La conocí en un bar.  Yo venía cansado del trabajo a relajarme con unas copas. Me llamó la atención en la barra una mujer que llevaba una máscara negra que le cubría casi toda la cara. Me senté a su lado y la saludé. Su modo de hablar era dulce y tranquilo. 

No le pregunté qué ocultaba, y me imaginé alguna horrible deformidad al estilo del Fantasma de la Ópera.

Salimos haciendo eses después de la tercera copa, y la acompañé hasta su casa. 

– ¿Te puedo volver a ver? 

– Sí, claro. Sos el primero que no me pregunta el porqué de mi máscara.

Nuestras conversaciones, interesantes e inteligentes, fluían como el río al mar. Unos días después nos dimos el primer beso. Dulcísimo. La intriga seguía, y yo sin preguntar. Hasta que me dijo: 

– Me gustás mucho. Merecés conocer mi secreto. 

Aspiré profundo, levanté una ceja como preguntando, sin emitir sonido.

– Es que me molesta que los hombres me acosen y que las mujeres me envidien.

Una belleza deslumbrante se reveló al quitarse la máscara. Una cara perfecta.

Nos casamos al mes siguiente. 

Al entrar al templo lucía una máscara blanca.

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