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Por Daniel Golan

En la última conversación sobra el tema, Sonia le aseguró que lo seguía queriendo y que quería mantener la relación con algunos cambios de formato. Ella se iría a vivir al departamento que tenía cerca de allí, seguirían siendo pareja.  Simplemente necesitaba tener su espacio.

Demián aceptó sin convicción, sabía que negarse no era una opción.

En los últimos años, él había notado ciertos cambios en su mente, como fallas en la memoria, que adjudicó a la edad, pero, aunque en raras ocasiones, al perder el hilo de una simple conversación se alarmó.  

Decidió consultar a su médico de cabecera. Le contó lo que sentía, sus temores y que quería hacerse estudios para verificar que no era Alzheimer.

-Demián, no necesita hacerse esos análisis, lo conozco hace muchos años, por lo que me contó, son todas cosas de la edad, no tiene de que preocuparse.

-Doctor, preocupado ya estoy y prefiero vivir con el conocimiento que con la incertidumbre.

Él estaba decidido, así que el médico no tuvo otra alternativa que hacerle los análisis.

Al cabo de dos semanas el clínico recibió los resultados y lo invitó a su despacho.

-Hola Demián.

-Hola, dígame por favor que averiguó.

-Hay señales de Alzheimer, pero muy primarios, aparentemente la enfermedad avanza muy lentamente, puede llevar muchos años. Lo mantendré en observación periódica. Lo siento.

-Está bien, ahora que lo sé, podré organizar mi vida acorde a las circunstancias. Gracias doctor.

Salió estoico del consultorio, pero al entrar en su auto se desmoronó.  Aunque reprimió el llanto, no quería llegar a su casa con los ojos hinchados.

A Sonia no le había contado nada sobre el tema. Ella lo conocía muy bien, tendría que esforzarse para no descubrirse. No quería que ella cambiara sus planes por compasión.

Tres meses después, Sonia se mudó a su nueva casa, todo marchaba  bien cuando estaban juntos y cuando no también.

Demián trataba de disfrutar la vida, al tiempo que se preparaba para el desenlace.

Su mejor amigo, Juan José, que era médico, estaba al tanto de todo y comprendiendo la situación, estuvo de acuerdo en proporcionarle lo que hiciera falta para cuando llegara el momento.

Había preparado cartas de despedida sin fecha que guardó en su secreter.

Pasaron tres años durante los cuales se fue deteriorando, lenta pero inexorablemente.

-Ay Demián, que vas a hacer. Estás a un paso de distancia entre poder y no poder, entre decidir y que decidan por vos.  Sonia, mis hijos, mis nietos, todos van a sufrir, menos yo. El dolor será grande por un tiempo, de otro modo, el padecimiento será interminable para todos y para mí, sentirme vejado por la vida.

Sacó las cartas del secreter y las puso sobre la mesa del comedor. Se sentó en la cama, colocó un vaso de agua y un frasquito sobre la mesita de luz.

El teléfono llamó insistentemente, era su hijo, no contestó.

Javier se preocupó, era raro que su padre no atendiera, decidió averiguar qué sucedía. Siguió insistiendo mientras manejaba. Al llegar se precipitó hacia la puerta y corrió hacia el dormitorio, Demián estaba acostado, quieto. Cuando Javier vio el vaso de agua y el frasquito sobre la mesa comprendió todo, le tocó la mejilla, el cuerpo estaba apenas tibio, en su rostro una sonrisa de triunfo. Lo había logrado.

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