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Por Eudardo Durschkin

La noticia corrió por la villa como reguero de pólvora.

  • ¡El Maxi se ganó el loto! ¡Una montaña de billetes! — gritaban vecinas y vecinos, entusiasmados con la posibilidad de recibir una ayuda del afortunado.

Maxi había llegado a Buenos Aires hacía diez años desde su Calchaquí natal.  Empujado por la pobreza y la falta de trabajo se largó con otros dos amigos a tentar suerte en la gran ciudad.

Anduvo a los tumbos algún tiempo hasta que conoció a Jessica, una prostituta diez años mayor, que lo llevó a vivir a su casita de la villa ubicada al lado del cementerio de Olivos.

Nunca se llevaron bien del todo, pero Maxi sentía una deuda de gratitud con ella y se bancaba las burlas de sus “amigos” que a cada rato venían a contarle del auto en que se había subido su compañera.

Muchas alternativas no le quedaban ya que, en realidad, no había querido zafar de la comodidad de ser su mantenido y tampoco se le ocurría cómo podría irse de aquél lugar.

En los diez minutos que tardaron en saltar las seis pelotas con sus números, su vida había cambiado para siempre.

Entró corriendo al almacén de la villa y abrazó a Pancho, su dueño.

  • ¡Panchito querido! ¡Es la última vez que te pido fiado! ¡Soy millonario! — lloraba de alegría — Dame un vino de los buenos.  No esa porquería de cajita que me banqué hasta ahora.

Salió con su botella, empezando a beber en el camino.  Cuando llegó a la casa, le quedaban dos o tres sorbos para tomar.  Rompió la botella con bronca contra la pared y gritó con toda su voz, para que lo oyera cualquiera que anduviera cerca

  • ¡Tengo plata! ¡Me cago en las putas, el laburo y los guampudos que me vivieron gastando!

Y se fue a dormir la mona.

Lo despertaron unos golpes en la puerta.  Como pudo, trastabillando, llegó hasta la puerta.  Al abrirla, el sol bajo de la tarde no le dejó ver nada.  El visitante entró sin que lo inviten y, entonces, Maxi pudo reconocer al Dr. Ganzábal, el abogado del “Cachilo”, el cafisho que explotaba a Jessica.

  • ¡Felicitaciones, muchacho! ¡Por fin la suerte se acordó de un pobre!  No sabés cuanto me alegro.
  • Gracias, doctor.  Así parece.  Me tocó — contestó Maxi sorprendido por la visita.

Ganzábal le puso una mano en el hombro y, paternalmente, le dijo:

  • Estoy acá para cuidarte, pibe.  La plata es buena pero peligrosa.  Hay que saber tratarla.  Como a una buena mina.  Yo puedo manejártela para que te dure toda la vida.

Sin entender de qué le hablaba, Maxi asintió.

  • Si usted lo dice, doctor, así debe ser.  Yo no entiendo nada de esto.  Y menos, así como estoy.
  • Paso a paso, campeón.  Ya vas a aprender.  Mantenete sobrio dos días y venite para el estudio a firmar el poder.  Cualquiera que venga a manguearte, le decís que hable conmigo la semana que viene.

Cuando Ganzábal se fue, Maxi se quedó con una sensación de miedo que no alcanzaba a entender.  Por las dudas, escondió la boleta premiada en una caja con sus recuerdos de infancia.

No se lo volvió a ver sonriente.  Era un secreto a voces que Cachilo lo había apurado reclamando que la mitad del premio era para Jessica.

El capo de los vendedores de “merca” de la villa lo había “invitado” a que sea el capitalista de los muchachos a cambio de la mitad de la diferencia de precio.  Tuvo la pésima idea de rechazar el convite.

El cadáver de Maxi apareció magullado a golpes en una zanja de los fondos del barrio.

Tiempo después, los diarios hablaban del extraño caso del millonario premio del Loto cuya boleta se vendió en una villa y nadie se presentó a cobrar.

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