Cuando era niña, ir al centro comercial con mi madre era una de mis actividades favoritas. Más allá del tiempo de exclusividad que ella me dedicaba, era un paseo que incluía ver tiendas y -si bien no me compraban todo lo que quería- podía soñar que me daban los gustos o, por lo menos, obtenía ideas para mi próximo regalo de cumpleaños o por buenas notas. Aunque, por lo general, algo, así fuese pequeño, me compraban para que yo me regresara con el ansiado tesoro a casa. La velada terminaba con la cena en algún establecimiento de comida rápida o un pecaminoso helado. Era literalmente la experiencia de ir de «shopping».

 

Mi realidad como madre, al ir al centro comercial con los chicos o incluso sin ellos, es totalmente diferente. Mi cotidianeidad es mucho más convulsa: lo que hago es acumular cosas para resolver en aquel compendio de tiendas, e incluso diseño una ruta que me permita completar el plan de la manera más eficiente.

 

La semana pasada, por ejemplo, el recorrido lo inicié directamente después de terminar mi trabajo en la oficina. La primera estación fue sentarme y deleitarme con un buen café para recargar las baterías (las mías y las del teléfono); luego, la farmacia, para comprar antialérgicos y productos de higiene y cosmética. Segunda tienda: camisas blancas para el acto de los niños en la escuela. En el local de enfrente, lápices, borradores y cartulinas para la próxima presentación. Figuritas para el álbum del Mundial. En el piso de arriba, unos vasos bonitos para mi cuñada, que nos invitó a cenar el fin de semana.

 

Estaba ya camino a dejar las bolsas en el auto para finalmente ir al supermercado, pero el café que me tomé al llegar hizo su efecto diurético; cada segundo se me hacía más urgente llegar al baño.

 

Cuando entré al baño, busqué, cual águila que, desde lo alto caza a su presa, el cubículo que estuviese desocupado. Lo abrí con cierto pudor; nunca se sabe las condiciones sanitarias o escatológicas que se pueden encontrar. Triple suerte: limpio, con papel y desocupado. Entré con todas las bolsas, las tiré en el suelo de manera que sirvieran de tranca a la puerta —el seguro apenas me dio chance de pasarlo a medias—, me bajé el pantalón y prácticamente me desplomé sobre el inodoro. Soy de las que predican que está prohibido sentarse en los baños públicos, pero era eso o que se me saliera el chorro de orina antes de llegar al destino. Sentía cómo mi cuerpo se iba aligerando, como si estuviese recargando la gasolina del auto, pero al revés. Ya sentada, me relajé, suspiré y disfruté del momento.

 

De repente sentí que golpeaban delicadamente mi cubículo, como quien golpea una puerta, pero golpeaban desde el cubículo de al lado:

 

—Disculpa, hola, disculpa. ¿Tendrás una toalla sanitaria que me regales?

 

—Sí, claro, tengo también tampón si necesitas, déjame que me lave las manos y te las paso.

 

Esta era una de las situaciones más oportunas para mostrar solidaridad hacia otra mujer: a cualquiera le puede pasar que le llegue el período y no tenga toallas o tampones para cambiarse y seguir su día con normalidad.

 

Estaba lavándome las manos, a punto de buscar en la cartera, cuando se abrió la puerta de mi vecina de inodoro. Era una chica morena, alta, de cabello largo, negro, escalonado, y piel perfecta. Pero ¡estaba embarazada! Vestía una de esas camisas de embarazo con delgadas tiras sobre los hombros, ajustada en el pecho y luego suelta. No es que estuviera un poco gordita y tuviese la duda: era una mujer encinta.

 

Me sentí una estúpida por haberle ofrecido el tampón. Seguramente necesitaba la toalla porque, como suele sucederles a las mujeres ya en la recta final de la gestación, también ella tenía un poco de incontinencia urinaria. Nos intercambiamos una media sonrisa mirándonos a la cara, mientras yo, a ciegas, tanteaba el contenido de mi bolso hasta encontrar las toallas sanitarias que siempre llevo por precaución.

 

—¿Sabes qué? Mejor te acepto el tampón —dijo ella con total naturalidad.

 

—No, mira, no tengo problema en dártelo, pero en tu condición es hasta peligroso: te puede generar infecciones.

 

—Tranquila, todo bien.

 

Fue precisamente su tranquilidad la que me generó más angustia. Mis tres embarazos no me convertían en obstetra; sin embargo, cualquier mujer sabe que, si bien durante el embarazo se pueden tener sangrados mínimos, estos no llegan al punto de necesitar un tampón.

 

—¿Te sientes bien? ¿Tienes contracciones? ¿Necesitas ayuda? ¿Llamo a alguien? —Yo entré en un verdadero ataque de histeria.

 

Ella apenas extendió la mano, un tanto en señal de que le entregara el tampón, otro tanto para que me callara; nunca perdió su tímida sonrisa.

 

—Tranquila, afuera está mi pareja esperándome.

 

En las reflexiones que me corrían por la mente a una velocidad de un millón por segundo, me decía a mí misma: ¿su pareja? ¿No está casada? A lo mejor es la amante y no quiere que sepan que está embarazada, pero está en un centro comercial, a la vista de todos. A lo mejor es una tonta, tan inculta que no sabe que puede estar ante una pérdida o un parto adelantado y no está al tanto de la situación.

 

—Amiga —yo no sabía ni su nombre, pero quería desesperadamente que confiara en mí—, créeme, un sangrado es peligroso tanto para ti como para el bebé. Dime adónde y yo los llevo adonde necesiten.

 

A lo mejor proyectaba en ella mis miedos, o cómo me hubiese gustado que me trataran si fuera yo la que estuviera en esa situación. Yo seguía en mi posición de madre protectora. Estaba en medio de una película de acción: tenía que salvar la vida de un bebé, la vida de una mujer que podría estar desangrándose, que estaba en shock o que tenía una deficiencia mental y no se enteraba de la situación.

 

Ahora ella me sujetaba por los dos brazos y, con la mirada entristecida, me decía:

 

—Cálmate, por favor, cálmate. Todo está bien, no estoy embarazada.

 

Lo estuve, pero ya no. Apretaba los labios a la vez que negaba con la cabeza.

 

—¿Entonces por qué te vistes como si lo estuvieras?

 

—Por mi pareja. Es lo que él más desea en el mundo. Si sabe que perdimos al bebé, se muere; nuestra relación se acaba. Sin él, soy yo la que se muere.

 

—Eres una farsante, una impostora y una insensata. ¿Qué vas a hacer cuando se cumplan los nueve meses? ¿De dónde vas a inventar un bebé? ¿Acaso te lo vas a robar?

 

—Él, en un mes, se va de viaje por trabajo; cuando esté lejos, le voy a decir que tuve un accidente en el auto y que perdí a nuestro hijo. En el viaje de regreso va a asimilar poco a poco nuestra desgracia; vamos a reconstruir nuestra relación como el ave Fénix, resurgiremos aún mejor de nuestras propias cenizas.

 

Esa mujer era una psicópata. En menos de una hora pasé de tratar de salvarla, a tenerle misericordia, a odiarla. Quería salir del baño, buscar al pobre imbécil o inocente al que estaban estafando y gritarle la verdad. Pero ese no era mi problema. En medio de tanto caos, no recuerdo si al final le di el tampón o no.

 

Espero que no.

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