En marzo del 2026, inscribí a mi hijo en el campamento de baloncesto que se realizó en las instalaciones del YMCA en Jerusalén. Estábamos por entrar al edificio cuando sonó la alarma. Tomé al chico por la mano, jalándolo hacia el refugio. Con el rabillo del ojo me di cuenta de que a nuestro lado estaba un anciano totalmente petrificado ante la situación. Lo agarré con mi otra mano y prácticamente lo jalé con nosotros al refugio.

Cuando logró calmarse, me agradeció infinitamente, en inglés y hebreo.

Apenas pudimos salir del refugio nos invitó a tomar algo en el hotel King David donde se hospedaba.  Mi hijo debía irse al entrenamiento, pero yo acepté la invitación.

El anciano residía en Estados Unidos, era viudo y sin hijos, y viajó a Jerusalén para visitar a su último camarada partisano, enfermo terminal.

El entrenamiento finalizó, debía irme. Me pidió repetir las tertulias los días del campamento. Necesitaba contar su historia. Lo invité a pasar Shabat con nosotros, que conociera al resto de la familia. No llegó.

Seis meses después, recibí la llamada de un abogado americano: el señor Boris Fridman, el partisano del refugio había fallecido.

Me nombró heredera universal de su millonaria fortuna.

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