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Por Nelson Gilboa

La ignorancia, que comienza temeraria, con la longevidad, se transforma en incertidumbre.

No comprendía por qué mama se quería ir, siendo su estado cognitivo excelente para a su edad. Su argumento me sorprendió, porque no era por los achaques que sufría, sino porque: “Me quede sola y ya no me quedan amigas, además   estoy cansada, como para cargar con el alma un día más y vos estas muy lejos para ayudarme”.

Si tengo suerte de llegar a los noventa, me preguntaba ¿cuáles serían mis motivos? Y me convencí que el avance acelerado del modernismo al que no podemos alcanzar, nos agrega un motivo diferente… la incertidumbre, que creo será decisivo. Y cuantos más se alargue nuestras vidas, mayor será el desasosiego. 

Pocas personas de edad se arreglan con un celular inteligente para pagar sus cuentas. O rellenar un formulario virtual, el que se nos presenta a menudo en trámites, de pagos o de servicios médicos.

La dependencia de nuestros hijos crece con el avance de la tecnología, los cambios nos dejan de a pie, justo cuando se no aflojan las piernas y necesitamos gafas para leer el texto.

Claro que hay ventajas con la tecnología, pero no es para todos.

Yo, por ejemplo: cuando un contestador automático me atosiga arrojando instrucciones, me pongo tenso, respiro hondo, me concentro… Pero si yo solo quería concertar una visita con mi médico. Del banco, no me responden, desaparecieron de la esquina, llevándose mi dinero, en cambio, me entregaron una tarjeta de plástico, de la que olvido a menudo la clave.  Ya no voy al supermercado, el viene a casa. Camino menos y eso merma mi capacidad de movimiento. ¿Qué otras cosas no hago? …algunas, que ya olvidé.

La “nano tecnología” me atropello en la camilla del consultorio. Recién hizo aparición en escena, pero se expandió Igual que un virus, se nos metió debajo de la piel y circula a su antojo por las vías y arterias, no la veo, pero el alma se estremece en espasmos de incertidumbre cuando la cámara inquisidora recorre el cuerpo. Sin contarles del insomnio previo que sufro, con solo pensar en lo que pueda encontrar.   

¡Hijos ayuda… ya no me arreglo sola!

Mama, pregunté: ¿te arreglas con la Tablet? Y respondió valiente “Si, si mijo, no te preocupes”. 

Cumplidos los noventa leía instrucciones, ansiosa por enviar fotos y mensajes para fiestas y cumpleaños de sus nietos, pero con sus dedos temblorosos no acertaba a pulsar los iconos diminutos y casi nunca llegaban… aunque le “afirmaba” que los recibía.

“Todo se nos pone difícil mijito, con la edad”. Y día a día peleaba con la Tablet para poder comunicarnos y vernos… No se perdonaba ser tan torpe con la tecnología avasalladora.

Charlábamos de sus temas, del calentamiento global, volcanes y terremotos y antes de pasar a los chismes del barrio, la ponía al tanto de quien contra quien en el «entrevero eterno» del Medio Oriente.  A veces la conversación se prolongaba más de una hora… Hoy ya no contesta la Tablet y la extraño. Pero yo en los atardeceres continúo conversando con ella… 

“Deja de teclear” me ordenaron desde la cocina con un grito… “Cerrá la ventana que entra un viento frío y te vas a resfriar. 

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