallas por el dudoso honor de haber pasado y pisado esa nación que consume todo lo que toca, como un barril de ácido concentrado.
Mi realidad inmediata al liberarme fueron mi entorno y hogar -un kibbutz del Neguev occidental- y el servicio de reservista que me llevó cada año a descubrir rincones de la Franja de Gaza o de la frontera con Líbano y Siria (a veces más allá también).
Viví una década en ese kibbutz y ese desierto, donde Gaza era “un vecino” donde podías comprar muebles baratos en la vida civil, y debías patrullar y perseguir terroristas como militar. Shati, Jabalyia, El Bureij, Beit Janún, Zeitún, Beit Lahía, Rimal: cada barrio y calle con su suma de olores y experiencias, de charlas y cicatrices. Conocí mejor la ciudad de Gaza que Tel Aviv o Jerusalén, lugares donde viví temporadas, pero nunca experimentando desde puestos de observación en terrazas, o emboscadas en las callejas de un campamentos de refugiados, rodeado de ratas del tamaño de gatos. Situaciones donde tuve charlas surrealistas, imposibles pero reales, con los lugareños.
Y luego vino la retirada unilateral, el abandono o devolución de Gaza, y no lloré por la despedida de otro lugar maldito.
De pronto, lejos del ejército, de la agricultura en el desierto, de haber devuelto con placer todo el equipo militar (uniformes de fajina a mi medida, alguna linterna o una tenaza cortaalambres) llegó la guerra. Otra nueva guerra.
Mi instinto felino me hacía estar intranquilo en cada nueva visita al sur, cuando visitaba amigos en los kibbutz Gevulot o Mefalsim, pero en especial a mi suegra, en el kibbutz Najal Oz.
Veía el odio avanzar hasta el alambrado, a quinientos escasos metros de uno, sin poder disparar sin que algún abogado de los derechos intergalácticos mediara para paralizar al impotente ejército.
Un mes atrás -y tras mucha búsqueda- compré un machete para tener en el auto. Mis hijos se burlaron, me trataron de loco y paranoico.
Familiares y amigos nos invitaban cada fiesta o fin de semana largo a Sinaí -en Egipto, al sur de Eilat- el de las playas paradisíacas y baratas.
Mi esposa Deby se cansó de enojarse ante mis negativa y, amenazó con ir sola. Pues lo lamento: vacaciones -para mí- es relajarme, y no puedo hacerlo en un lugar con actividad de Al Kaida y tropas de unidades de castigo egipcias. Era el izquierdista tachado de facho porque afirmaba que no hay partner para ninguna paz: optimista sí, ingenuo no. No después de Mein Kampf.
Vino la guerra con todo su horror y espanto y sorprendió incluso a mí, el paranoico, el que creía que nada es ni será según nuestras expectativas. La Yihad, el antisemitismo, el odio visceral de cruzadas y autos de Fe, de pogromos y esclavitud en Egipto, el de campos de exterminio y guetos previos, todo ha estallado como un tsunami; y nos ha atrapado en medio de trackings a Nepal, Machu-Pichu y Escocia, en medio de viajes culinarios y sushi con toques de grosellas, mortadela y hojas secas, con cepas astringentes y whiskies single malt, con todoterrenos, cruceros, y mindfullness, con toda la ingenuidad suicida, estúpida hasta la ceguera.
Pero el vaso derramado, casi vacío, conserva unas gotas. Suficientes para recordar que somos el Ave fénix, que enterramos al Faraón, a Torquemada y a Lutero, a Adolfito y a Stalin, a Amalek y a Isabel la católica. Un pueblo que por milésima vez se ve obligado a defenderse, y que ahora ha vuelto a su batalla, a la violenta luz de la victoria, sangriento con quien mata a sus cachorros, como un león al mediodía.

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5 thoughts on “Como un león al mediodía

  1. Un texto excelente, testimonio personal de la experiencia trágica de un pueblo obligado a luchar para defender su derecho a existir ahora en Israel después de miles de años de vivir en el exilio sin poder casi defenderse activamente. Lo personal se une a lo nacional y a un dolor humano universal por el sentimiento de lo injusto de esta situación trágica y, al mismo tiempo, la aceptación de este destino sin perder del todo la esperanza de que también esta vez saldremos adelante. Gracias por compartir un texto tan sincero.

  2. Un texto excelente, testimonio personal de la experiencia trágica de un pueblo obligado a luchar para defender su derecho a existir ahora en Israel después de miles de años de vivir en el exilio sin poder casi defenderse activamente. Lo personal se une a lo nacional y a un dolor humano universal por el sentimiento de lo injusto de esta situación trágica y, al mismo tiempo, la aceptación de este destino sin perder del todo la esperanza de que también esta vez saldremos adelante. Gracias por compartir un texto tan sincero.

  3. O povo que melhor lutou e luta por sua sobrevivência . Um povo que dá uma contribuição mundial na área da ciência , cultura , não merece essa situação trágica

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