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Por Eduardo Herbie Mendoza

Ella voló hacia Madrid a las dos de la tarde y no tuve el valor de ir a despedirla. La noche de su partida me invadió un sentimiento de tristeza y melancolía por la falta, la ausencia, el vacío enorme que quedó en mi alma como un pozo oscuro cuando partió. Aquel vacío interior se inundó esa oscura noche con el frío de invierno que congeló mi ser por dentro. Me temblaban las manos y las rodillas y todo mi ser desvanecía, tal vez mi alma deseó volver a ser un barro inerte.

Casi no podía moverme, mis órganos internos eran bloques de hielo y mi corazón desplegaba estalactitas punzantes que amenazaban a quien se acercase. Sentado frente a la derrota de la soledad, entendí por primera vez el arte de la escultura. Entendemos una escultura como el arte y la técnica de representar sentimientos o crear figuras trabajando o labrando un material, físico y tangible a nuestros sentidos. Meditando acompañado de mi dolor, me di cuenta que el frío en aquella ocasión, fue la representación física de mi vacío. Aquella noche de invierno, aquel frío intenso me convirtió en una escultura de la soledad humana.

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