«No es que no quiera verte, es que no sé cuándo podré hacerlo».
Eso fue lo que me dijo Marta al preguntarle cuándo podríamos encontrarnos. La llamé sentada en un banco frente a la playa de Tel Aviv, sujetando el sombrero con una mano para que no se lo llevara una ráfaga de viento repentina, y el teléfono con la otra.
Marta es mi amiga de siempre y no vivimos lejos, pero hace semanas que no nos vemos. A ambas nos da miedo cruzar la ciudad bajo el acecho de las alarmas.
Antes de sentarme aquí, a la intemperie de esta primavera cargada de polvo y tempestades, calculé cuánto tardaría en llegar al estacionamiento subterráneo al otro lado de la calle. Serán tres o cuatro minutos, dependiendo del semáforo.
Saberlo me tranquiliza, aunque hace más de un mes que duermo sobresaltada, que no puedo planificar qué haré la próxima hora y que no puedo ver a Marta.
