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Por Abel Katz

Mi bisabuelo era simpatizante de los bolcheviques. Cómo no serlo teniendo un zar tan malvado, tan poco empático con la gente que moría de hambre. Cómo no serlo ante la visita continua de cosacos que destrozaban su pequeña granja y las de los vecinos, robaban sus cosas, su comida y violaban a sus mujeres si las hallaban.

Cuando cayó el Zar en febrero, toda la aldea se reunió y eligieron a Lev el granjero para representar a la aldea en el soviet (comité) de Petrogrado. Hubo una gran algarabía cuando se fue, y a su regreso, presumía de las anchas avenidas y los carros con motor de gasolina, como en las capitales de Europa. De la reunión, contó que fue muy desordenada, pero finalmente eligieron a un comité ejecutivo de ocho miembros.

El pueblo vivía un ensueño, una revolución que logró deponer al gobernante más malvado de Europa y tal vez de todo el mundo e instalar una nueva forma de gobierno que no existía en ningún lado, poniendo a Rusia en un primer plano con un gobierno más avanzado que el de Estados Unidos.

Las fábricas organizadas en comités de obreros repartían las funciones y también las ganancias. Había esperanza en la gente. Sabían que estaban trabajando para ellos mismos. Y sí, había problemas: Sasha no trabajaba al mismo ritmo que todos y además bebía.  Shmulik quería ser el dueño de la fábrica y elaboraba las tareas más ligeras, pero mal que bien la fábrica avanzaba.

Hacia el mes de octubre se llevó a cabo otra reunión del soviet de Petrogrado y Lev volvió a ir ahora con menos entusiasmo que en el primer viaje. A su regreso, les explicó que como cada comité local quería hacer su voluntad y como hubo un intento de golpe de estado, el soviet supremo liderado por el nuevo presidente Lev Trotsky controlaría el dinero de las fábricas y las granjas y enviaría los salarios a los obreros y campesinos. Medidas necesarias para preservar la dictadura del proletariado.

Mi bisabuelo se mareó y comenzó a tener un zumbido en los oídos, ya no escuchó que más dijeron. El sueño de la revolución socialista había terminado.


Cien años después yo fui un entusiasta de la economía colaborativa.

Uber me conquistó con la idea de que alguien sin empleo, pero con un carro, pudiera conseguir trabajo de taxista gracias a una aplicación móvil y que los clientes obtuvieran tarifas más bajas, con un chofer que estaba registrado y se había comprobado que era una persona honesta.  Era un esquema ganar-ganar y una gran contribución a la sociedad.

Por otro lado, había en el público una molestia contra los taxistas, que muchas veces tenían arreglado el taxímetro o que se iban por un camino más largo para cobrar más.

Cuando Uber se apoderó del mercado, las tarifas se hicieron iguales o mayores que las de los taxis. Nos enteramos de que la empresa Uber se quedaba con el 75% de la tarifa cobrada al cliente y el conductor recibía el 25% y de ese porcentaje, el chofer debería pagar gasolina y gastos de mantenimiento. La compañía tenía el mérito de haber desarrollado una buena aplicación, pero el costo de sus servidores era de centavos y su uso de robots para servicio al cliente implicaba un mínimo de empleados. Eso también representaba un costo muy bajo, obteniendo una jugosa ganancia mientras el chofer ganaba lo mínimo.

El hombre, a veces, en su afán por arreglar el mundo… lo deja un poco peor.

Por comodidad, tendemos a ceder nuestras responsabilidades a un líder o a una organización. Al hacerlo, también cedemos nuestros derechos y el poder que crea dictaduras o monopolios.

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