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Por Bertha Linker

Mis tías, las hermanas mayores de mi madre, eran mellizas. Digo “eran” porque muy a mi pesar ya no están en este plano. Rosa y Rebeca, a pesar de ser los polos opuestos, no podían vivir la una sin la otra.

Mi tía Rebeca, era la conservadora, la licenciada y mi tía Rosa era la creativa, la artista. Lo que tenían en común era la debilidad por los animales.  A mi tía Rosa le encantaban principalmente los canarios y mi tía Rebeca daba la bienvenida a cualquier animal que pudiera tener en la casa.

Un día, en una de las tantas vacaciones de verano que pasé con ellas, mi tía Rebeca regresó del mercado municipal escoltada por otro auto. En el otro auto, venía un grupo de jóvenes que le había preguntado a la «señora mayor» del mercado si no estaba interesada en comprar un par de guacamayas pichonas. A mi tía Rebeca le brillaron aún más sus saltones ojos azules, era una oportunidad única, a pesar (valga la acotación) de que el comercio con ese tipo de aves en Venezuela estaba prohibido. Por eso, la negociación no se cerró en el propio mercado, sino en la casa.

Mi tía Rosa, ya tenía un loro -Juanito- que era un loro verde común.  Ella misma le enseño a hablar dándole pan mojado en café. Y si se lo daba mientras llovía mejor aún: los loros, cuando llueve, aprenden a hablar y en los Andes venezolanos, donde vivían mis tías, las lluvias eran cotidianas. A Juanito se le ponían los ojos anaranjados y repetía: “prua lorito, la patica, la patica, prua lorito”. Podía pasar horas repitiendo las mismas frases.

Mi tía pensó aplicar la misma técnica didáctica con las guacamayas, ahora con nombres propio, a una la llamaron Guaca y a la otra Maya. Pero los meses pasaban y ninguna de las dos hablaba. Decepcionadas, mis tías pasaron a Guaca y a Maya al patio trasero de la casa, como un perol más. La señora encargada de la limpieza tendría ahora también entre sus funciones limpiar «el patio de las loras» aunque eran Guacamayas. Así, mientras la mujer completaba su jornada con la manguera aprovechaba y bañaba a las aves mientras les iba hablando y repetía: ¿quiere café? ¿quiere agua?, ¿no quiere nada?

Un buen día de tormenta, Guaca y Maya, como agradeciendo a los dioses de las lluvias, empezaron a repetir con gran entusiasmo una y otra vez: ¿quiere café? ¿quiere agua?,¿no quiere nada? Aleluya, “las loras” empezaron a hablar.

Mi tía Rosa les enseñó otras frases, entre ellas «Rebeca Puta», a pesar de que siempre negó rotundamente que fue ella quien les enseño eso a las «loras», pero las loras la delataban, después de decir su repertorio soltaban carcajadas y las carcajadas eran exactas a las carcajadas de mi tía Rosa.

Definitivamente, las loras pasaron a ser toda una atracción. Una de las historias que siempre sale a relucir en los encuentros familiares, es la de una tarde lúdica con las amigas de mi tía. Durante toda la partida de cartas, las loras repitieron una y otra vez: ¿quiere café, quiere agua, no quiere nada?  Llegó el punto que una de las amigas gritó:  “¡No, no quiero nada!” y una de las loras, casualidad o no, le contestó: “Puuuuuta”.

El estruendo de las risas no se hizo esperar.

Guaca y Maya vivieron muchos años más que mis tías, pero ahora las cuatro están volando alto, Guaca murió electrocutada cuando picó un cable, y Maya murió de tristeza.

En mi familia ya muchos años después, nos es difícil ofrecer un café sin decir toda la retahíla: “¿Quiere café, quiere agua, no quiere nada?  Puuuuuta…”

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4 thoughts on “Las Loras (Aunque Eran Guacamayas)

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