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Por Nelson Gilboa

Jean Paul Sartre nos plantea que lo más cerca que puede estar el ser humano de la «Nada» es la angustia.

La angustia sentida ante todas aquellas cosas que pudieron haber sido y no llegaron a ser. Estas cosas que no llegaron a ser, según él, son lo más cercano a la «Nada» que podemos estar.

A mi edad, he visto ya muchas personas queridas que partieron antes de lo esperado, desde artistas, poetas, escritores, amigos y una amarga lista más que conocí y me afectó saber que los perdí para siempre. Se llevaron consigo momentos compartidos, encuentros, abrazos, gestos y sonrisas que ya no volverán a repetirse, dejando un vacío en mi interior, el que invadió la nostalgia.

Pero continué en el camino, tal vez algo ladeado por el desequilibrio emocional sufrido, pero sin perder el ritmo.

Con mamá fue más difícil, se me borró parte de mi biografía.

Quedan en mi memoria algunas imágenes incoloras, en sepia, de las que mamá gustaba colorear casi a diario, para que el tiempo no las hiciera borrosas. Así solía decir cuando yo la culpaba de repetirse.  

Ya no me llama para mis cumpleaños, ni escucha atenta mis éxitos o mis fracasos… ya no se repite. Disgustos creo no haberle dado, preocupaciones sí. Desde cuando caían bombas sobre mi casa, o cuando enfermaba, nadie se preocupaba más que ella.  Consejos, confianza, amor y virtud, hoy hacen que sienta su carencia… pero me conformo esperando que volveremos a encontrarnos.  Su partida, dio lugar a que yo pasara al frente, como un soldado en trinchera, a remplazar al caído. Pienso en todas esas pérdidas y me pregunto qué tan cerca estoy yo de irme, de seguir sus pasos.

Aún dejando una luz encendida, se desvanecerá con el tiempo, hasta que no haya quien recuerde ya sus destellos.  Pienso en eso y me angustio, reflexiono. Cuando ese día ocurra… ¿me iré satisfecho de abandonar un mundo que ya no entiendo?  ¿O me aferraré a la vida como si esperara algo nuevo de ella, algo que me sorprenda, como si entrara otra vez al Luna Park con los ojos bien abiertos de niño, examinando el colorido de la nueva atracción que pusieron?

¿En qué estado partiré? ¿Tal vez ya achacoso, podre reunir el valor que tuvo mi esposa y renunciar a los servicios hospitalarios?  Desafiando al personal profesional, con su protocolo ineficaz, me pidió: “Sacame de aquí, llévame a casa. Quiero morir en mi cama”.

¿Seré firme en mi decisión de no ser una carga para mi familia, como ella lo demostró? ¿Verán mis hijos que yo también puedo abandonar con dignidad?

No solo las pérdidas biológicas anunciadas me recuerdan ese concepto de la «Pena». En este país beligerante, demasiados padres he visto llorar sobre fosas abiertas. Mi vecino fue uno de ellos. No era una herida, ni un trozo del alma, es mucho más lo que perdió. Son los sueños, la proyección, la resurrección, la sonrisa, el motor que lo impulsaba a diario… Ese hijo que representaba el universo para él. Su ausencia, lo dejó vacío. Lo dio todo.  Hoy “vive” para siempre, sin elección, en la Nada y con la Pena.

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