Un relato del budismo zen cuenta:

Un monje corría por el bosque, perseguido por un tigre.

Al llegar al borde de un precipicio,

no tuvo más remedio que dejarse caer y logró aferrarse a una rama

que crecía en la pared del acantilado.

Arriba lo esperaba un tigre. Abajo, otro.

Mientras intentaba sostenerse, dos ratones —uno blanco y otro negro—

comenzaron a roer la rama.

No había manera de escapar.

En ese instante, el monje divisó una frambuesa en el arbusto.

Se la llevó a la boca y, al saborearla, se dijo: «Qué dulce está».

Al igual que el monje, somos rocas ancladas en el océano existencial.

Las olas, a veces, son oleaje; otras, dóciles ondulaciones

que acarician nuestro rostro bajo los rayos del sol.

Pero incontables son las ocasiones en que nos arrastran

y nos arrojan hacia precipicios: personales, nacionales, universales.

¡Qué dulces las frambuesas que saboreamos entre tigres y ratones!

¡Cuán preciadas las calmas entre tormentas!

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