Sí! Ya sé que cada vez salimos más livianos de equipaje, sólo con las llaves y el teléfono. Pero la libretita me cuesta dejarla, a pesar de tener el «Notes» en el celular, las primeras ocurrencias de cada obra teatral que escribí, cada guión o novela, se garabatearon en una libreta, anotando ideas apuradas sin respetar renglones, con caligrafía inmensa e impaciente, con el apuro de querer atrapar un pensamiento o una imagen antes que desaparezca.
«La libretita» me entretuvo en horas de espera en aeropuertos, en el dentista, en atascos de tránsito. Algún block duerme siempre cerca de mí, porque a la hora de vigilia incierta es cuando aparecen ideas revolucionarias, finales impredecibles y diálogos memorables que si volvemos a dormir, se perderán para siempre.
Le regalo una libreta a cada autor en potencia que comienza conmigo un taller y guardo en una caja enorme -como un tesoro- las hojas donde esbocé la estructura, los personajes y la línea de acción de más de veinte historias de ficción.
En un bosque, en la cima de un cerro o cerca del mar.
En un tren, una cocina o acompañando a un ser querido en un hospital, hoy sugiero tener siempre a mano una libreta para poder anotar cualquier ocurrencia, un sentir, el rostro de otro que sufre o se ilusiona o espera. Un deseo repentino, un recuerdo fugaz. Con ligereza y espontaneidad, rápidamente, lo primero que sale del corazón.
Esa chispa, que después se convertirá en una historia en el computador, se enciende casi siempre… cuando estamos lejos de él.
Hasta el próximo Tip!
