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Por Diana Dimerman

-Otra noche más de calor insoportable…

-No te quejes tanto que tuvimos un invierno muy frío y un poco de calor nos viene muy bien.

-A vos te vendrá bien, yo no lo soporto.

-Vamos a dar una vuelta así te refrescas con la brisa del mar.

Juan y Juana solo discutían por pavadas, se amaban locamente a pesar de llevar casi 50 años de casados.

Salieron a la calle con sus botellitas de agua, pensando en caminar unas cuadras por la bella Tel Aviv y volver a casa cansados para dormir más a gusto.

Por el boulevard Nordau bajaron hacia la calle Hayarkon para disfrutar del airecito del mar, tomados del brazo riendo y haciéndose arrumacos como si todavía fueran esos novios que se conocieron en la Hanoar Hatzioni. (Organización internacional que agrupa jóvenes judíos con meta de emigrar a Israel)

Decidieron emigrar ni bien se casaron, pensando en criar a sus hijos en Israel a salvo de injusticias y malos tragos. Pero esos hijos nunca llegaron y quizás por eso, se amaron más y más.

Los primeros años en Israel trabajaron muy duro y de lo que fuera. 

Con el tiempo, ese esfuerzo produjo sus frutos: tuvieron mejores trabajos con mejores sueldos y más reconocimiento.

Juan con su título de técnico electrónico llego a jefe de sección en una empresa americana. Juana, maestra de hebreo, se jubiló como directora de una escuela.

Vivian holgadamente de sus pensiones, viajaban y disfrutaban la vejez sin sobresaltos.

Caminaban por la costanera respirando la suave brisa del mar.

Juana miró hacia un banco que estaba a unos metros de ellos y vio que debajo algo se movía y mientras caminaba, se fue agachando para distinguir mejor. Juan no entendía que le pasaba a su mujer. Pensó que se sentía mal y la tomo muy fuerte del brazo, creyó que se estaba cayendo.

-¿Por qué me apretás tan fuerte? -protestó ella-.

-Pensé que te caías… ¿que mirás?

-DDebajo de ese banco algo se está moviendo.

Los dos apuraron esos últimos pasos para llegar rápido y encontraron una bolsa de residuos que se movía de un lado a otro. Se miraron espantados. Juan la rompió con fuerza y desesperación,

-¡Hijos de puta!- gritó Juan con toda su alma.

Encontraron dos perritos muy pequeños que al respirar, lloraron muy bajito.

Juana los tomó en sus brazos y los acunó como si fueran dos bebés.

Los cachorros se quedaron muy quietos disfrutando de ese bienestar.

Juana exclamo – ¡qué suerte haberme quejado tanto!

Juan la tomo de los hombros y le dio un beso en la frente.

-Volvamos a casa y vemos que hacemos con estos dos. Dijo no muy convencido.

-En principio darles algo de leche, sonrió Juana. Al unísono dieron vuelta y comenzaron a caminar hacia la casa,

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