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Por José Charbit

Hoy voy a permitirme narrar un caso que no está relacionado con los pacientes, sino conmigo mismo: yo me siento parte integrante del Centro de Rehabilitación. 

Que yo esté del lado de los “sanos”, no significa que así lo sea. 

Hace unos años atrás, ocurrió algo que parece muy común en la vida de las parejas modernas, pero sin embargo no lo es. 

Uno, no se enferma patológica o psicológicamente. A veces, en este preciso lado oscuro del cuerpo, es donde nos estrellamos, pensando que si no nos duele algo, está todo bien, pero no es así. 

Hace unos años atrás, no estaba como ahora, era más bien una especie de angustia disfrazada de cordialidad, que no hacía más que mortificarme la vida, de la peor forma existente. 

Escribo todo esto para resumir en pocas palabras lo que otros creen que es libertad. 

Tenía una familia tipo: una mujer, tres hijos, una casa, un trabajo estable. Sin lujos, lo que se llama bienestar mínimo. 

Un día como cualquier otro, vi que mi mujer pasaba demasiado tiempo, sentada frente a la computadora, tratando de no llamar la atenció. Se estaba escribiendo con un supuesto amigo cibernético, que seguía mostrándose en la pantalla como si nada. 

Un dia leí, que una persona enamorada no se da cuenta de nada a su alrededor, como todo buen marido que no sospecha de su mujer, ni siquiera cuando la ve en la cama con otro hombre, pero, así son las cosas cuando uno es bueno o “buenudo” como decía mi amigo Gerardo, mitad bueno y mitad boludo. 

Ver como despacito, despacito se va esfumando todo lo logrado hasta ahora, es la pesadilla que la mayoría de los hombres temen atravesar en su vida. 

Primero, sentir la separación en el aire, después, comprobar el proceso natural de conocimiento que los hijos de nuestra propia sangre tienen con el desconocido, e inmediatamente, las peleas de celos con la todavía cónyuge y la imprescindible necesidad de abandonar la casa, para no causar más traumas a la familia. 

Comienza un nuevo período de vida en el proceso del individuo en cuestión, tiene otras oportunidades con otras mujeres que ni siquiera hubiera soñado, pero lo único que quiere es estar en casa con sus hijos y con su mujer, no en una pieza alquilada que le otorgó el trabajo para pasar el invierno, hasta que el juez dicte a quien le pertenecen sus propias pertenencias.

Entonces, uno se da cuenta con quien estuvo viviendo hasta ese momento, o más precisamente, con quien dormía, con el enemigo. 

La fiscalía de parte del Tribunal de Justicia que nos juzgo a mí y a mi ex mujer, como si fuéramos dos malandras de la peor calaña, decidió que mis dos niñas deben ir con la madre, no importa que yo haya pedido la custodia, porque ella todo lo que quería, era estar con su principe dorado y sus dos hijas, no aquí en Israel, sino en España. 

Con mi abogado, recurrimos en primera instancia al Tribunal religioso (“Rabanut”) que por ser hombre, suele tener ventajas sobre la mujer.  Pero cansados de tantas idas y venidas, decidieron también que la casa se vendía y a repartirse lo que quedaba. 

El hijo varón se quedó conmigo, gracias a Dios, me ayudó a salir de la inminente depresión que se avenía. 

Después de muchos años, estoy de nuevo con mis tres hijos: el varón casado y las nenas, ya no nenas, viven conmigo, me quieren mucho, o yo las quiero mucho, o hago lo imposible para que me quieran, o creo que me quieren, pero de algo estoy seguro, ellas saben bien quien es su madre y también, quien es su padre, que en un santiamén, perdió su casa, su mujer y que casi pierde a sus hijas, definitivamente. 

Hoy vivo en la misma casa que un día fue mía.  Con mi ex mujer no tengo prácticamente ninguna relación, más que el desprecio.

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